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El espejo lacaniano y la construcción de la identidad femenina
El caso de En breve cárcel (1981) de Sylvia Molloy

 

Shelley Godsland
Manchester Metropolitan University. Inglaterra.

 

 En el cuarto de siglo desde su publicación, a En breve cárcel (1981), la primera novela de la argentina Sylvia Molloy, se le ha sometido a múltiples análisis desde diversas perspectivas críticas, y a la obra ya se le considera parte de un canon femenino latinoamericano. En este trabajo proponemos adoptar un enfoque nuevo, ya que planteamos acercarnos al texto a través de la teoría lacaniana – especficamente la noción del estadio del espejo que desarrollaría el francés. Sostendremos que la protagonista de En breve cárcel – una escritora sin nombre quien se ha encerrado en una habitación arrendada – necesita pasar por algún proceso que le ayude a formular su propio ‘yo’ ya que, al comienzo de la novela (y de su propio manuscrito), no manifiesta ni dispone de una coherente identidad como mujer adulta. Por lo tanto, demostraremos que en un principio la protagonista se encuentra claramente situada antes del estadio del espejo. Seguidamente, analizaremos los instrumentos con capacidad reflectante a los que tiene recurso en su búsqueda de un ‘yo’ – aunque señalaríamos que no siempre emplea espejos de verdad. Finalmente, consideraremos cómo atraviesa el estadio del espejo, y cuáles son las consecuencias para ella de esa travesía. 

Antes de pasar por el estadio del espejo, al ser humano le falta lenguaje (ya que aún no accedió al mundo simbólico); posee una fragmentada percepción de su ser, la cual superará mediante el empleo de su reflejo en el espejo; y, además, ve satisfechos sus deseos por la madre. En este momento de su existencia, al ser humano también le falta un ego; se percibe a sí mismo como el centro de su pequeño universo – y, consecuentemente, es incapaz de identificar las fronteras entre su propia persona, los demás, y los objectos que lo rodean; experimenta una absorción narcisista; y exterioriza comportamientos agresivos. Además, durante este período, el bebé es incapaz de controlar su cuerpo, y debe apoyarse en el adulto quien lo sostiene delante del espejo que será tan esencial para su travesía del estadio del espejo (Lacan 1-7; Grosz 48). Al comienzo de En breve cárcel, la protagonista sin nombre demuestra todas estas actitudes y comportamientos – a pesar de ser biológicamente adulto. 

Desde el punto de vista lingüístico cabe señalar que el personaje de Molloy por supuesto tiene acceso a, y emplea, lenguaje , ya que escribe. Sin embargo, gran parte de su vocabulario, así como de las imágenes que emplea, tiene sus raíces en el Imaginario, no en el Simbólico. Su narrativa consiste de imagos, de sueños, de contacto con el cuerpo, y dirije su discurso a otros seres imaginarios, o su propia persona. Esa mujer también hace reiteradas referencias al estado de fragmentación en el cual se encuentra, y asevera: “habrá de unir fragmentos si quiere vivir” (37). Dice, “se aplica en la fabricación de los pedazos que deberían componer un solo rostro” (29) – un rostro claramente suyo propio, como aquél del bebé lacaniano quien percibe como fragmentado su imagen en el espejo. Que su tarea será difícil también lo hace patente, ya que observa que “No une sus partes encontradas” (31). 

A pesar de ser biológicamente adulto, al comienzo de En breve cárcel, a la protagonista le falta un ego (aunque cabe señalar que exterioriza una especie de identidad antes de comenzar su travesía por el estadio del espejo). Sin embargo, ya que esa ‘identidad’ no fue de su propia creación, sino que le fue impuesta por la sociedad patriarcal siguiendo los modelos de ‘femineidad’ vigentes, dista mucho de constituir un ego en términos psicoanalíticos. Por otro lado, es equiparable a la percepción que tiene el bebé de sí mismo antes del estadio del espejo, percepción basada mayormente en su visión de aquellos seres que lo rodean, así como de actitudes y comportamientos que aprendió en ese mismo entorno. Sin embargo, a pesar de esa falta de ego, el personaje de Molloy es profundamente introvertida, y el hecho de que se haya encerrado en su pequeño cuarto con el objetivo de escribirse a sí misma, revela que se ha construido como el centro de su universo, tal como hace el bebé antes de atravesar el estadio del espejo, según Lacan. Además, demuestra una clara incapacidad para identificar y respetar los límites existentes entre su propio ser y los demás, especialmente en su relación con su hermana y sus amantes, de nuevo una esencial característica del bebé lacaniano antes de recurrir al espejo en búsqueda de su ‘yo’. 

La protagonista de En breve cárcel también es narcisista, igual que el bebé lacaniano, y de hecho se describe como un “Narciso” (132). Y mientras no manifieste una excesiva violencia física, la escribe y desea poder comportarse de manera agresiva. Recuerda que en un sueño, “comienza a pegarle [a Renata] rítmicamente, con una estatuita de bronce” (118). En otra secuencia onírica, 

ha soñado con despellejamientos, con su propio despellejamiento. Por ejemplo, se ha desdoblado, queda como una corteza pero no se ve, ve en cambio a un muchacho enfermo que tiene de la cintura para abajo el cuerpo despellejado, y a ella le ha tocado conservar la piel inútil de él. El muchacho de su sueño no tiene pies, tiene muñones, no puede caminar, se cae y llora roncamente; entonces ella teme que se muera, teme también que le vean las piernas llagadas, se apresura a levantarlo. Pero no logra hacerlo […]. (16) 

En el sueño, la protagonista se ve a sí misma como el Otro quien, en lugar de pies, tiene muñones. Este terrible apuro de nuevo nos revela que se encuentra en un momento anterior al estadio del espejo ya que, tal como el bebé lacaniano no ejerce control sobre su propio cuerpo y requiere de la presencia de un adulto que lo sostenga delante del espejo para, de este modo, poder verse, el personaje de Molloy se construye en ese ser quien no puede estar de pie ya que sus piernas acaban en muñones. 

Si es el caso que el estadio del espejo suele ocurrir durante la temprana infancia, tal como señala Lacan, ¿por qué la protagonista de En breve cárcel debe atravesar ese mismo proceso puesto que ya es adulto? Postulamos que, debido principalmente al abuso incestuoso que sufrió a manos de su padre y el ‘abandono’ afectivo al cual le sometió la madre, el personaje de Molloy no atravesó satisfactoriamente el estadio del espejo siendo joven. En algún momento de su vida se encuentra en una crucijada existencial: sus affaires amorosos acabaron; debe re-evaluar sus lazos con su madre y con su hermana; y murieron su tía y su padre en un accidente automovilístico, lo cual la obliga a enfrentarse a la verdad de su relación con este último. Por lo tanto, comienza a contemplar y luego escribir las muchas maneras en las que ve su propio reflejo, un proceso bastante usual en las letras femeninas, según la crítica norteamericana Jenijoy La Belle: 

At those times in the lives of female characters when they are most concerned with their self-identities, or when crises in their lives throw them back on their sole selves, they turn with remarkable frequency to the contemplation of their images in the glass. Such literary events suggest that often, for a woman, the mirror is an important tool not just for beholding her face and form or for seeing how the world views her as a physical object, but also for analyzing and even creating the self in its self-representation to itself. (2)

La Belle también le recuerda a su lector que la mujer que busca su reflejo como preámbulo a la creación de un ser autónomo no necesariamente precisa de un espejo de verdad para lograr su objetivo: 

Both looking into mirrors and reading/writing are attempts to create the self without another person literally present. In the reflection or in the book, there is another presence. Once you objectify yourself into a mirror or onto a page, then that image has a separate reality. (155) 

Ya que, tal como apuntala La Belle, un texto escrito puede desempeñar aquellas funciones generalmente asociadas por Lacan con el espejo porque le refleja a la mujer su ser, y de este modo le constituye el yo que desea ser (y no debemos olvidar que esta es la función que lleva a cabo el espejo para el bebé lacaniano), se explica su uso por las escritoras que analiza la crítica en su estudio (y por consiguiente, también por Molloy, cuya protagonista rechaza contundentemente el posible valor del espejo de verdad). Significantemente, el personaje central de En breve cárcel no comprende en absoluto el uso del verdadero espejo con fin ninguno, y tampoco entiende la obsesión ajena por el reflejo: “¿Por qué esa vocación por la mirada? Mirarse en otros, en espejos, en ella misma, lleva a tan poco” (23). Su fobia por las superficies reflectantes es, asimismo, tan real, que las evita: Las ventanas que mira desde la suya son espejos borrosos ¿quién podría verse en ellos? Ni siquiera intenta adivinar su cara, tocar un perfil” (24). No sólo huye todo espéculo (menos su texto), sino que se niega a enfrentarse en ninguno para, de este modo, evitar verificar la existencia de su cara y su cuerpo. 

Sostenemos que su negativa a acercarse al espejo y verse corporalmente, así como su rechazo del cuerpo como cimiento de un posible yo, se vinculan a la percepción que tiene de su cuerpo. Tal como hemos expuesto en otro estudio (Godsland 1999), su cuerpo se vio agredido por el padre, y como consecuencia ella lo percibe como deformado. Las raíces de esta convicción suya – que tiene escaso fundamento en la realidad – también se encuentran en la percepción patriarcal de la mujer como ser construido esencialmente sobre lo visual, noción que interiorizó nuestra protagonista en su entorno social (aunque hace lo posible por contradecirla, ya que niega rotundamente la importancia de su propio cuerpo). Su rechazo de cualquier vínculo entre un posible yo y lo físico es, de hecho, tan contundente, y su insistencia en construirse textualmente y no a través del espejo tan tajante, que llega incluso a negar la importancia de los ojos, imprescindibles para construir y comprender el reflejo en el espejo que propone Lacan como esencial para la travesía del estadio del espejo: Una vez, cuando oyó hablar a un ciego, le tuvo envidia. Pensó que sólo así podría hablar ella, componer su imagen: la mirarían pero ella ya no podría mirar” (23). También recalca el hecho de que prioriza su ‘reflejo’ en su manuscrito mediante su afirmación de que: Se mira en lo que escribe, en lo que acaba de escribir” (29). 

El personaje central de En breve cárcel rechaza el espejo porque se ‘ve’ reflejada en el texto que escribe, pero de niña rehuía cualqier superficie reflectante porque no le servían de nada. Debemos recordar que no atravesó el estadio del espejo durante su infancia y que de jovencita, y también de adulto, la narradora se encontraba en una situación que podríamos denominar pre-estadio del espejo. Característico de este período es la identificación que establece el bebé lacaniano entre sí mismo y los demás. Como es incapaz de comprender su propia coherencia y falta de fragmentación, y puesto que se ve rodeado por seres ‘completos’, el bebé inicialmente no necesita del espejo ya que se cree reflejado en los cuerpos de los demás, y aún no se da cuenta de su falta de control sobre su propio cuerpo. Una situación similar se pone en evidencia para la protagonista de Molloy, aunque no se percibe ‘reflejada’ en todas aquellas personas que la rodean, sino principalmente en su hermana y su padre. Como ignoraba su propio cuerpo, llegó a reconocerlo a través del cuerpo de su hermana:

Piensa en la mirada de su hermana que la seguía obedientemente en sus juegos. Se ve con ella en el baño: a veces el padre las bañaba juntas, una frente a la otra, en una bañadera vieja con patas de león. El cuerpo muy rubio de su hermana sería algo parecido al suyo pero ella, hasta entonces, no se había mirado nunca desnuda en un espejo, sólo disfrazada […] Se pregunta si su hermana se miraría en ella como ella se miraba en su hermana […] Cuerpo: lo aprendió en su hermana, en ese hato que era su hermana. El cuerpo – su cuerpo – es de otro. (30-31) 

Para la niña, ‘disfrazada’ podría significar simplemente que siempre que se encontraba frente a un espejo estaba vestida, pero la novela nos sugiere otra interpretación de esta auto-percepción en el espejo – que cuando estaba ‘disfrazada’ fue siempre de su padre: ve su infancia poblada de disfraces – el que arma con ropa de su padre, grotesco y divertido – y de largas contemplaciones, disfrazada o no, entre espejos enfrentados” (14). Cuando se mira al espejo se convierte en su padre no sólo porque se viste de su ropa, sino porque no se reconoce a sí misma. En este momento de su vida se ve aún incapaz de equiparar su reflejo con su yo. Los reflejos sin fin de ese ‘padre’ del espejo también funcionan para simbolizar la autoridad que ejercía dentro del espacio doméstico y, sobre todo, la tiranía a la que sometía el cuerpo de su hija mayor. 

El rechazo de los espejos por parte de la protagonista no es, sin embargo, la única relación femenina con el espéculo que encontramos en las páginas de En breve cárcel. A Renata, su ex amante, también le gustaba acercarse a las superficies reflectantes, pero en su caso prefiere verse en un espejo real, no en una página que escribe. Dentro del espejo Renata descubre una visión de su ser íntimamente vinculada con su yo. La narradora recuerda unas vacaciones en la playa que compartió con la otra, y sus recolecciones se enfocan en la necesidad que evidenciaba Renata por verse entera en los espejos enfrentados cerca de su habitación en el hotel: 

Tenían un cuarto que daba al mar, en un primer piso; en el rellano de la escalera había dos espejos enfrentados. Renata, tanto al subir como al bajar, se miraba en ellos: en uno, en otro, en los dos juntos. Cuando ella descubrió la maniobra empezó a espiarla, buscando la excepción dentro de ese rito, sabiendo muy bien que no ocurriría. Ella también se buscaba en esos espejos, de manera distinta, fingiendo desgano y como para corregir, para imponer un orden, no sabe cuál. (21-22) 

Ya que en este momento la narradora aún no ha atravesado el estadio del espejo, no puede identificar el orden que busca (lo cual simbolizaría su superación de la fragmentación del cuerpo y del yo característica de este período). Su rechazo de la significancia de lo visual también la impulsa a disimular su acercamiento a los espejos del hotel. Su comportamiento en ese respecto podría simbolizar, además, su rechazo de la ecuación entre cuerpo y yo, no solamente porque negara la importancia de ese cuerpo que fuera locus de abusos paternos, sino también porque quiera minar el significado de aquellas normas patriarcales que proponen una visión de lo femenino basada únicamente en lo visible. Renata, por otro lado, goza al verse reflejada: “Renata se mira: es Renata cuando se mira vivir” (21). Para la otra, entonces, contemplarse en los espejos del hotel le confirma su coherencia como sujeto, como poseedora de un yo ya formado. 

Lacan sostiene que el sujeto emerge después de la travesía del estadio del espejo, y que ésta comienza a los seis meses apróximadamente, concluyéndose a los dieciocho meses (Lacan 1-2). El bebé de pronto ve un reflejo – de sí mismo o del adulto quien lo sostiene delante del espejo – pero en un comienzo desconoce la relación entre el cuerpo y su representación en el espejo, ya que la única imagen de sí mismo que ha podido desarrollar es virtual, basada en las figuras humanas que habitan su entorno. Finalmente, habiendo confundido el reflejo con su realidad corporal, el bebé comprende que lo que ve en el espejo es su propia imagen. Ese reconocimiento se ve acompañado por un profundo sentimiento de placer; el bebé se obsesiona con su reflejo de tal modo que éste se convierte en su objeto de amor. En el espejo el cuerpo infantil está completo, lo que Lacan denominaría un Gestalt total, y le sugiere al bebé la posibilidad de dominio de su cuerpo ya que esa imagen en el espejo se controla mediante un solo gesto del niño más allá del espejo. De este modo, el control real del cuerpo que aprenderá el bebé se ve anticipado por un dominio imaginario en aquel momento en que el sujeto lacaniano aún no controla su ser físico. Para Lacan, pues, al comienzo de, y durante el estadio del espejo, el sujeto sólo se ve como imagen en un espejo: su yo se percibe como otro

En un comienzo la protagonista de En breve cárcel se ‘ve’ en las páginas de su manuscrito. Se escribe – tanto su personalidad como su pasado – pero también incluye en su texto varias imágenes, o identidades que quisiera poder poner de manifiesto en su entorno social. Su identidad virtual (textual) está basada no sólo en sus memorias de sus affaires tanto con Renata como con Vera, sino que, también – e igualmente importante – en sus cuerpos y sus comportamientos, tal como el bebé lacaniano posee una visión virtual de sí mismo basada en los demás en aquel momento en que dispone atravesar el estadio del espejo: 

ha pasado semanas, meses, procurando recomponer un rostro perdido, escribiéndose en Vera, escribiéndose en Renata, escribiéndose en sus sueños y su infancia. Siempre registrando, siempre anotándose con minucia, sin lograr del todo darse vida: sin convencerse de su imagen. (132) 

El personaje de Molloy ha experimentado múltiples dificultades para comprender la relación entre su cuerpo y su reflejo – de nuevo sintomático del sujeto lacaniano. Recuerda que, de niña, 

Cuando descubrió su sexo […] no entendió bien lo que le ocurría: no sabía si las manos que la acariciaban eran suyas o ajenas. La ceremonia solitaria que cumplía con regularidad era un acto placentero y vacío, a veces violento pero desprovisto de fantasías paralelas, cerrado a la imaginación que suele – le dicen – acompañar esos ejercicios. Ve su mano en su sexo, directamente o en el reflejo de un espejo […] el contacto la satisface pero ella por fin está desligada, observa en detalle lo que no logra comprender del todo. (109) 

Mientras podríamos entender su incapacidad por identificar las manos que la acarician como resultado del abuso incestuoso al cual fue sometida de joven, su aseveración también nos revela que antes de finalizar su travesía del estadio del espejo, experimentaba una problemática relación con su cuerpo, del cual se siente divorciada. De hecho, habla de su cuerpo como si estuviese totalmente desligada de él, como si perteneciera a otro: “Esa noche no acostó a su cuerpo, no le dio píldoras, tampoco lo obligó […] a sentarse a la mesa y escribir” (106). Tan alejada se siente de su cuerpo que hasta le tiene que decir que ingiera alimentos: “se dice que ha de tener hambre: después de todo no ha comido desde la noche antes. Entonces sí siente hambre” (103). 

Hacia el final de su proceso de creación textual – lo que viene a ser su particular estadio del espejo – el personaje sin nombre de Molloy finalmente logra ejercer cierto control sobre su cuerpo y su yo, llegando, de este modo, a conocerse: “apenas empieza a conocerse” (150). También, tal como el bebé lacaniano eventualmente entiende que lo físico y lo psíquico forman parte de su ser total, la protagonista de En breve cárcel llega a comprender la convergencia de lo que escribe (es decir, lo que ve ‘reflejado’ en el papel), y su yo, y observa: “querría escribirse y leerse en un cuerpo” (107). De ese cuerpo del cual se ha sentido desvinculada durante tanto tiempo, sobre el cual ha sabido ejercer tan poco control ya que se vió sometida a abusos y violencias por parte de terceros, finalmente puede decir que lo reconoce como parte de sí misma, que ahora lo sabe controlar, que un actual control real ha suplantado al anterior control puramente imaginario: 

aceptó reconocerlo como un cuerpo que, porque le dolía, reclamaba su atención, una mirada. No la mirada en el espejo, siempre lejana, ni la que se detiene salteadamente y cuando le conviene en una parte de ese cuerpo que aísla para exaltarla. No, por ejemplo, la mirada que registra la curiosa forma de un brazo, no la que mira las uñas rotas, no la que observa que los años ya marcan y cuartean su piel, no la que se reconforta al detenerse en su sexo que aún da y recibe placer. Una mirada distinta que prescinde casi de los ojos: quiso sólo sentirse y reconocerse entera en el cuerpo pesado e inerte que, en cuanto lo atendió, empezó a dolerle menos; quiso instalarse plenamente en esa masa como quien se instala por fin en un dominio al que no creía tener derecho, y que, desde siempre, le había pertenecido. (106-107) 

Bibliografía 

GODSLAND, Shelley. “Writing as Therapy: Textualising Abuse and Survival in Sylvia Molloy’s En breve cárcel”. Journal of the Australasian Universities Modern Languages Association 91 (1999): 67-82. 

GROSZ, Elizabeth. Jacques Lacan. A Feminist Introduction. London: Routledge, 1990. 

LA BELLE, Jenijoy. Herself Beheld. The Literature of the Looking Glass. Ithaca: Cornell UP, 1988. 

LACAN, Jacques. Écrits. A Selection. Trans. Alan Sheridan. New York: Norton, 1977. 

MOLLOY, Sylvia. En breve cárcel. Barcelona: Seix Barral, 1981. 

 


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