La Mujer Dramaturga en el Brasil del siglo XX
¿Entre los Márgenes de qué Centro?

                                                 

Ana Lúcia Vieira de Andrade
Programa de Estudios Graduados en Teatro de la UNIRIO, Brasil

  

Este trabajo pretende llenar una laguna fundamental en los estudios sobre el teatro escrito por mujeres en Brasil. Su objetivo básico es plantear una reflexión acerca del posicionamiento de determinadas escritoras en el contexto mercadológico y crítico de la escena brasileña de la segunda mitad del siglo XX. De ese modo, pretendemos poder situar en un panorama más amplio la manera por la que el canon teatral en Brasil reacciona frente al trabajo de las autoras, incorporándolo o no según las circunstancias. Para ello, elegimos analizar la obra de tres dramaturgas: Leilah Assunção, Maria Adelaide Amaral e Ísis Baião, cuyas piezas cubren el período que va de los años sesenta a los noventa y resultan un espejo del desarrollo de dos tendencias clave de la dramaturgia brasileña de los últimos treinta años: la que busca ensanchar las fronteras del teatro político, uniéndolo a la problemática del individuo, y la que marca la disolución de un formato estético-conceptual específico que determine claramente los límites, las posturas frente a las herencias de la tradición y de la vanguardia, donde el hibridismo de formas y de lenguaje es un rasgo sobresaliente y refleja la preferencia por un tipo de escritura que no se fija en moldes rígidos.  

Así, nuestro intento no es descubrir una voz representativa de la “Mujer” en el teatro brasileño, sino trazar una visión de las diferencias presentes en las voces que representan un determinado grupo de autoras, para poder extraer algunas conclusiones respecto a la influencia que la recepción crítica de esas diversas posturas pudo tener sobre la continuidad y el desarrollo de la carrera de las mencionadas dramaturgas.  Utilizaremos, por tanto, algunos de los modelos que el enfoque de la teoría de la recepción proporciona, como el concepto de Fish de comunidades interpretativas. No lo utilizaremos, sin embargo, como una herramienta básica determinadora de un camino específico para el análisis de los posicionamientos de la crítica y del público, sino como una idea que pudiera sostener y justificar nuestro tratamiento, que considera los dos polos mencionados arriba receptores del fenómeno teatral a partir de posturas elaboradas colectivamente, o sea, a partir de conductas inducidas por un contexto cultural específico. Para Fish, uno de los más prominentes nombres de la teoría de la recepción, aprendemos estrategias de lectura que determinan la manera por la que leemos (Fish,1980:171). De ese modo, las estrategias empleadas en la recepción de la obra artística forman parte de posiciones que el observador trae a priori y que le son transmitidas por la comunidad a la cual pertenece, la cual autoriza o no determinados puntos de vista.  Tal hecho quedó claro a lo largo de nuestra investigación, donde, a través del análisis de varios ejemplos de material crítico periodístico, hemos podido confirmar que verdaderamente existen posiciones anteriores, predefinidas, que determinan las posturas demostradas en las reseñas. En el caso de los comentarios con los cuales trabajamos, se puede percibir, por ejemplo, casi siempre una antipatía dirigida a cualquier tipo de expresión que busque dar voz a un contenido de carácter feminista, o que se suponga feminista. Este tipo de posicionamiento, aunque más común en los años setenta y ochenta (todavía marcados por la presencia de la dictadura militar), sigue, en menor medida, hasta la década de los noventa, lo que atestigua la existencia de un rechazo entre la comunidad crítica (de predominio masculino) al teatro que busque, a veces de manera muy sutil, presentar un enfoque más ideologizado (principalmente cuando esa ideología es o parece ser feminista). 

Nos pareció importante, por lo tanto, durante el desarrollo de nuestro trabajo, subrayar los cambios percibidos a lo largo del tiempo, o sea, mostrar a través de la comparación entre los aspectos diacrónico y sincrónico cómo un determinado tipo de reacción puede cambiar cuando se utilizan diferentes parámetros interpretativos. De ese modo, buscamos siempre que sea posible clarificar plenamente el contexto socio-histórico y los parámetros estético-ideológicos predominantes a lo largo de las tres décadas analizadas (los años sesenta, setenta, ochenta y noventa) para que podamos comprender mejor como se manifiestan las formas de apropiación social de una obra de teatro.  

Compartimos con la lectura feminista la intención de subrayar lo que constituye la ideología del canon, analizando la presencia femenina en el panorama teatral brasileño de entre los sesenta y los noventa; sin embargo, nuestra finalidad no es únicamente la de probar que este canon es masculino y excluyente de lo Otro, sino que los criterios de valoración utilizados son producto de una determinada ideología que cambia según las particularidades del momento socio-histórico en que tiene lugar.  

Como afirma Kolodny, desde que somos (las mujeres) enseñadas a leer no nos comprometemos con textos, sino con paradigmas (1985:153) (hecho que se aplica también al universo de lectores masculinos). Nuestro objetivo, pues, es explicitar cuáles son esos paradigmas en el contexto teatral brasileño de las últimas cuatro décadas para comprobar tres hipótesis básicas: 1) las temáticas exclusivamente femeninas abordadas a partir de posturas feministas no lograron ser asumidas íntegramente por el canon de la crítica periodística, que sigue considerándolas un tipo de expresión poco universal; 2) las formas que evitan el realismo a partir de un trabajo con lo grotesco, principalmente si vienen acompañadas también de un posicionamiento político, sea respecto a la condición femenina o a los problemas sociales del país, tampoco encuentran facilidad para penetrar en el mercado u obtener buena aceptación por parte de la crítica; y, finalmente, 3) el realismo que permite una apertura frente al modelo de la pieza bien hecha, reduciendo la preponderancia  del clímax y aumentando el énfasis en la revelación de los dramas interiores de los personajes, es un formato que permite a la dramaturga lograr de manera más rápida una penetración tanto en el mercado productor como en el canon de la crítica. También el llamado público tradicional de teatro en Brasil, la clase media mayor o de mediana edad, ya familiarizado con este tipo de estética desde los años sesenta, tiene el hábito de prestigiar obras que se construyen según esos parámetros. 

No pretendemos afirmar, sin embargo, que tales conclusiones presenten un panorama definitivo, incambiable. Como ya hemos comentado, el horizonte de expectativas de la crítica periodística o de los diversos grupos que forman el público de teatro cambia de acuerdo con la incorporación de nuevos criterios de valoración divulgados dentro de las comunidades interpretativas. Estos nuevos criterios son formados a partir de lo que ocurre en los grandes centros extranjeros y a partir de las alteraciones sufridas en el marco político-ideológico del país. 

Uno de los factores que también contribuyen a que las obras con un discurso feminista más claro encuentren dificultades para obtener espacio en el mercado es el hecho de que no existe una organización específica que separe los diferentes segmentos de producción, o sea, las piezas “marginales” cuentan con muy pocos establecimientos en donde se puedan presentar y con muy pocos recursos. De ese modo, se vuelve difícil cambiar los parámetros de las diversas comunidades interpretativas, puesto que éstas, además, resultan tener poco acceso a espectáculos cuyas propuestas se alejen del modelo considerado más comercial. Tampoco la actividad teatral cuenta con una estructura sólida que permita a grupos experimentales actuar dentro de un territorio específico donde puedan explorar nuevas posibilidades de lenguaje, con alguna excepción hecha a determinadas iniciativas más comunes en São Paulo que en Rio de Janeiro. 

Centro y margen 

Con lo expuesto arriba tenemos un cuadro en el que las llamadas prácticas centrales o discursos predominantes controlan la producción teatral brasileña. Sin embargo, ¿en qué consisten exactamente esas prácticas? En términos generales, son las que exploran, en lo que se refiere a la dramaturgia brasileña, textualidades históricamente hegemónicas, como la comedia de costumbres y el realismo remanente de los años cincuenta (no siempre, sin embargo, dentro de los límites de lo que se llama convencionalmente “pieza bien hecha”), modernizado a partir del uso de una mise-en-scène menos convencional. En lo que respecta a los aspectos ideológicos, son prácticas que no se preocupan por cuestionar los valores divulgados y cristalizados sobre las cuestiones de género, raza y clase, ya que están dirigidas a un público de clase media más bien conservador que forma parte de un tipo de comunidad interpretativa para la que tales planteamientos no son importantes. Otra tendencia central en el mercado es la comedia ligera (algunas veces de traición y celos, inspirada en los modelos del vaudeville; otras, estructuradas en sketches cuyo lenguaje se acerca al de los programas cómicos televisivos) que, utilizando actores de televisión y valiéndose de un tratamiento de los conflictos bastante superficial, resulta casi siempre un éxito de taquilla.      

El sistema que se impuso tras la caída de la dictadura en los años ochenta no incorporó las textualidades prestigiadas por el medio teatral anterior al golpe, ya que las fundaciones gubernamentales que subsidiaban las puestas en escena dejaron de tener este papel. Así, con unas producciones que dependían completamente de la inversión de los empresarios y de los sectores de marketing de las grandes compañías, las prácticas centrales se volvieron aún más conservadoras.     

Lo antes expuesto generó también la pérdida de un perfil estético-conceptual identificador para la escena brasileña de los ochenta y noventa. Esto acabó también por afectar a las llamadas producciones marginales, puesto que tampoco ellas, en general, lograron escapar a ese destino. Se puede afirmar que el margen que sigue como tal en el panorama de la escena contemporánea en Brasil es no sólo el que se propone explorar nuevas posturas estéticas, sino también el que temáticamente presenta una posición en contra de los valores de la sociedad capitalista patriarcal. Entre las autoras analizadas por este trabajo, la única que se encamina de modo claro en esa dirección es Ísis Baião, cuya obra, como veremos más adelante, busca traducir una posicionamiento crítico más claro frente al sistema. Ya Leilah Assunção, por ser un nombre que forma parte del canon de la historia del teatro en Brasil desde el extraordinario éxito de Fala baixo senão eu grito, texto que problematiza el enfrentmiento del instinto sexual por parte de una mujer soltera y reprimida, está integrada al centro. Sin embargo, muchas veces por elegir temáticas que están relacionadas a posturas feministas, encuentra resistencia por parte de determinado sector de la crítica,[1] que incluso llega a acusar a la autora de escribir textos para una minoría. Nelson de Sá, en su reseña de la pieza O momento de Mariana Martins para el periódico Folha de S. Paulo, llega a escribir: “o terreno não é distante daquele das revistas femininas, no tema, nas situações e conflitos. Como uma publicação do gênero, seu público pode ser descrito como un nicho de mercado, com interesse e repercussão restritos” (1999: 3) (“el terreno no es distante del de las revistas femeninas en el tema, en las situaciones y conflictos. Como una publicación del género, su público puede ser descrito como un nicho de mercado, con interés y repercusión restringidos” (traducción nuestra). La acusación de que el interés del tema, la trayectoria de una mujer hacia su autonomía, es restringido no se comprueba cuando la mayor parte del público que frecuenta el teatro en Brasil hoy está compuesto por mujeres. Nélson de Sá no consigue fundamentar de manera convincente su antipatía por la temática de la obra, dejando transparentar que los parámetros de la comunidad interpretativa a la cual pertenece no consideran que el enredo pueda ser de interés universal. Así, aunque pertenezca al centro por tener su nombre incluido entre los que forman parte del desarrollo de la dramaturgia brasileña de los años sesenta, es siempre cuestionada cuando justamente parece volver al tema de la obra que le proporcionó tal posición en el canon de la historia.     

Maria Adelaide Amaral sería verdaderamente la autora prototípica del llamado centro, puesto que nunca buscó explorar caminos estéticos o temáticos que pudieran crear rechazo entre crítica y público. Incluso una de sus primeras obras, Cemitério sem cruzes, que sonaba como una denuncia anticapitalista cuando fue escrita para formar parte del ciclo Segunda Feira de Opinião, estaba inserta en un contexto en que la comunidad artística valoraba aún este tipo de postura, lo que le permitió desde pronto formar parte del grupo que protestaba y era censurado, grupo que en aquel momento era el que tenía prestigio entre los media. En seguida, la autora perdió el interés por ese tipo de temática, ya que el público pasó a preferir espectáculos que no explorasen tales contenidos. Su primera pieza puesta en escena, Bodas de papel, que trataba de mostrar el cuadro de las relaciones entre los sexos en la esfera de la clase media alta paulista, fue considerada una especie de “fábula sobre el machismo” (Jornal do Brasil, 26.09.80), en la que el supuesto feminismo de la autora habría generado una exageración en el tratamiento del autoritarismo masculino. Afirma Michalski: “creio que o generoso feminismo de Maria Adelaide Amaral lhe faz perder um pouco o senso de medida” (“creo que el generoso feminismo de Maria Adelaide Amaral le hace perder un poco el sentido de la medida”) (1980: 1). La pieza no se propone de manera alguna constituir un “discurso feminista.” Tal lectura está relacionada con el hecho de que sólo el tratar el tema de la imposición de un tipo de autoritarismo masculino en la esfera de los matrimonios de la clase media alta (que además no es el único en la obra) ya generaba una especie de “reacción desconfiada” respecto a las intenciones de la autora. Del mismo modo, la afirmación de que la dramaturga había perdido el “sentido de la medida” sirve justamente para descalificar la crítica del texto, o sea, para limitarla al campo de una especie de “exageración.” De las tres autoras analizadas, Maria Adelaide Amaral es la que menos se interesa por el tema del género como construcción social. Tampoco su trabajo está relacionado con el desarrollo de una investigación estético-formal; de ese modo, ella es la que está, entre las tres autoras que analizaremos, más al centro.  

La pieza más célebre de Leilah Assunção, Fala Baixo Senão Eu Grito (Habla Bajo Si No Yo Grito), de 1969, marcó el inicio de una preocupación con la necesidad de tratar la liberación de la sexualidad femenina en el teatro. Su calidad fue reconocida también por la crítica, que acabó por conceder a la joven autora dos premios importantes: el Molière y el de la Asociación Paulista de los Críticos Teatrales (mejor autor del año de 1969). La pieza, montada por primera vez en São Paulo, con Marília Pêra y Paulo Vilaça en el elenco, bajo la dirección de Clóvis Bueno, tuvo una suerte envidiable en los escenarios del Brasil y del exterior (estuvo en cartel en Bruselas, con buena respuesta del público y de la crítica, París y Buenos Aires), siendo montada en diversas ocasiones a lo largo de todo el período de la dictadura militar, hasta las décadas de 80 y 90. Fala Baixo, aunque representó el estreno de Leilah Assunção en la escena paulista, no era su primer texto teatral. Ya entre 1963 y 1964 escribió Vejo um Vulto na Janela, Me Acudam Que Eu Sou Donzela (“Veo un Bulto en La Ventana, Ayúdenme que Soy Doncella”) y, en 1968, Use Pó de Arroz Bijou (“Use Polvo de Arroz Bijou”). Las dos fueron prohibidas por la Censura Federal. Vejo um Vulto fue aprobada en 1979, pero Use Pó de Arroz Bijou aún permanece inédita, pues, al haber sufrido cortes en ochenta de sus noventa páginas, perdió todas sus características.     

Tanto en Vejo um Vulto como en Fala Baixo, Leilah utilizó parte de su experiencia personal (joven de la clase media criada dentro de los valores tradicionales de la familia, pero que participó y convivió con todos los movimientos e ideas libertarias que convulsionaron el final de los años sesenta) para dar vida a personajes y situaciones; de ese modo, es el universo de la mujer “en sus primeros movimientos de concientización política y liberación sexual” (Vincenzo, 1992 : 84) el que servirá de base para sus creaciones iniciales. En el texto de Fala baixo, Assunção transforma en escena sueños y fantasías de los personajes, proyectándolos, a pesar de su subjetividad, a través de imágenes concretas y físicas, dándoles, finalmente, un ropaje dramático que en principio no poseían. En esta obra la autora parece regocijarse con la posibilidad de utilizar el escenario como el público lo ve, o sea, como un espacio donde todo se “supone,” explorándolo en todos sus límites. La propia teatralización de las fantasías de los personajes no consigue esconder una divertida pasión metalingüística que, en manos de buenos directores, constituye otro gran triunfo de la pieza. 

Hombre                Vamos a pasear. Vamos a pasear.

Mariazinha           Sin rumbo por ahí, sin rumbo…?

Hombre                 Sin rumbo.

Mariazinha           Volando…volando…Nosotros estamos en las nubes…volando… volando…

Hombre                 Caminando… caminando…

Mariazinha           Vamos a pasear…

Hombre               Ligeros… ligeros…

Mariazinha           Ni pisamos el suelo.

Hombre               No… no se siente nada…

Mariazinha           Doy cada paso grande…de tres metros… Mira…mira…(empiezan a moverse a cámara lenta). (71-2)

 Las fantasías de los personajes, como se puede percibir por lo que acabamos de transcribir, son vividas como devaneos de libertad y comentan de forma cómica el contexto de represión en que fue escrita la pieza. Se puede decir que Leilah Assunção supo aprovechar con mucha inteligencia las aparentemente pequeñas posibilidades del enredo: Mariazinha, una ‘solterona’ virgen, no muy joven, vive sola en un pensionado, donde guarda en su habitación los muebles que había heredado de la familia. Tiene un trabajo insignificante que le garantiza una existencia mediocre en todos los sentidos. Una noche, un ladrón entra en su cuarto y los dos ‘viven’ las fantasías de Mariazinha como un juego de make believe. Cuando llega el amanecer, el ladrón la invita a huir. Ella no acepta y grita para que llamen a la policía. A partir de este choque de personalidades y visiones del mundo, se lleva a cabo un desenmascaramiento que expone a la luz del día toda la represión y autoritarismo del sistema patriarcal, principalmente en lo que se refiere a la sexualidad femenina.     

En Brasil, ya a finales de los años sesenta, las solteronas infantilizadas como Mariazinha eran consideradas anacrónicas.[2] Leilah Assunção se aprovecha de eso para ironizar al personaje, que tiene la sensación de “no más caber dentro de las cosas,” de ser una “extraña” incluso en el pequeño mundo solitario de su cuarto, donde los muebles heredados de sus padres adquieren vida y le hacen recordar (en la medida en que son objetos de una transferencia) la importancia de la fidelidad a la familia y, por consiguiente, todos los prejuicios morales que ello genera.     

El tipo de mujer que representa Mariazinha, la marginal que no consigue reconocerse así, desajustada dentro de un sistema del cual piensa formar parte está en desconcierto con el mundo que la rodea.  La autora así describe el personaje: “sería un tipo vulgar, insignificante, si no fueran los grandes lazos que adornan sus tirabuzones y que escapan de la blusa” (Assunção, 1977: 25). Mariazinha es tragicómica, una mujer travestida de “mujercita,” clown de sí misma (pues se dejó construir desde esa óptica) que, por eso, no consigue realizar el encuentro sexual. Según Fellini, la gracia del clown está justamente en no conseguir realizarse sexualmente (Fellini,1983:145-54), ya que al estar en “desconcierto” no logra realizarse. En el caso de Mariazinha, la presencia del Hombre pondrá en jaque todo el circo donde diariamente su vida se pone en escena, dándole la oportunidad de cambio. 

El Hombre, una figura medio indefinida que entra por acaso en la habitación de Mariazinha, representa, para algunos críticos, la corporeización, la proyección de las fantasías de la ‘solterona,’ una creación de sus impulsos en lucha contra un “ego reprimido” (Maciel, 1970: 3); para otros, un personaje que definitivamente existe y funciona como “ser revelador” que despertará un proceso de liberación de las potencialidades de la mujer solitaria (Levi, 1970: 2). Ese debate, sin embargo, no parece muy importante, ya que el interés de la autora en este caso es crear un choque, un conflicto, y para eso necesita un personaje antitético que sirva de oposición a Mariazinha. La autora parece preferir la ambigüedad, puesto que el personaje, además de no tener nombre (es sólo Hombre, con ‘h’ mayúscula), representa más propiamente una función, no poseyendo ni los matices psicológicos de Mariazinha ni siquiera una historia propia. 

Al final de la pieza, la solterona adquiere una apariencia menos ridícula, sin embargo, rechaza la invitación del Hombre para que huyan y parece decidir seguir atada a todas las fantasías y convenciones que moldeaban su comportamiento[3].  El sentimiento de gran parte de las mujeres brasileñas de la década de los sesenta era aún de temor: recién se habían enterado de la necesidad de despreciar los papeles que el sistema patriarcal les concedía, pero se acobardaban frente a la hipótesis de caer en un vacío, de no conseguir realizar nada compensador que justificase el esfuerzo de la lucha.  

En el Brasil de 1969, el repudio a la sumisión de la mujer sonaba como un eco del repudio a la falta de libertad política impuesta por la dictadura. La cuestión femenina, por primera vez, dejaba de ser únicamente femenina para volverse algo más universal: el desenmascaramiento del poder autoritario. La risa que Leilah Assunção provocaba con su texto exponía todo el ridículo a que la severa austeridad podía llevar, cuestionando sin miedo los valores del sistema. La propia dictadura percibió eso y, en 1970, en Río de Janeiro prohibió la pieza durante la temporada.[4] ¿Quién podría imaginar que una solterona infantilizada pudiera volverse tan peligrosa? Para la censura, el peligro venía justamente del hecho de que la figura de Mariazinha era la prueba de la imbecilidad de todo un sistema de valores defendido por el autoritarismo de la dictadura militar. El problema de la subversión sólo existía porque Mariazinha era tentada a vivir su sexualidad fuera de las fronteras impuestas por los papeles sociales del patriarcado, o sea, fuera del esquema del matrimonio y la maternidad. El fantasma de los valores de la familia burguesa, como afirma Elza de Vincenzo (1992: 90), es el tercer personaje actuante en la pieza, presente materialmente en los muebles e ideológicamente en los diálogos:  

Con Roda cor de roda (1975), la segunda pieza de Leilah Assunção, obtuvo un gran éxito de público. Su tema representa el desarrollo de un texto anterior, Amanhã, Amélia, de manhã (“Mañana, Amelia, Por La Mañana”), cuyo montaje (de abril de 1973, en el Teatro Ginástico, Rio de Janeiro) había sido perjudicado por la acción de la censura. En 1975, la autora declaraba: 

la pieza no fue liberada por entero y resultó un bodrio. Pero como la producción no era mía, yo no podía prohibir el estreno. El productor había puesto mucho dinero en ella, y yo fui obligada a dejar que se montara. La pieza resultó horrible… Entonces, decidí seguir con el personaje en otra pieza—Rueda color de rueda—porque yo me muero si no llevo un personaje hasta el final. (Nova Mulher, 1975: 34)  

El personaje de que habla Leilah Assunção es Amélia, una mujer inspirada en la “Amélia” del cancionero popular brasileño, o sea, la esposa que sufre todas las dificultades como víctima del patriarcado, pero sin reaccionar o cuestionar el sistema, creyéndolo perfecto. Para los autores de la canción (obviamente, todos del sexo masculino), ésta era “la mujer de verdad.” Leilah Assunção, en su Amanhã, Amélia, de manhã, retoma esta imagen de la mitología del pueblo para deconstruirla, mostrando cuán insatisfactorio resultaba el papel de la mujer en el esquema de la familia tradicional. La pieza, por supuesto, fue considerada por los medios de comunicación una obra feminista.[5] En 1975, sin embargo, con motivo del estreno de Roda cor de roda, Leilah declaraba al mismo periódico que discrepaba del posicionamiento feminista que pretendían imponerle: 

Ni yo ni mi pieza somos feministas, en el sentido que algunos movimientos llamados de liberación de la mujer dan a la palabra. No creo que reivindicar oportunidades iguales a las de los hombres, dentro del sistema en que vivimos, sea feminismo. O, por lo menos, no es el feminismo que yo quiero. Eso sería una lucha para que las mujeres lograran ser jefas de departamento o cosas así. Para mí—y es esto lo que yo espero que el público de Roda Cor de Roda perciba—la reivindicación femenina tiene que ser mucho más amplia y dirigirse contra lo que realmente provoca marginalizaciones y discriminaciones: la profunda injusticia de las estructuras sociales a que estamos sometidos. (Jornal da Tarde, 28.08.1975) 

Leilah Assunção parecía mostrar entonces una visión reductora de las pretensiones feministas (al fin y al cabo, no se puede decir que la profunda injusticia de las estructuras sociales no sea una preocupación del movimiento), no deseando que se relacionara su obra a los objetivos de una corriente cuyo pragmatismo podía llevar a un empobrecimiento de exigencias más amplias e importantes. Este rechazo, sin embargo, no aparece en su pieza. Al contrario, cualquier tipo de lectura que se haga hoy de Roda cor de roda no podría ignorar lo más fundamental del texto que es la repulsa a la familia patriarcal. 

En realidad, el problema de la aceptación del feminismo en Brasil, como escribe Elza de Vincenzo, está muy relacionado al hecho de que en los años sesenta y setenta hubiera una propaganda clara o subrepticia que intentaba denigrar el sentido de las reivindicaciones feministas. Las mujeres que se acercaban al movimiento eran vistas como enemigas de los hombres, lesbianas o idiotas quemadoras de sostenes (Vincenzo, 1992:101). Otro punto importante que vale la pena subrayar es el hecho de que toda la intelectualidad de izquierdas, a la cual los profesionales del teatro estaban ligados, veía el feminismo como una ideología importada del primer mundo anglosajón, o sea, como un pensamiento burgués, una forma más de pulverizar el objetivo primero: el fin de la opresión impuesta por el sistema capitalista. 

No hay que olvidar que una de las exigencias primordiales del feminismo anglosajón era el derecho de la mujer al trabajo. En Brasil y en Sudamérica en general, el trabajo femenino era ya una realidad entre las clases menos favorecidas. Con sueldos bajos (habitualmente inferiores a los de los hombres) y gastos en el mantenimiento de sus familias, las mujeres no veían en el trabajo una forma de liberación. Además, como los obstáculos a superar para que el trabajo pudiera volverse realmente una forma de liberación parecían muy grandes, el feminismo tuvo que restringir, a partir de un momento determinado, el campo de sus exigencias, pasando a optar por reivindicaciones más parciales relativas a la legislación. De ahí que Leilah Assunção empobrezca el feminismo al decir que “sería una lucha para que las mujeres lograran ser jefas de departamento o cosas así.”(Nova Mulher, 1975: 34) De cualquier modo, como ya hemos mencionado, en las piezas de Leilah Assunção, especialmente en Roda cor de roda, la exigencia más amplia de poner fin a la opresión producida por el sistema pasa, de manera obligatoria, por la urgencia de la liberación femenina y la reevaluación de los papeles del hombre y de la mujer en la estructura familiar. 

Roda cor de roda, tras el éxito de 1975, fue publicada en libro (Da fala ao grito) junto a Fala baixo senão eu grito y Jorginho, o machão (pieza que la autora escribió después de Fala baixo), formando lo que la crítica consideró su “trilogía de la familia.” Roda cor de roda, aunque saque del contexto del núcleo familiar las motivaciones para lo que se desarrolla en escena, se concentra más en el problema del triángulo amoroso dentro del matrimonio. La obra, un acto único dividido en cinco movimientos, nos presenta inicialmente a Amélia, esposa fiel, ama de casa y madre de tres hijos, esperando a su marido, Orlando, que en dos días no había vuelto a casa por estar con la amante, Marieta. Cuando llega Orlando, Amélia finge no saber nada e intenta seducir a su marido con un vestido de color rosa. Sin darse cuenta del juego de su mujer, Orlando la ignora, diciéndole que tiene que salir al trabajo. Cuando lo hace, entra Marieta y se presenta a Amélia como la amante. Orlando vuelve y los tres se encuentran juntos. A partir de ese momento, Amélia se rebela y los papeles van cambiando de manos. En el segundo movimiento Amélia, que antes era una ‘mujer honesta,’ se transforma en prostituta, con el apodo de “Batalla.” Orlando la persigue desconsolado, amenazándola con el Código Civil. Marieta, de amante, pasa a madre de los hijos de Amélia, siendo ella ahora la que espera interminablemente a Orlando, cuyo único interés es vivir una relación sadomasoquista con su ex-mujer. En el tercer movimiento Amélia sigue siendo prostituta, actuando ahora, sin embargo, como una ‘mujer de negocios.’ Orlando aparece entonces transformado en la esposa de Amélia, repitiendo las mismas palabras de ésta al inicio de la pieza. Marieta sigue como madre, cuidando a los hijos de Orlando, pero se declara enamorada de Amélia y las dos inician una relación lesbiana. En el cuarto movimiento Marieta es la esposa de Amélia, y Orlando, aparentemente, está internado en un psiquiátrico. Al final se descubre que Orlando es amante de Amélia. En el quinto movimiento Marieta se rebela y no acepta más los papeles predeterminados. Es entonces cuando Amélia y Orlando la amenazan y la ponen en un círculo del cual tiene dificultad para salir. Las frases dichas en los otros movimientos se repiten. Marieta consigue escapar, rompiendo el juego de los diálogos circulares a través de la inserción de la palabra “rueda” cada vez que se dice “vestido color de...” 

Como podemos ver, Leilah Assunção trabaja con la tradición de la comedia, utilizando desde recursos encontrados en Aristófanes (la pareja representa un comentario de lo público a través de lo privado, los personajes no tienen psicología individual, señalan problemas de la organización de la sociedad) hasta soluciones que se acercan a procedimientos del teatro del absurdo, como al final, cuando Amélia y Orlando giran alrededor de sí mismos, enmarañados en los símbolos de los papeles que desempeñan, como el tricot, la comida (el puré de patatas), la carpeta de ejecutivo, etc. Otra característica de la tradición cómica muy bien aprovechada en Roda cor de roda es la utilización de cortes que permitan el distanciamiento crítico. El paso de un movimiento al otro, que hace ‘girar’ el enredo, no es psicológicamente explicado en escena, es pura convención que subraya el carácter rígido y teatral de los papeles sociales que se están criticando. Por detrás de las máscaras de marido, esposa y amante, todo es vacío, y sólo existe una mecánica de acciones que funciona como una fábrica de infelicidad.          

El ambiente propicio a la recepción positiva que marcó el contexto del estreno de Fala baixo ya no existía cuando Roda Cor de Roda subió a los escenarios, la deconstrucción de los papeles impuestos por la familia patriarcal mostrada por la autora no consiguió la aprobación por parte de la crítica. Sin embargo, Roda obtuvo un triunfo de público bastante significativo, pues éste empezaba a interesarse por los debates acerca del papel de la mujer, debido a todo un proceso de modernización por el cual pasaba la sociedad brasileña en la época. Aunque sin mucha libertad todavía (la censura a los medios de comunicación y a la producción cultural seguía actuando), es innegable que ciertos debates lograron encontrar algún espacio en las páginas de los periódicos e incluso en la televisión.  

Como el texto de Roda cor de roda había sido montado sin sufrir cortes muy grandes por parte de la censura, proponiendo un debate sobre la institución familiar a través de la risa y de la inversión, un tipo de crítica que siempre parece menos agresiva al público, su recepción pudo realizarse de forma más positiva, principalmente en São Paulo, donde la puesta en escena resultó de buena calidad. Sin embargo, la crítica periodística en general, una comunidad interpretativa que se muestra casi siempre bastante conservadora respecto a las temáticas que se acerquen a las posturas feministas, no reaccionó del mismo modo. Aunque críticos como Sábato Magaldi e Yan Michalski, los de mayor prestigio en la época, no hayan sido totalmente contrarios al texto, es innegable que la forma corrosiva elegida por Assunção para tratar las relaciones familiares resultó incómoda. El crítico Armindo Blanco, por ejemplo, se posicionó de manera claramente contraria a lo que consideró el “mundo mediocre” de la autora. El hecho de que un ama de casa se hiciera prostituta fue tratado por él a partir de un punto de vista moralista, que se negaba a percibir el sentido profundo del juego de cambio de papeles propuesto por Assunção : “Esposa horrible, marido ídem y amante que sueña volverse esposa igualmente ‘horrible’: mundito mediocre el de Leilah. El ser humano tiene otra dimensión, aunque, desde sus sillas, distinguidas señoras, al lado de sus maridos, exhiban un no disimulado brillo en la mirada frente a las libertades que se permite a Amélia / prostituta.” (A Notícia, 1978: 2) 

La segunda autora que analizamos, Maria Adelaide Amaral, inició su carrera en finales de los años setenta, un momento en que aún se valoraban los textos ‘de denuncia,’ cuya temática pretendía abordar los problemas de la clase trabajadora frente a los cambios impuestos por el nuevo perfil económico que se instauraba en el país. Éste es el caso de Cemitério Sem Cruzes y A Resistência, sus primeras piezas, que, a pesar de la censura sufrida inicialmente, lograron insertar a la autora en la dramaturgia prestigiada por la comunidad crítica de la época. Bodas de Papel, sin embargo, por no abordar tales temas y mostrar de manera cruda la naturaleza de las relaciones de género entre las parejas de clase media alta, fue blanco de la desconfianza de los críticos. Algunas reseñas incluso consideraron la obra como resultado un tanto exagerado del feminismo de la dramaturga, algo completamente sin sentido ya que, para que los personajes femeninos pudieran indicar algún tipo de compromiso por parte de la autora con esa causa, sería necesario un conflicto que problematizara la legitimidad misma del sistema patriarcal, cosa que no se da en la pieza. Bodas de papel se desarrolla alrededor de la fiesta del aniversario de dos años de matrimonio de una pareja de clase media alta, Tetê y Turco; él, un ejecutivo de una empresa multinacional; ella, su ex-secretaria. Los invitados son sus padrinos de boda: un médico, Carlão, y su mujer, Magui; otro ejecutivo sin empleo, Jorge, hermano de Magui, y su esposa, Clô, una ‘aristócrata’ decadente, cuyos hábitos de consumo el marido tiene dificultad en mantener; para completar el cuadro, el invitado de honor, Arruda, director de un banco importante, que había alcanzado este puesto tras ‘dar un braguetazo,’ casándose con la hija del banquero. 

Aunque la conmemoración haya sido planeada por Tetê con el objetivo real de festejar sus bodas de papel, Turco tiene otras intenciones: desea aprovechar la ocasión para pedirle a Arruda un préstamo para abrir una empresa de asistencia médica con Carlão, un obstetra de éxito. Tetê, que también deseaba mostrarles a los amigos el piso que su marido le había regalado, la nueva decoración, en fín, todo lo que pudiera indicar el alto estándar de vida del matrimonio, se ve en una situación difícil, puesto que la fiesta parece haber sido planeada por Turco como una reunión de negocios. Las mujeres ocupan una posición secundaria, deben dar apoyo material a la reunión (Tetê la organiza, las otras les acompañan a sus maridos), constituyendo casi un elemento decorativo en el ambiente. Muchas veces, son mencionadas como la causa de sus dificultades, pero, en realidad, no son escuchadas y, en general, se vuelven irritantes todas las veces que intentan interferir en la conversación, asunto serio de los negocios masculinos. Fácilmente son llamadas “tontas” o “gordas” en los conflictos laterales con sus maridos.  

El crítico del Jornal do Brasil, Yan Michalski, vio en la pieza de Maria Adelaide Amaral una obra casi femininsta, sobre las mujeres: “Me pregunto si, más que una pieza sobre ejecutivos, Bodas de papel no es una obra casi feminista sobre las mujeres.” (“Fabula’, 1980: 1). Este comentario parece aún más interesante cuando se compara al de Sábato Magaldi, que elogiaba la capacidad de la autora para abordar de manera profunda el universo masculino. En realidad, el texto no da preferencia a un universo en detrimento del otro: muestra simplemente cuáles son los lazos que los unen. Y si esta imagen resulta demasiado ‘fea’ es porque el modelo pintado carece de belleza. Para Yan Michalski, sin embargo, el hecho de ser una autora y no un autor la que trata el tema hizo que el machismo adquiriera contornos muy primarios: “Creo que el generoso feminismo de Maria Adelaide le hace perder un poco el sentido de la medida [...] las brutalidades y el primarismo con que la autora pinta este machismo, especialmente teniendo en cuenta el ambiente social en que se manifiesta” (“Fábula”, 1980: 1).

Las reservas de la crítica a Bodas de papel, que también se dirigieron hacia el ‘naturalismo’ de su forma literaria, subrayado por el montaje de Cecil Thiré en 1978.  Sin embargo, el mismo año críticos rechazaron Roda cor de roda, de Leilah Assunção, por su desprecio a las formas realistas, lo que no deja de sugerir, en realidad, una antipatía por el tratamiento del tema de las relaciones de poder en la familia patriarcal, que aparece en las dos piezas (con menor intensidad en Bodas de papel). No debemos olvidar que en el caso de A Resistência, de Maria Adelaide Amaral, el llamado ‘naturalismo’ no resultó para la comunidad crítica un ‘defecto,’ puesto que fue premiada por el concurso del SNT, mientras que Bodas de papel no logró recibir ni siquiera una mención honorífica. 

Cuando finalmente tuvo lugar la puesta en escena de A resistência, ésta ocupó un espacio de discusión que había quedado vacío durante el período más represivo de la dictadura, obteniendo así éxito de público y de crítica, quienes, en general, se identificaban directamente con lo que veían en escena. Tal triunfo pudo darse porque el momento político-social fue extremadamente favorable. Durante el año de 1979 rebrotaron las huelgas y se empezó a fundar una organización de izquierdas que acogería a los trabajadores y a los intelectuales (hoy, el partido del presidente Lula, el PT); en síntesis, todo el debate respecto a los derechos laborales se encontraba muy en boga en el país. Además, la temática encajaba bastante bien en el horizonte de expectativas de la comunidad de los críticos, que se alegraba de volver a ver en los escenarios la exploración de los problemas afrontados por las diversas categorías profesionales. En este caso, pues, el realismo/naturalismo, tan criticado en Bodas de papel, fue muy bien recibido. Por otro lado, A Resistência dialogaba de manera bastante clara con la dramaturgia canónica norteamericana (Muerte de un viajante, de Arthur Miller), con el llamado male canon por la crítica feminista, evitando desarrollar las cuestiones relativas a las relaciones de género. Maria Adelaide Amaral, de ese modo, en el segundo montaje de un texto suyo, orientaba su carrera hacia una total sintonía con los parámetros de la comunidad interpretativa más privilegiada, la que podía emitir su pensamiento a través de los periódicos y, así, modelar la opinión. Ello no impidió que, aunque la autora hubiera recibido un apoyo expresivo de la crítica periodística, sufriera una especie de censura por parte de algunos propietarios de periódicos, que llegaron a prohibir que sus críticos se manifestaran a favor del espectáculo (es conocido el episodio del periódico O Globo, que prohibió que su crítico comentara la pieza). A Resistência, como casi toda la obra de Maria Adelaide Amaral, proponía la vuelta a un teatro del texto, de la palabra, que privilegiaba el debate lógico de un argumento hasta agotarlo. Sus personajes, aunque no perdieran su individualidad, remitían a posturas colectivas, como es el caso de Luís Raul y Leo, que representaban lo que quedó de los sectores responsables de la protesta política después del período de represión. Vista hoy, A resistência señala un panorama que iba a marcar el comportamiento de la clase media en el Brasil de los años siguientes: el fin de todo idealismo frente a las dificultades cotidianas impuestas por un determinado tipo de organización política y económica. Este tema apareció en la obra de Leilah Assunção ya en los años ochenta con Boca molhada. Maria Adelaide Amaral, en cierto modo, anticipó con esta pieza el tratamiento del debate sobre el mantenimiento de valores éticos en un sistema que hacía de la simple supervivencia una tarea bastante ardua. 

Ya en De braços abertos, cuyo estreno se llevó a cabo en el teatro FAAP el 10 de octubre de 1984, todas las cuestiones relativas al panorama socio-político del país fueron dejadas de lado. Considerado uno de los textos más importante de la dramaturgia brasileña contemporánea y un hito en la carrera de Maria Adelaide Amaral, que, después de este éxito arrebatador, pasó a figurar de modo definitivo en el canon de la historia del teatro brasileño de la segunda mitad del siglo XX, De braços abertos representa un ejemplo de cómo los parámetros de la crítica y del público habían cambiado entre 1979 y 1984. Cinco años después de A resistência, el éxito de De braços abertos sólo pudo concretarse porque la autora había elegido un tema radicalmente opuesto, o sea, el de la pareja en crisis. Así se puede percibir de manera inequívoca el cambio provocado por la nueva actuación de las empresas patrocinadoras dentro del conjunto de las relaciones entre consumidores y productores de teatro en el Brasil de los ochenta, así como la alteración del horizonte de expectativas del público y de la crítica como consecuencia del nuevo panorama político que se estableció a partir del inicio de esa década. Si A resistência no habría logrado el mismo éxito si se hubiera estrenado cinco años después, tampoco De braços abertos habría sido recibida de una forma tan positiva en 1979.  

Michalski afirma en su O teatro sob pressão que los ochenta resultaron un período marcado por el desinterés del público por el teatro político predominante en los años que antecedieron al golpe militar (1989:84). Entre las razones para que el contexto se hubiera modificado de esa manera se contaba, entre otras, el que uno de los factores que permitieron el paso del gobierno militar al civil fuera no juzgar a los responsables de los crímenes cometidos durante la dictadura. Así, reanudar el pasado para comentarlo resultó un proceso rechazado por los espectadores, que deseaban tener la impresión de estar superando una fase amarga. Tampoco podemos olvidar que las expectativas de la comunidad crítica acompañaron las del público, y así se pasó a valorar las temáticas que abordaban las relaciones del individuo con la familia, con el sexo opuesto, etc. En el caso de De braços abertos, aunque posteriormente parte de la crítica académica haya encontrado determinadas posturas feministas diseminadas en el texto, el hecho de no comentarse de manera específica las estructuras patriarcales también pudo proporcionar a la pieza de Amaral una aceptación más amplia, sin polémicas. 

Los años noventa no llegaron a imponer cambios mayores al panorama que hemos descrito; sin embargo, Maria Adelaide Amaral no logró obtener el mismo tipo de éxito en sus trabajos posteriores a De Braços Abertos. Querida mamãe, por ejemplo, resultó un triunfo, pero una década después de De Braços Abertos. Las dos piezas exploraban el tema de la imposibilidad de establecer relaciones afectivas satisfactorias (en el caso de Querida Mamãe, dentro del contexto familiar patriarcal). Una vez más la autora volvía a producir trabajos que seguían la corriente de las preferencias del público, todavía inclinadas a piezas de carácter intimista pero que no explorasen demasiado profundamente las posibilidades dramáticas de la acción interior. Tampoco Querida Mamãe se proponía discutir los problemas de los personajes madre/hija a partir de una crítica radical al patriarcado, o sea, que se rechazaba el formalismo impuesto a las relaciones dentro de la estructura familiar tradicional, pero sin hacer de tal posición una censura directa al sistema. El paradigma de ruptura, simbolizado por el personaje Helô, por ejemplo, no era presentado de manera positiva, lo que resultaba menos agresivo para los parámetros conservadores. 

En cuanto a Ísis Baião, que empezó a estrenar al final de los setenta, se posicionó siempre al margen de los acontecimientos centrales de la actividad teatral, resultando un nombre menos conocido fuera de Rio de Janeiro. Aunque su estreno se había dado junto al de Amaral, abordando ambas temáticas sociales, su carrera siguió una dirección opuesta, incorporando en términos estéticos el trabajo con lo grotesco y una preocupación absolutamente clara por tratar el universo de la mujer a partir de posturas más relacionadas al feminismo. Una de las características más destacadas del teatro de Baião, que ya estaba presente en su primer texto montado, Instituto Ñaque, es justamente la de no satisfacer prioritariamente al público más conservador. Sus obras, por tanto, no son escritas con vistas, ante todo, al éxito comercial. No deseamos insinuar, sin embargo, que la autora evite el gran público, o que sus obras no puedan resultar éxitos de taquilla. Lo que no parece dispuesta a hacer es abdicar de un espíritu satírico mordaz, tajante y nada conciliador en pro de la satisfacción de sensibilidades más conservadoras. Por lo tanto, sus temas y la forma mediante la cual los desarrolla son resultado de una manera de comprender el teatro como un medio de concienciar, de ‘sacudir’ a la audiencia para que ésta pueda darse cuenta de un tipo de horror banalizado por la existencia cotidiana. Además, el deseo de mostrar un compromiso político claro provocó que parte de la crítica más conservadora comprendiera As chupetas do senhor refém, su segundo texto montado, como un intento de volver a una especie de teatro panfletario. En realidad, As Chupetas tenía como uno de sus objetivos denunciar el engranaje sórdido y autoritario de la asistencia social en Brasil, destacando la opresión sufrida por las clases populares en este país. Con toda la acción girando alrededor de esa idea, la pieza no pudo explorar profundamente las contradicciones individuales, la ambigüedad misma en que la situación ponía al personaje principal. 

As Bruxas Estão Soltas, su tercer texto montado, fue la pieza que, en la carrera de Ísis Baião, obtuvo un éxito de público más contundente. Aunque tal triunfo no haya representado el mismo tipo de aceptación que tuvieron textos como Fala Baixo y De Braços Abertos, significó, sin embargo, un paso importante para que la autora pudiera situarse y afirmarse en el panorama de las creadoras más preocupadas por las cuestiones femeninas y feministas. Ísis Baião, que antes incluso de tratar de modo específico el problema de las relaciones de género en el sistema patriarcal ya escribía un teatro “indignado” (como la autora misma lo definió en la entrevista que nos concedió), cuyo trabajo con lo grotesco lo hacía aún menos digerible para la crítica periodística, cuando decidió dedicarse de modo exclusivo a poner en escena algunos de los problemas de la mujer, lo hizo quizás aún más “indignadamente,” o sea, tocando puntos bastante polémicos, como la deconstrucción de mitos religiosos (Nuestra Señora), el tema del sentimiento de culpa afrontado por el sexo femenino al disfrutar de la libertad por la que había luchado, la insensibilidad masculina frente a las víctimas de estupro, el miedo del hombre frente a la mujer no pasiva, los papeles impuestos por el sistema patriarcal, en fín, asuntos que suscitaban aún una agria controversia en el panorama del debate cultural brasileño de los años ochenta. El espectáculo, dirigido por Maria Lúcia Vidal, tuvo su estreno en el Espacio Petite Galerie el 13 de junio de 1984. Contando sólo con el trabajo de mujeres (treinta y tres estuvieron implicadas en el proyecto), la producción eligió trabajar únicamente con cinco actrices que hacían también los papeles masculinos. La autora no tenía simplemente la intención de subrayar el problema de la opresión femenina, ya tan debatido, buscaba un nuevo punto de vista para tal cuestión, que pudiera también representar las contradicciones de la mujer que ya se había iniciado en un proceso de liberación pero que aún no conseguía vivir esta libertad de manera plena.  

A fin de no alargarnos demasiado en el análisis del guión del espectáculo, decidimos comentar sólo uno de los sketches que forman As bruxas estão soltas. “Aparición de la Virgen María en el SOS mujer,” trata de un tema muy polémico: la forma en la cual el principal mito femenino católico, la Virgen María, es utilizado como instrumento de represión por una cultura androcéntrica que relaciona el goce femenino a la idea de pecado. De modo bastante desafiante, la autora eligió poner en escena la visita de la Virgen María a una psicóloga. Con el intento de liberarse del ‘peso’ de su santidad, el personaje busca en la terapia el apoyo necesario para expresar sus propios deseos y ansias: 

Psicóloga           ¿Pero es Ud. realmente...? Discúlpeme, necesito saberlo...

María                ¿Realmente qué?

Psicóloga           Virgen.

María                Por supuesto que no. Pero ellos no pueden saberlo...

Psicóloga              Ud. no puede seguir viviendo así, fingiendo lo que no es. ¡Ésa es la fuente de toda su angustia!

María                Me obligan.

Psicóloga           ¡Creo que tiene ud. mucha rabia!

María                  No debo sentir rabia, pero... puedo tener todo tipo de sentimiento, menos rabia, pero...

Psicóloga           ¡Vamos, deje salir esta rabia, vamos!

María                  No, no puedo sentir rabia, no puedo pensar, ellos me pellizcan... (48-50) 

La Virgen María no puede sentir rabia, no puede pensar y no puede asumir su propia sexualidad (es necesario que aparezca como la eterna virgen); en último término, representa un modelo de autoanulación total. Para la autora, la imposición de este ideal a las mujeres demuestra la misoginia de la cultura androcéntrica y la forma tiránica en la cual este comportamiento misógino se disemina a través de las manifestaciones religiosas. 

Como bien escribe Maria Helena Kühner (Prefácio a Em Cenas Curtas, 1989:10), este texto de Baião pretende mostrar con limpidez cómo la religión había sido transformada en instrumento de una ideología, a favor del mantenimiento de un determinado tipo de poder: 

María.Estoy cansada, agotada, malamada. ¡La virtud consume a la mujer! (SOÑANDO) ¡Ay, cómo me gustaría vestir unos jeans! ¡Hace más de dos mil años que llevo esta ropa! ¿Conoces algo más demodée? [...] La virtud no puede ni excitarse, cuanto más... Pero lo que me vuelve loca es el hecho de que las mujeres me culpen cuando no gozan. Dicen que no gozan porque mi modelo está en sus cabezas. Si mi modelo les estorba a ellas, ¡imagina lo que me estorba a mí! (SE VUELVE EN DIRECCIÓN AL PÚBLICO, MUY CÁNDIDA) [...] Yo también quiero liberarme [...] (SOLEMNE) Ahora, voy a romper mi imagen.

LA VIRGEN MARÍA SACA DE SU MANTO UNA PEQUEÑA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA Y LA TIRA AL SUELO, HACIÉNDOLA AÑICOS. (51-2) 

La recepción de la crítica periodística a As bruxas resultó contradictoria. Macksen Luiz, del Jornal do Brasil, demostraba claramente el carácter ‘masculino’ de su visión y la dificultad para analizar imparcialmente manifestaciones que buscaran expresar un punto de vista distinto al de la cultura androcéntrica dominante. Sus comentarios respecto a la calidad literaria de los sketches de Baião estaban únicamente dirigidos al problema de la no existencia en estos textos de una voz que representara el ángulo de visión varonil., soslayando que sería bastante extraño que una obra declaradamente feminista se preocupara por tales cuestiones. El conocido crítico, por lo tanto, en vez de ocuparse de temas como el tratamiento dado por la autora a determinados mitos o al modo por el cual se caracterizaban en el espectáculo las formas de dominación simbólica sobre la mujer, eligió juzgar el trabajo de la dramaturga simplemente por su ‘parcialidad,’ considerando insignificante el resultado del conjunto, texto y puesta en escena, ya que estaría expresando las mismas preocupaciones que el universo de las “revistas femeninas.”  

Ísis Baião es, entre el grupo de dramaturgas brasileñas analizadas, la que obtuvo de la crítica una recepción menos calurosa e imparcial. Consideramos que, además de la antipatía que podían haber provocado los errores cometidos en el universo específico de las puestas en escena, su trabajo con lo grotesco, así como la forma en que desarrollaba temas como la decadencia de las instituciones públicas y la lucha de la mujer por su autonomía, atacaban demasiado frontalmente determinados parámetros conservadores. Asimismo, por presentar un enfoque más ideologizado (generalmente en contra de los conceptos que moldean las estrategias de percepción del público conservador y de la crítica), las piezas de Baião resultan poco comerciales para muchos productores. Sin embargo, en términos de medios de producción, Baião realiza un teatro de texto, concebido casi siempre aparte del proceso de la práctica constructiva de la puesta en escena. Tal hecho la insertaría automáticamente en una tradición de centro y no de margen. Sin embargo, como no comparte la ideología de ese centro, acaba entre los márgenes, pero sin un espacio específico en este grupo, ya que algunas de sus piezas no montadas, Casa de Penhores es un ejemplo bastante apropiado, necesitan inversiones relativamente altas de capital (pensando en un esquema de producción con actores conocidos donde cada uno representaría sólo a un personaje). En este sentido, los límites entre margen y centro se vuelven difusos. 

En cuanto a las temáticas propiamente dichas, las que tratan de problemas exclusivamente femeninos desde un punto de vista que pueda ser relacionado a posturas feministas no han logrado todavía ser incorporadas por el canon de la crítica periodística, que sigue considerándolas un tipo de expresión poco universal. Las formas que evitan el realismo a partir de un trabajo con lo grotesco acompañadas de un posicionamiento político, sea referente a la condición femenina o a los problemas sociales del país, también son vistas con desconfianza tanto por parte de la comunidad interpretativa de los críticos como por parte del público más conservador y de los empresarios responsables de las inversiones de capital. Sin embargo, es necesario afirmar que los horizontes de expectativas de los diferentes grupos que componen el eje que va desde la producción a la recepción del fenómeno teatral es cambiable y depende casi siempre de estrategias de percepción político-ideológicas que van transformándose. Por ejemplo, cada vez más en Brasil los espectáculos que utilizan un lenguaje de vanguardia logran ser recibidos con prestigio y llegan a ganar varios premios, aunque no consigan patrocinio y se vean obligados a mantenerse en cartel con muchas dificultades.  

En el ámbito de la narrativa, toda una manera de comprender y juzgar las novelas decimonónicas ha cambiado considerablemente en los últimos cien años, puesto que de una valoración que minimizaba su importancia por ser ‘lectura femenina’ se pasó a considerar esos textos como representantes de una literatura fundacional, que, entre otros objetivos, representaba los pactos sociales que marcaban la evolución social de las nuevas naciones emergentes. De ese modo, lo que antes era poco valorado por pertenecer a la experiencia del universo femenino ha adquirido un estatus completamente distinto con el paso del tiempo y las transformaciones ocurridas en los parámetros de juicio de la comunidad crítica. Así, quizás dentro de poco también en los escenarios la mujer pueda encontrar un espacio de expresión más amplio y sensible, que sea capaz de abrirse de manera más plena a su multiplicidad. 

Bibliografía: 

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BENNET, Susan. Theater Audiences. London/New York: Routledge, 1990. 

FISH, Stanley. Is There a Text in This Class? Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1980. 

KOLODNY, Annette. “Dancing Through the Minefield : Some Observations on The Theory, Practice and Politics of a Feminist Literary Criticism”, en Showalter, E. The New Feminist Criticism. Essays on Women, Literature and Theory. New York: Pantheon Books, 1985. 

LEVI, C. “Apenas duas peças”. O Dia. Caderno D, Rio de Janeiro, 20.01.1970. 

MACIEL, Luiz Carlos. “Fala baixo”. Última Hora. Cultura, Rio de Janeiro, 20.01.1970. 

MICHALSKI, Yan. “Fábula moral sobre dinheiro e machismo”. Jornal do Brasil. Caderno B, 26.09.1980.

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SÁ, Nélson de. “Espetáculo se leva muito a sério”. Folha de São Paulo. Ilustrada, 06.11.1999. 

STRICH, C. y KEEL, A. (eds.). Fellini por Fellini. P. Alegre: LPM, 1983. 

“Uma peça a favor das mulheres?  Não, da justiça”. Jornal da Tarde. 28.08.1975. 

VINCENZO, Elza Cunha de. Um Teatro da Mulher. São Paulo: Edusp/Perspectiva, 1992.

Publicado en: Sara Beatriz Guardia (Edición). Mujeres que escriben en América Latina. Lima: CEMHAL, 2007.

[1] Sabemos que esta afirmación puede sonar reductora, pero el análisis de las críticas periodísticas proporcionó el material necesario para comprobar nuestro punto de vista. Creemos también que, verdaderamente, no todos los textos de Assunção demuestran el mismo nivel de calidad que Fala baixo senão eu grito o Roda cor de roda; sin embargo, no compartimos la visión de que se puede negar el interés de una obra solamente por el tipo de temática que aborda.

[2] Luiz Carlos Maciel escribió sobre este aspecto en su crítica: “Sua única desvantagem é que não consegue superar um certo desinteresse intrínseco ao tema. Fala baixo me deu um pouquinho de sono. Eu não entendia porque quando alguém ao meu lado disse: ‘é uma coisa tão antiga o caso dessa Mariazinha’” (“Fala baixo” 3)

[3] Leilah Assunção considera que dejó el final abierto. El rechazo no significa la imposibilidad de un cambio futuro. “El final de mis piezas es siempre abierto. Las personas no comprenden [...] que si yo hubiera puesto a Mariazinha huyendo con el Hombre, la pieza se habría quedado diez años en cartel” (Entrevista concedida al “Folhetim” del periódico Folha de S. Paulo en 15/07/79. 

[4] Leilah Assunção declaró en la entrevista al periódico Folha de São Paulo que hemos citado anteriormente, que la prohibición vino directo de Brasilia, a través de un telegrama del entonces presidente Médici.

[5] Una crítica publicada por Tumscitz en el Jornal do Brasil, el día siguiente al estreno de Amanhã, Amélia, De Manhã, el 25 de abril de 1973, se titula significativamente: “Amélia es el vocero de la Leilah feminista.” 

 


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