Ana García Chichester
Universidad de Mary Washington
Virginia, Estados Unidos
En su notable estudio sobre la nación y el
nacionalismo, Comunidades Imaginadas: Reflexiones
sobre el origen y expansión del nacionalismo
(1983), Benedict Anderson propone la definición de
la nación como una comunidad política imaginada. La
definición de naciones como construcciones sociales
no es original de Anderson; su libro, sin embargo,
subraya la importancia de los medios de comunicación
en la construcción de la nación imaginada: mapas,
periódicos, revistas y literatura son los productos
que contribuyen a la definición y representación de
naciones en proceso de creación. La nación es
imaginada, dice Anderson, porque las personas
pertenecientes a tal comunidad no pueden conocerse
personalmente los unos a los otros. Sin embargo, “in
the minds of each lives the image of their communion”
[en la mente de cada uno persiste la imagen de tal
comunión; mi traducción] (6). La nación imaginada
es finita, limitada porque más allá de sus fronteras
geográficas existen otras naciones. La nación
imaginada es también soberana. La soberanía de la
nación va a reemplazar el orden divino y el poder
dinástico de los antiguos regimenes; por ello, la
nación es emblema de libertad. Finalmente, la
nación imaginada es una comunidad porque, añade
Anderson, siempre se concibe “as
a deep, horizontal comradeship … it is this
fraternity that makes it possible, over the past two
centuries, for so many millions of people, not so
much to kill, as willingly to die for such limited
imaginings”
[como una forma de compañerismo profundo, horizontal
… es esta fraternidad lo que ha hecho que en los dos
últimos siglos millones de personas, hayan no tanto
matado sino estado dispuestos a morir por tan
limitadas imaginaciones; mi traducción] (7).
El concepto de la nación como comunidad imaginada
nos provee un acercamiento a la actividad
política, social y literaria de las mambisas
cubanas. En su mayor parte las mambisas eran
miembros de las clases pudientes, hijas de familias
criollas que abogaban por la causa separatista en la
primera guerra de 1868 –y que luego más tarde hacia
finales del siglo y para la guerra final de 1895 ya
habían abrazado en su totalidad la ideología de la
independencia. Las mambisas participaron en las
guerras de independencia en el frente de batalla, en
las ciudades como mensajeras y en los clubes de
mujeres y círculos literarios donde se recitaban
versos patrióticos. Forjaron, además, lazos de
solidaridad por medio de la palabra escrita: a
través de cartas y poemas que se escribían y se
dedicaban entre ellas.
En la obra de las poetas mambisas podemos leer dos
perspectivas: una que resalta los valores de
abnegación y sacrificio que fueron parte de la
visión de Cuba Libre y otra, que por su fuerte
convocatoria a la lucha como honor sagrado busca
forjar la solidaridad entre mujeres. Es preciso
señalar que las poetas mambisas eran exclusivamente
criollas blancas. La solidaridad o sentido de
comunión que tuvo lugar entre ellas ocurrió a
exclusión de la mujer afro-cubana, la que también
participó activamente en la resistencia como
abnegada madre mambisa e incluso activamente en los
campos de batalla.
El fervor nacionalista de la mujer cubana la lleva a
la actividad política aparentemente de súbito a
mediados del siglo diecinueve. Durante la última
década de la colonia, la mujer cubana se había visto
obligada a obedecer códigos estrictos de conducta
que sobrepasaban a los de otras sociedades durante
el mismo tiempo, tanto en las colonias
latinoamericanas como en la metrópolis española
(Martínez-Fernández). La realidad de la economía de
la plantación había dado paso a la insistente
protección de las mujeres cubanas (blancas, se
entiende) del contacto con otros sectores sociales y
también significaba un desequilibrio entre el número
abundante de hombres en la población y el número
reducido de mujeres. El incremento general de la
población de descendencia africana hacia mediados
del siglo y las tensiones raciales inherentes en una
sociedad que dependía de la mano esclava añadían a
que se impusieran estrictos códigos de
comportamiento, particularmente en las zonas urbanas
(López Segrera; Martínez-Fernández).
Dentro de la sociedad cubana durante este periodo y
dado el estatus minoritario de la elite criolla, la
presencia de la mujer blanca en los espacios
públicos era motivo de ansiedad. Diarios de viaje
escritos por agudos observadores de costumbres
sociales ofrecen testimonio del grado de
confinamiento a que eran sometidas las habaneras a
principios y mediados del siglo 19. Los observadores
extranjeros, en particular, pintaban la imagen de la
Habana como ciudad en la cual los patrones de
comportamiento prohibían el paso de la mujer por las
calles de la ciudad (con la excepción de asistir a
la primera misa del día). La única mujer que se veía
en público era la mujer de color. La adherencia a
códigos sexuales de clase y color resultaban en el
aislamiento de las mujeres de clase media y alta
como manera de preservar la raza y el linaje. Los
visitantes a La Habana “con frecuencia expresaban su
disgusto al ver a las habaneras aparentemente
encarceladas tras las rejas de ventanas sin vidrio,
desde las que miraban a un mundo externo prohibido
para ellas, como si fueran <cautivas en duras
penas>” (Martínez-Fernández 107; mi traducción). El
chiste (por lo visto, verdadero) de un visitante
norteamericano que al pasar frente a una casa “lanzó
unas monedas a través de las rejas de la ventana
entendiendo equivocadamente, por el triste rostro de
la mujer, que debía de tratarse de una cautiva y que
su casa era la cárcel de la ciudad” ejemplifica las
anécdotas frecuentes sobre estas imágenes
(Martínez-Fernández 107; mi traducción). Típica de
la evaluación moral e intelectual de las cubanas es
la descripción siguiente:
La mayoría de estas mujeres parecen vivir la buena
vida; parece que no trabajan ni con las manos ni con
la cabeza. Las he observado desde temprano por la
mañana hasta tarde en la noche, y lo único que las
he visto hacer es coquetear con el abanico. Su
ocupación favorita es sentarse frente a las altas
ventanas con rejas a modo de prisión, con las sillas
arregladas para favorecerse de la brisa, a mirar a
todo el que pasa –no vas a verlas leer casi nunca
(Williams citado por Pérez 237; mi traducción).
La situación difería algo en las áreas rurales; como
sus compañeras citadinas, las guajiras
(campesinas) se ocupaban exclusivamente de las
responsabilidades domésticas; pocas de ellas tenían
acceso a la formación intelectual. La vida difícil
del campo, sin embargo, significaba que algunas de
estas campesinas (en particular las que vivían en
las zonas orientales de la isla que eran zonas más
pobres) tenían que ajustar sus deberes a las
demandas de la vida de la plantación. Samuel Hazard
llegó a observar que las guajiras “ceremoniosas y de
gran dignidad,” entre otras actividades propias de
la vida del campo, “montaban a caballo” (Citado por
Pérez 211). Es decir que aunque las criollas urbanas
tenían que observar las prohibiciones sociales
heredadas de la metrópolis, las campesinas cubanas
contaban con cierto grado mayor de libertad de
movimiento y habían alcanzado destrezas y
conocimientos prácticos. Por ejemplo, durante las
guerras, las campesinas orientales pusieron sus
conocimientos como enfermeras y curanderas en los
campos de batalla del Ejército Libertador.
Resulta extraordinario pero comprensible que
precisamente el sector femenino, que solamente unas
décadas antes se encontraba excluido de todos los
espacios públicos, emprendiera la causa de la
independencia de la nación. De hecho las cubanas van
a trocar la ventana enrejada por el activismo
político; algunas, que fueron detenidas y
condenadas, en efecto, trocaron las rejas de las
ventanas de la casa por verdaderas rejas de
presidio. Las mambisas organizaron clubes y
recitales de poesía en casas y salones, fundaron
juntas revolucionarias y por seguir a los hombres de
la familia, también se alzaron y participaron
activamente en la batalla (Prados-Torreira). Con
mayor frecuencia las mambisas trabajaban en los
campamentos en calidad de enfermeras o sirvientas;
se ocupaban de los enfermos y heridos y además
organizaban los campamentos y hospitales. Conocidas
figuras en los campamentos fueron Rosa, conocida
como “La Bayamesa,” Concha de la Peña y sus hijas,
Adela Azcuy, Isabel Rubio, y la doctora Mercedes
Sirvén (Espinosa citado por Poumier 65-66). Las
mambisas que no se unieron a las líneas del frente
servían de mensajeras entre las zonas rurales y las
ciudades. Las que simpatizaban con la causa de la
independencia proclamaban su lealtad a grandes voces
y en público. Las mambisas se vestían de azul o se
ponían un lazo azul en el pelo como manera de
afirmar su lealtad. El uso del pelo suelto en vez
del moño recogido a la usanza española se hizo
simbólico de tal manera que las autoridades
españolas llegaron a censurar su uso (Figueras
citado en Poumier 124-125). Un español que vivía en
Cuba afirmó dramáticamente: “Las cubanas son las que
han hecho la insurrección de Cuba. Ellas, si no
fueron las primeras en sentir los impulsos de la
dignidad ultrajada, fueron las primeras en
manifestarlos” (Pirala 355). Las crónicas de la
Guerra aluden con frecuencia a las medidas extremas
que adoptaron los miembros del Ejercito Libertador
para sobrevivir. La miseria, el hambre, las
enfermedades y la falta de ropa conducían a los
atracos en busca de provisiones de haciendas rurales
y campamentos españoles.
El sacrificio de las cubanas en los campamentos de
guerra es el sub-texto de la producción lírica de
varias poetas mambisas. Manuela Cancino (1851-1900),
junto con sus hermanas Mercedes y Micaela, pasa la
totalidad de la Guerra de los Diez Años (1868-78) en
la manigua, así como también parte de la Guerra de
Independencia de 1895. Ni la muerte de su padre,
esposo y varios de sus hijos la aleja de la lucha
armada (Cartaya Cotta). Después de haber sido
denunciada por su actividad e ideología
independentista, Cancino es detenida en la cárcel de
Santiago de Cuba. El encarcelamiento de Cancino
llama la atención de un periodista norteamericano,
quien la menciona en un artículo que aparece en el
New York Times el 5 de enero de 1896.
Las autoridades coloniales la trasladan del morro de
Santiago a la Casa de las Recogidas de La Habana y
finalmente a otra prisión en la Isla de Pinos.
Cuando termina la guerra Manuela Cancino vive en la
pobreza con Maria, de sus varios hijos la única que
sobrevive los padecimientos y violencia de las
guerras. Cancino muere en 1900, probablemente de
enfermedades que contrajo en las prisiones y de las
que nunca se repuso (Cartaya Cotta; Rodríguez
Lavielle). La poesía patriótica de Cancino alterna
con otra que refleja las necesidades diarias, las
condiciones de la vida en los campos de batalla, así
como su profunda fe en la causa de la guerra. En un
poema titulado “Sin hogar,” probablemente escrito
durante la década de los 1890, Cancino se dirige a
su hija María. Hacia el final del poema la voz
poética pronuncia la esperanza de poder salir de la
guerra con la asistencia de la comunidad cubana
revolucionaria (parte de la cual operaba desde el
exilio). El poema expresa armonía en la imagen
personal de hija y madre unidas por el infortunio
tanto como por el fuerte deseo de sobrevivir los
horrores de la Guerra. En su expresión de confianza
en la nobleza de espíritu y sentimientos de
solidaridad, el poema de Cancino refleja los valores
del movimiento de independencia en la isla, es
decir, el compromiso insistente en acabar no
solamente con la dependencia colonial sino también
de llevar a cabo una revolución que transformara la
sociedad cubana. El sacrificio personal en la poesía
de Cancino se expresa como deber. Es notable el tono
categórico con que concluye el poema: “Y enjugo el
llanto que mi rostro baña/ Y de nuevo, mi bien,
quiero luchar/ desafiando intrépida y resuelta/
La negra adversidad” (González Curquejo, v.2, 266;
mi énfasis).
Las mambisas se escribían entre sí. Poemas dedicados
a la madre, hermana o amiga con frecuencia daban
nombre al poema y el nombre de la mujer alabada
figuraba con prominencia en el texto lírico.
Varios versos de Cancino están dedicados a otras
mujeres cubanas. En un poema que únicamente lleva
por titulo “A la señorita Carmen Portuondo y Ramos,”
Cancino agradece la amistad solidaria de su amiga,
quien comparte con la poeta sus horas de dolor: “Tú,
a quien conmueven mis penas,/Y que tus horas
serenas/ vienes conmigo a turbar” (270). De similar
manera, Cancino exalta los valores nacionalistas de
la mujer cubana en su poema “A Marta Abreu de
Estévez.” Cancino destaca la caridad, virtud y
talento de Abreu, llamándola una “hija de Cuba” cuyo
nombre “Guardará avara la cubana historia” (272). Al
destacar la devoción nacionalista de Abreu, Cancino
imagina y recoge la admiración y agradecimiento de
la comunidad revolucionaria. El entusiasmo de la
poeta por su compañera de lucha se expresa en
términos del agradecimiento colectivo de los
cubanos:
¡Ilustre Marta! Tú puedes conmovida
Ornar tu augusta y generosa frente
Con la corona rica y esplendente
Que te ofrece la patria agradecida!
(273; mi énfasis)
Recoge el valor de las mujeres cubanas que
participaban en la insurrección el tono de desafío
de la poesía mambisa. El ejército español vigilaba a
las cubanas de familias revolucionarias; muchas de
ellas experimentaron el ridículo, la denigración, la
violencia o peor. En una carta al Capitán General
Caballero de Rodas, Emilia Casanovas de Villaverde
defiende su osadía al explicar que “hace tiempo me
emancipé de la tutela colonial [y] creo ejercer el
derecho de toda persona libre” (Citado en González
Curquejo, vol.1, p 222). Casanovas, desde su exilio
en Nueva York, emprende el ataque de la prensa
oficial cubana que ultraja “el pudor de la mujer con
las chocarrerías groseras y las alusiones
indecentes” (223). Casanovas le reclama en su carta
al Capitán General tales agravios, agregando: “yo
seguiré mi camino, despreciaré la bajeza de alma de
mis enemigos, lamentaré la suerte de mis paisanas,
aun condenadas a sufrirla y haré cuanto este en mi
mano por ayudar a destruir un gobierno que es la
maldición de mi patria y la maldición del mundo
civilizado” (225). La defensa de Emilia Casanovas de
sus compatriotas revela hasta que punto se había
desplegado una comunidad revolucionaria de mujeres
cubanas dentro de la isla tanto como en el exilio.
En la isla, las mambisas eran detenidas, acusadas de
complicidad y encarceladas por actividades
subrepticias de ayuda a los insurgentes. Las que
guardaron prisión generalmente hicieron su condena
en la Casa de las Recogidas de la Habana. Humilladas
y separadas de la familia, tenían que servir su
sentencia bajo una atmósfera de peligro,
enfermedades y corrupción. Mambisas de conocidas
familias revolucionarias como Concepción Agramonte y
Evangelina Cossío Cisneros, estuvieron detenidas en
la Casa de Recogidas. En el caso de Cossío Cisneros,
su arresto causó sensación en los periódicos
extranjeros; tal notoriedad sin duda resultó en su
pronta liberación y exilio en EEUU (Prados-Torreira;
Mora Morales). Magdalena Peñarredonda, acusada de
traición en 1896, pasó dos últimos años de la Guerra
de Independencia en la Casa de las Recogidas.
Durante su estancia, Peñarredonda organizó protestas
de denuncia contra el maltrato inhumano y las
pésimas condiciones de la Casa y llegó a convertirse
en líder de las prisioneras, tanto de las criminales
como las políticas (Stoner 30). A la poeta Cecilia
Porras Pita se le detuvo por haber ocultado a
insurgentes en la casa de su cuñado. Porras Pita fue
sentenciada a seis años de prisión, sentencia que
cumplió acompañada de su hija pequeña (García de
Coronado). En un poema escrito en la prisión y
dirigido a su esposo, Porras Pita expresa su
orgullo y dignidad, califica su activismo como labor
de honor y habla de su cautiverio en términos de una
sentencia que sobrelleva con serenidad y pureza de
espíritu:
Levanta alegre tu cabeza altiva;
Disipa en tus natales el nublado,
Pues si en este lugar estoy cautiva,
¡vine en el carro del honor sagrado!
Recuerda, sí, que en la prisión mi frente,
Serena se levanta, sin mancilla,
Y que de nuestra fe la llama ardiente,
Intacta y pura
como siempre brilla.
(García de Coronado 61-62; mi énfasis)
Al justificar las actividades que la llevaron a
sufrir cárcel, Porras Pita insiste en la naturaleza
colectiva de la resistencia y defiende su propia
conducta. El poema denota las actividades de la
insurrección como deber sagrado y de esta manera
enmarca la lucha armada dentro de un léxico
espiritual. La lucha armada, más que su obligación
como cubana, es un deber sacrosanto o un llamado
espiritual que comparte con otros cubanos dedicados
a la causa. Al denunciar la crueldad de sus
acusadores, la escritura de Porras Pita se torna en
un acto de rebeldía que podríamos leer como algo más
definitivo que la mera resistencia a las estructuras
opresivas de la colonia. Desde el espacio de las
rejas de su celda, Porras Pita afirma y extiende su
actividad revolucionaria, ahora imaginada como
actividad de liberación personal:
¿Qué importa que no tenga yo este día
Rosas, claveles, lirios ni azucenas,
Y que entre rejas, nublos y cadenas,
Hoy aparezca la alborada mía?
(García de Coronado 64; mi énfasis)
En este y otros poemas, las mambisas imaginan, en la
nación soberana, su propia emancipación.
Desafortunadamente, la devoción de las mambisas a
forjar la nación no halló justicia en el periodo
inmediatamente posterior al final de la Guerra. Las
cubanas “estuvieron nuevamente ausentes [de los
derechos constitucionales] y sus derechos negados.
El espacio público había sido controlado por el
poder patriarcal y la mujer cubana limitada a los
papeles clásicamente femeninos, con poca
remuneración o trabajos de mínima entrada” (Díaz
Vallina 3). Después de tres décadas de guerra contra
España las mujeres cubanas vivieron en una nación
transformada extraordinariamente por la insurrección
--pero que todavía fue por muchas décadas más y ya
en pleno siglo veinte, una sociedad incapaz de
desatar las restricciones sociales que se le
imponían a la mujer.
El investigador pos-colonialista hindú Partha
Chatterjee ha señalado la ambivalencia implícita en
el concepto de nacionalismo. Según su postulado, el
nacionalismo insiste en representarse según la
imagen de la Ilustración pero falla en su intento
porque “para poder ejercer su soberanía como ideal
universal necesita del Otro” (Chatterjee citado por
Bhabha 132; mi traducción).
La crítica pos-colonialista cuestiona “la metáfora
progresiva de la cohesión social moderna” que
insiste en ver en la cultura y la comunidad una
unidad cohesiva; queda claro que la percepción
universalista de la comunidad –“los muchos como
uno” se extiende a otras teorías orgánicas y a
teóricos que tratan “el género, la clase, o la raza
como totalidades sociales radicalmente ‘expresivas’”
(Bhabha 133; mi traducción). En el caso concreto de
las mambisas cubanas, su estatus como criollas
blancas las distanciaba de la realidad que vivía la
mujer cubana de descendencia africana, a pesar de
que las mambisas que habían seguido a los hombres de
la familia a los campos de batalla sufrían las
mismas miserias que las compañeras afro-cubanas.
Pero en sus obras, las mambisas cubanas escriben
desde su perspectiva y su propia experiencia. Si
hablamos de su poética como expresión de la
situación de la mujer cubana durante las guerras de
independencia, lo hacemos concientes de que tal
expresión significa una experiencia parcial y
limitada. Pero en sus obras, las poetas mambisas
expresan la angustia de la guerra, la miseria del
combate y se reconocen unas a otras como hermanas
heroicas. Es cierto que esta poética no alcanzó a
aportar una voz colectiva. Tampoco llegó a ser una
voz inclusiva que pudo imaginar una comunidad de
mujeres cubanas de múltiples clases y razas. Sin
embargo y a pesar de estas limitaciones, la
escritura de las mambisas dio testimonio de la
capacidad de las mujeres cubanas (todas) para
participar activamente por la causa revolucionaria.
Y en este sentido las mambisas llegaron a
inscribirse en la nación imaginada. Por medio de sus
cartas y poemas constituyeron una comunidad de
mujeres dedicadas al activismo político –y no ya
solamente en nombre de la nación sino en
reconocimiento de la capacidad de ellas mismas para
exigir que el cambio social acompañara al cambio
político.
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Catharina Vallejo ha estudiado las prácticas
paratextuales (dedicaciones de poemas,
intertextualidad) de las poetas cubanas
hacia las postrimerías de la colonia. A
pesar de las restricciones que pesaban sobre
ellas, las mujeres cubanas escribían,
publicaban y se reconocían las unas a las
otras como poetas. Vallejo concluye que las
distintas tácticas empleadas por las poetas
cubanas tenían como propósito inscribir la
autoría de la mujer, alejándose así de su
prescrita condición como objeto de
inspiración: “By establishing mutual
recognition, influence, and support for a
new, historicized status for women poets ina
modernizing era, they [las poetas cubanas]
validated themselves and each other as
poetas in their own historical context”
(81).
Algunas cubanas de las clases privilegiadas
“ignoraron las normas prescritas de conducta
y se convirtieron en intelectuales
reconocidas antes del fin de siglo. Las
autoras mayores, sin embargo pasaron una
gran parte de su tiempo en Europa,” como fue
el caso de Mercedes Santa Cruz de Montalvo
(Condesa de Merlín) y Gertrudis Gómez de
Avellaneda (Stoner 15). También podríamos
añadir a otra poeta cubana menos conocidas
que las anteriores, Aurelia González del
Castillo, entre este grupo de escritoras
exiliadas. Periodistas y poetas (dentro de
la isla y en el exilio) promovieron la
soberanía de la emergente nación.
Pirala cita la descripción del Sr.
Collazo de las condiciones de los mambises
en la región oriental durante la Guerra:
El artículo en el New cork Times contiene la
siguiente nota: “Another woman is in chains
in the castle at Santiago de Cuba.
She is Señora Manuela Cancino, whose husband
was killed in the last war. She has taught a
girls’ school in Canafechuela [Campechuela]
for many years. Recently she made a flag for
the rebels, and her scholars made badges.
She sent medicines to the wounded rebels.
She claims to be an agent of the Red Cross
Society, but the Government insists that no
society has the right to aid Cubans.
(“Tactics of the Cubans”).
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