Roberto
Castelán Rueda
Introducción
Como historiador más que pensar en
el lugar que ocupa la mujer en un
determinado tipo de sociedad, mi
pregunta es: ¿Cómo se ha construido
la imagen que se tiene sobre la
mujer en un determinado tipo de
sociedad?, ¿Quiénes se han
interesado y contribuido a construir
esta imagen?
No se trata de negar la realidad, es
decir el lugar que la mujer ocupa
dentro de los valores sociales,
culturales y económicos que una
sociedad ha construido, sino de
reflexionar acerca de dónde viene
ese acuerdo, esa convención, que
permite asignarle el lugar que “le
corresponde”, en este caso a la
mujer en una sociedad que se
encuentra, probablemente sin
saberlo, inmersa en una
transformación de sus prácticas
culturales, sociales y políticas.
Es decir, la imagen que una sociedad
convencionalmente acepta,
corresponde a una construcción
mental, que tiene que ver con la
psicología colectiva y al
historiador le interesa saber a
partir de cuándo y cómo se construyó
esa imagen, pero sobre todo, saber
cuáles son los elementos que le han
permitido resistir, imponerse a
través del tiempo, sobrevivir a la
historia de larga duración. En ese
caso estamos hablando de la
construcción de imágenes en un
proceso de civilización, es decir,
que perduran, imágenes que se
convierten en parte inherente de una
civilización.
Ahora bien, uso el término imagen y
no el de concepto, o el de
abstracción, porque si bien es
cierto que necesariamente toda
imagen pasa por una elaboración
conceptual, es la imagen la que se
transmite, aun si el concepto llega
a perderse.
¿En qué momento, bajo qué
condiciones surge o se construye una
imagen que perdura en la historia de
la larga duración, aquella que
ofrece una resistencia contra todo
movimiento? ¿Cómo se van aceptando,
“socializando”, haciéndose comunes
los elementos que conforman esa
imagen?
Qué es lo que socialmente nos es
común, por qué lo aceptamos, por qué
pensamos de manera teleológica y
hasta nos resignamos, haciendo
énfasis en la fuerte connotación
religiosa del término, aceptando una
realidad de la cual ignoramos todo.
Ahí es donde disciplinas como las
representaciones sociales pueden
establecer una relación de doble
sentido con la historia de las
mentalidades o la historia cultural.
Para ubicar la forma en que está
pensado el texto que aquí presento,
quiero hacer hincapié en dos
conceptos que pueden ser
complementarios: uno es la historia
de la mujer, y el otro es la
historia de la construcción de la
imagen de la mujer, no la imagen
estrictamente iconográfica o
literaria, sino aquella que se ha
construido como un instrumento de
“clasificación” aceptado por todos
para asignar a la mujer su lugar en
la sociedad.
Hay algo que siempre llama la
atención de los documentos que
tratan el tema de la mujer en las
diferentes épocas, aparte de ser
escritos por hombres, religiosos,
jueces o moralistas, proyectan una
imagen de la mujer que es muy
difícil saber cómo se generó, de
dónde viene, por qué se queda en lo
que podemos llamar el imaginario
colectivo.
Para hacer receptivo el discurso, a
la mujer se le describe de acuerdo a
una imagen dominante o aceptada o
con fuertes posibilidades de ser
aceptada por la época; por mas
disparatados que ahora nos parezcan
el tono y las preocupaciones
plasmadas en estos documentos, las
imágenes que transmitían eran
verosímiles para la época que las
producía.
Escritos por hombres que suponemos
con amplios conocimientos de su
tiempo, estos discursos no solo
penetraban en la mentalidad
colectiva de la época en que se
generaban sino que se convertían en
elementos a partir de los cuales se
construía una realidad respecto al
trato y al lugar social y cultural
que se le iba a asignar a las
mujeres.
La expresión comúnmente usada de
“tiempos inmemoriales” toma sentido
cuando hablamos de la imagen de la
mujer en nuestra civilización. El
tiempo se pierde, se borra de la
memoria, pero la imagen, la idea que
sobre la mujer se tuvo en alguna
época, se continúa transmitiendo por
diversos medios y en muchas
ocasiones es aceptada como si fuera
una imagen creada recientemente,
contemporánea.
En la realidad del estudio que
presento, como en prácticamente toda
la historia intelectual que hace
referencia al tema de la mujer, lo
que evidencia es que a quienes las
autoridades y los escritores
católicos combatían era a la mujer,
única capaz de combinar el sexo con
el placer y de convertir el sagrado
vínculo del matrimonio en un espacio
en donde puede anidar el pecado.
Las instituciones encargadas de
administrar la justicia así lo
entendieron e incorporaron
legislaciones católicas a los
espacios judiciales civiles, de tal
suerte que, aunque los tribunales
eclesiásticos fueron perdiendo
fuerza a partir del siglo XVI o XVII,
los pecados seguían constituyendo
crímenes y los castigos se
convertían en una forma de
penitencia religiosa.
La mujer puede representar todo, lo
bueno y lo malo, pero siempre desde
una visión masculina, la cual actúa
con mucha reserva al ponderar las
virtudes femeninas.
La mujer siempre tendrá que ser
vigilada, orientada, educada hacia
lo que de ella se quiere porque se
le teme, y su figura va a ir
acompañada por cierto sentido de
fatalidad, como algo bello,
necesario, noble, pero que
inevitablemente entraña algún
peligro al cual se busca la manera
de evadir, siempre sometiendo.
Carta sobre el Cortejo
El documento que se estudia es una
carta titulada “Del Cortejo”
aparecida el jueves 3 de octubre de
1805 y continuada el viernes 4, el
sábado 5 y el domingo 6 en “El
Diario de México”, primer diario
aparecido en el virreinato de la
Nueva España en el mes de agosto de
1805 y considerado como un heraldo
de la modernidad política en el
México de la primera mitad del siglo
XIX( ).
El título completo del documento es:
“Del Cortejo, Carta de Miss
Harrington a Miss Norwich, la
primera residente en Bristol, y la
segunda en Londres”
Este es un escrito en forma de una
larga carta enviada por una
hipotética Miss Harrington a una
hipotética Miss Norwich, en donde le
comenta las principales advertencias
que el abate Mr. Ramsay le hace
acerca del comportamiento “amoroso”
de los hombres hacia las mujeres.
La importancia de esta carta reside
en que son varios los elementos que
contiene a través de los cuales se
puede vislumbrar las vicisitudes y
las certezas de una época que se
encuentra inmersa, sin que sus
habitantes se den cuenta, en el
umbral de un fuerte cambio político
y cultural.
Es evidente que no siempre un cambio
político encierra un cambio cultural
en las mentalidades de las mujeres y
los hombres que lo viven. Sería muy
difícil establecer los niveles de
desfase entre uno y otro así como la
fuerza o la influencia de uno sobre
otro. Sin embargo, la carta en
cuestión nos brinda algunas
evidencias que nos permiten suponer
que en la época a la que nos
referimos, ambos elementos, lo
político y lo cultural llevan una
dinámica más o menos parecida.
No se trata de buscar en un
documento estos paralelismos; lo que
el documento nos proporciona, es un
lenguaje común a ambos que presenta
una coherencia interna a través de
la cual puede suponerse la
existencia de una dinámica común,
cosa que no siempre sucede.
Los cambios culturales y de
mentalidades suelen ser mas lentos
que los cambios políticos, pero en
este caso, al menos en el lenguaje y
en el estilo se muestran
coincidentes.
Se puede decir que el llamado a la
desconfianza, la advertencia a
mantenerse alertas frente a las
proposiciones halagadoras hechas
bajo fórmulas que huelen a engaño,
son el eje que integra a la carta
Del Cortejo. Esta carta dirigida a
las mujeres , se puede leer también,
sin abandonar su objetivo primario o
verdadero, que es la advertencia
contra el engaño amoroso, como un
símil acerca de la situación
política que está viviendo el
virreinato de la Nueva España.
La Nueva España, al igual que las
mujeres, están siendo asediadas por
hábiles pretendientes que solo
buscan “combatir la plaza” con sus
“estudiadas pasiones”.
El símil se puede continuar en la
lectura de la carta, sin embargo, es
difícil, aunque no descabellado,
pensar que los habitantes de la
Nueva España en la primera mitad del
siglo XIX, lectores del
recientemente fundado Diario de
México, hicieran una lectura de la
carta como se está proponiendo.
Pensemos que la lectura que se hacía
Del Cortejo por los lectores
novohispanos, correspondía a la
pretensión manifiesta de los
editores del Diario de México en el
sentido de advertir a las mujeres
acerca de los peligros que entraña
una vida dedicada al cultivo de “las
gracias de su sexo”.
Como en todos los artículos
dirigidos a las mujeres en las
páginas del Diario de México, la
pregunta que se mantiene latente es
si las prácticas amorosas, las
formas que adquiere la relación de
pareja están cambiando en la capital
de la Nueva España, al igual que
ciertas prácticas políticas.
La evidencia del cambio en ciertas
prácticas políticas de los
novohispanos se pondrá de manifiesto
en los acontecimientos militares y
políticos que conducirán con la
declaración de independencia en
1821. Constatar en dónde comienzan y
cuál fue el desenlace de los cambios
en las prácticas amorosas, lleva un
poco mas de tiempo y las evidencias
no se encuentran en tratados, actas
o acuerdos.
La carta es escrita por Miss
Harrington, residente en Bristol, y
dirigida a Miss Norwich, residente
en Londres. En el primer párrafo,
Miss Harringrton, quien ha vivido en
Londres, marca una diferencia entre
la vida en provincia y la vida de la
corte, diferencia poco favorable
para los habitantes de provincia,
quienes pretenden imitar a la corte
como los micos imitan a los
hombres.
No deja de llamar la atención esta
inmediata referencia a la provincia
en relación con la corte. En la
época, tanto en Europa como en la
Nueva España, eran comunes los
escritos que ponderaban las virtudes
de la provincia sobre la corrupción
e inmoralidad de las capitales que
albergaban a las cortes y las
advertencias a los habitantes a no
caer en los vicios tan comunes de la
vida cortesana.
Del mismo modo, se hicieron comunes
entre los intelectuales
novohispanos, los debates sobre la
inmoralidad de la corte de Madrid
frente a la sencillez natural de las
costumbres de la Nueva España. Este
debate se agudizó con la invasión a
España por Napoleón y se hizo
frecuente la imagen de la provincia
novohispana, como el refugio de la
moralidad y de la religión
cristiana, asediada por la amenaza
de la irreligiosidad de la
metrópoli.
Después de este primer párrafo, la
carta va directo a su objetivo que
es el advertir a las mujeres sobre
los engaños del amor, los cuales
suelen ser propiciados por los
mismos hechizos y encantos de las
mujeres.
La advertencia es hecha a través del
Abate Mr. Ramsay, es decir de una
autoridad religiosa, la cual
convierte a una comunicación
epistolar común entre dos mujeres
que intercambian opiniones sobre el
amor, en una lección de moral sobre
las relaciones de pareja, el amor y
el matrimonio.
Las relaciones de pareja son
presentadas como una lucha entre el
poder de la seducción y el engaño.
El seductor es seducido, quien
engaña cae en su propia trampa, el
vencedor y el vencido se
intercambian en un juego de
perversión y poder en donde la única
posibilidad de salvación es el
refugio que ofrece la iglesia a
través de la moral y los valores
cristianos.
Sin embargo, persiste la duda frente
al por qué del temor de los hombres
de iglesia, o de los hombres simple
y llanamente, respecto a la idea de
amor y de pareja que quiere
transmitir. También existe la duda
sobre los peligros que entraña para
el orden moral novohispano los
supuestos cambios de conducta
amorosa de las mujeres, o si la
reiterada advertencia acerca de los
peligros del amor es otra estrategia
de la iglesia o de algunos círculos
intelectuales de la sociedad
novohispana para atemorizar a los
fieles sobre el peligro que entraña
el cambio de costumbres.
En la conducta amorosa que lleva al
desenfreno, se combinan tanto la
voracidad de los hombres, como la
pretensión y coquetería de las
mujeres:
“las jóvenes de una edad, y de una
hermosura, aunque sea regular, son
el cebo de muchos libertinos, y
ociosos, que corren a ellas, como
las aves de rapiña a el lugar donde
ven alguna presa proporcionada para
ejercer la destreza de sus uñas.
Muchos por una vana complacencia,
otros por inclinación, y otros por
mil diversos motivos, siempre bajos,
y reprehensibles, se dedican con el
mayor empeño a esta perversa
ocupación tan perjudicial para el
bello sexo. Aquellas que encantadas
de sus mismos hechizos, creen, que
estos no les pueden ser útiles, sino
cuando hayan empeñado a muchos
admiradores; buscan en quien obre su
veneno, y no se dan por contentas,
sino cuando se han persuadido a que
sus encantos son irresistibles por
muchos triunfos, que cuentan
conseguidos, de los que las han
protestado las efusiones mas
ardientes de amor, y de ternura para
con ellas”.
Resultan muy interesantes las
alegorías con las que se pretende
ilustrar esa lucha descarnada entre
intereses completamente polarizados
en los cuales no existe la
posibilidad de conciliación: quienes
reciben las “efusiones mas ardientes
de amor”, solo “buscan en quien obre
su veneno”, como una forma de
igualdad frente a aquellas “aves de
rapiña” que ven en ellas un cebo o
una presa en quien “ejercer la
destreza de sus uñas”.
La lucha por el poder entre los
sexos es una lucha entre animales
irracionales, sedientos de ardor y
empeñados en saciar sus instintos
sin importar ninguna regla ética y
en donde todos los ardides son
válidos.
La mujer aparece primero como una
víctima, como una presa indefensa
frente a los engaños del varón, sin
embargo:
“ ¡con qué conato refinan las
gracias de su sexo, con que empeño
las presentan a la vista! Sus
adornos muchas veces postizos, sus
movimientos estudiados, algunas
horas de espejo, y otras semejantes
fruslerías, las hacen contraer un
carácter de frivolidad, que
regularmente se interpreta por un
prurito irresistible de ser
cortejadas, y de sorprender a los
hombres con el anzuelo del deleite y
de la liviandad que ellas
despiertan”.
Para cortejar y ser cortejada, la
mujer finge y sin saberlo se engaña
ella misma al creer que con su falso
comportamiento, es capaz de lograr
el amor verdadero:
“Y realmente hay muy pocas, que
tarde o temprano no paguen (aun sin
advertirlo ellas) a costa de su
honor, y de su reputación, el
pequeño trabajo (si así se puede
llamar) de cortejarlas, y
aplaudirlas. Creen las mas que los
hombres, al quitarse de su
presencia, no dejan también la
máscara de rendidos y apasionados
con que se les presentan. Creen que
aun cuando las tratan con alguna
afición conservan la misma un paso
mas allá de ellas, pero se engañan,
pues no han visto la jacara, y el
desprecio, con que en los corrillos
se critica la facilidad, el aprecio,
la candidez con que juzgan ellas y
cuentan en el número de sus
apasionados a algunos que de tales
no tienen sino el nombre”.
Lo que realmente está en juego para
la mujer, que se desgasta en
estrategias de cortejo y que se
considera satisfecha al mantener a
su alrededor, arrodillados y
suplicantes a varios pretendientes,
es el matrimonio con un hombre
sensato que la valore como esposa.
El hombre sabe, que no va a “hallar
entre las damas de esta clase una
esposa como cada uno la desea para
sí”, para ello, el hombre recurre a
“un retiro inviolable, una madre a
quien tal vez se calificó de
ridícula e incivil, una clausura
impenetrable a la planta varonil;
estos son los sagrados a donde se va
a buscar una esposa…”.
Los espacios en donde se realiza la
lid se definen y van dejando en
desventaja a las mujeres: si la
mujer no sale para casarse con un
hombre sensato, de un internado o de
un convento, o si no es entregada
por una madre preocupada y
vigilante, aunque calificada de
ridícula e incivil por sus
contemporáneos por mantener
costumbres conservadoras respecto a
sus hijos, a la mujer solo le queda
el casarse tarde o muy mal.
El templo, el convento, el internado
o un hogar muy tradicional, se
convierten en los espacios
privilegiados en donde el hombre
sensato va a buscar a la esposa con
quien pasar una vida cómoda y
tranquila, menospreciando a aquellas
habitantes de los espacios efímeros,
convertidas en semidiosas que a la
larga “se opacan y se afean por los
mismos medios que intentan
brillar”.
Es evidente que la advertencia se
centra en las mujeres coquetas, en
las que seducen como Venus “que
huelen a incienso que han recibido”,
ya que las advertencias hacia el
hombre pasan a un segundo plano, es
decir, él no resulta afectado cuando
la batalla termina.
Quien tendrá problemas para casarse,
es decir para llegar al lugar
anhelado en la vida, por alguna
circunstancia solo es la mujer, ya
que el hombre no se va a enfrentar,
con tanta crudeza, al desengaño
amoroso.
El documento se convierte en una
advertencia en contra del amor y de
todo lo que este significa, ya que,
a pesar de que “Es verdad que el
amor es el agente, que con más
frecuencia forma los matrimonios…”
éste no puede ser la base del mismo,
ya que al agotarse, también se acaba
el matrimonio:
“Estas damas no calculan bien cual
es el medio mas propio de obligar a
un amante suyo a que se case presto;
si el de un aprecio serio y
recatado, el de una preferencia
llana y circunspecta, el de una
afabilidad medida y señoril, o el de
una ternura, unas expresiones, unas
licencias, unos extremos, que no
dejan que desear a el que los
recibe”
La naturaleza de la mujer las lleva
a abandonarse a las lisonjas y ser
fáciles víctimas de los ardides y el
atrevimiento de sus corruptores. La
audacia del hombre vulnera los
respetos de una doncella indefensa
quien es presa fácil de las
seducciones de los libertinos,
quienes están convencidos de que
“subyugada la primera vez una mujer,
ya lo está para cuantas ocasiones se
presentan”.
Esta debilidad de la mujer, esta
facilidad para caer ante las
argucias de los libertinos tiene su
origen en la educación que reciben,
la cual pocas veces incluye los
conocimientos y los valores morales
necesarios para evitar ser “víctimas
de las criminales inclinaciones del
otro sexo”.
La debilidad es resultado de su
inferioridad, del poco uso del
raciocinio para acercarse al
conocimiento y de su propia
naturaleza mas propensa a los
sentimientos que a la razón:
“Su fibra débil y su blanda
organización, las hace susceptibles
de estas sensaciones suaves que
excitan la pasión amorosa. Su
entendimiento estrechado a discurrir
dentro de un pequeño círculo de
ideas, no se acostumbra a
desplegarse, para analizar las
acciones, y para compararlas con sus
principios y sus fines. Gobernadas
regularmente por sentimiento y no
por razón, su alma gira a merced de
sus humores y casi nunca hace
esfuerzos para salir de aquella
especie de aniquilación en que se ve
sumergida. La vergüenza, que es uno
de los pocos movimientos que hacen
honor a la sangre en lo moral, es su
mayor escudo”.
Para un tiempo que exigía de
fortaleza y dureza para enfrentar la
vida, la debilidad de la “fibra” y
lo blando de su organización, hacían
de la mujer presa fácil para
aquellos que sabían usar y abusar de
la pasión amorosa.
El amor se veía como una debilidad,
prácticamente como una enfermedad
que volvía débil a quién caía en sus
garras, especialmente a las mujeres.
Débiles, blandas, sensibles,
pasionales, volátiles, sumergidas en
la aniquilación, las mujeres cuentan
con muy pocos recursos que les
permitan salir victoriosas de esa
batalla por la vida. La vergüenza,
entregada siempre a alguien que va a
salvar su honor y quien se va a
convertir en su dueño, es su único y
mayor escudo.
Cuando llega a la pasión amorosa,
incluso la religión tiene muy poco
qué hacer, dado que ésta no se les
enseña de un modo conveniente, y la
llevan de una manera equivocada:
“Las pocas y superficiales ideas,
que acerca de ella adquieren en su
vida, cuando mas algunas prácticas
devotas, alguna sensibilidad para
los misterios mas patéticos, y el
desempeño frío y de costumbre, de
las obligaciones mas comunes, forman
toda su teología cristiana o
instrucción religiosa.”
En el documento destacan tres
elementos en los cuales se perciben
cierta influencia del discurso de la
modernidad en cierne.
El primero exhibe un discurso
dirigido a aquellas mujeres que no
viven una vida religiosa plena, o
que viven alejadas de ciertos
principios fundamentales para la
religión cristiana. Pero contrario a
lo que podría esperarse, a
diferencia de los anatemas que
surgirían de un discurso con un
lenguaje antiguo, quienes redactaron
este documento pensaban ya en la
posibilidad de la existencia de un
espacio medianamente laico, es
decir, permisible, aun para aquellas
que vivían alejadas de los
principios del cristianismo.
A pesar del duro lenguaje con el que
se refieren a estas mujeres débiles,
desviadas o enfermas de pasión
amorosa, éste no es excluyente, ni
fulminante en contra de las
prácticas de dichas mujeres. Por el
contrario, el documento se pretende
pedagógico, moralista aun siendo
escrito fuera de los límites
impuestos por la religión. Es decir,
aunque se recurre a la figura de un
religioso, el documento es
totalmente laico, espacio a partir
del cual se moraliza sin adoptar por
completo un lenguaje teológico.
Este es un elemento muy importante
en la naciente modernidad cultural y
política de la Nueva España, ya que
es un espacio que se abre a partir
de la práctica del periodismo, sin
el aval de la iglesia católica y sin
la oficialización, a pesar de la
censura, del estado español.
El periodismo se convertía también
en moralizador y pasaba a ocupar un
espacio que por alguna razón se
hacía cada vez mas necesario e
importante en la sociedad
novohispana. Sería importante
dilucidar sobre el por qué se fue
conformando este espacio, lo cual
seguramente no se debió a la
generosidad ni de la iglesia ni del
estado.
El segundo elemento importante se
reduce a cinco líneas del documento
las cuales contienen una concepción
sobre el tipo de literatura
imperante en la época y que al estar
fuera de la literatura moralista,
permitía las degeneraciones a las
cuales las mujeres eran propensas:
“Con todo, hay muy pocas que desde
sus primeros años no hayan aprendido
en las comedias y romances, así como
en las novelas y cantares profanos,
cuanto sobra para despertar y nutrir
en su corazón los vicios a que su
sexo propende”.
A pesar de que se hace la
observación de que son pocas las
mujeres que acceden a este tipo de
literatura profana, a éstas no se
les excluye de una posible
moralización de sus costumbres a
través de un moderno medio de
comunicación como es el periodismo.
Cabe recordar aquí que la carta está
escrita a partir del número tres del
primer periódico diario que se editó
en México, precisamente llamado
“Diario de México”, lo cual
demuestra la importancia que el tema
revestía para los editores del
naciente medio.
Al señalar la preocupación de que la
formación sentimental y moral de
muchas mujeres quedara bajo la
influencia de la literatura profana
de la época frente a una ya señalada
falta de instrucción religiosa, el
autor, o los autores del documento,
advertían sobre la necesidad de una
formación mas sólida que aleje a las
mujeres de “los vicios a que su sexo
propende”.
Esta formación dependería
precisamente del tercer elemento que
aparece como definitivo en este
discurso: la necesidad de que las
mujeres sean consideradas como
animales racionales, capaces de
alcanzar el entendimiento y las
virtudes a través de la
instrucción:
“Por otra parte, un error
perjudicial ha hecho creer que las
mujeres no deben instruirse. Error
que sería disculpable solamente en
uno de aquellos moros mas estúpidos,
que piensan que las mujeres no
tienen alma racional, y error que a
mi ver es una de las causas que
impiden, el que ellas conozcan el
uso de sus facultades espirituales,
cuyo conocimiento las haría hallar
agrados y entretenimiento fuera del
amor, y recursos para que les fuese
menos perjudicial esta pasión tan
característica suya”.
La idea compartida entre el autor y
los editores del Diario de México es
que las mujeres, ante la forma
inconveniente en que se les enseña
la religión y frente a los peligros
a que las exponen las novelas y
cantares profanos, deben instruirse,
haciendo caso omiso de quienes
erróneamente piensan que ellas
carecen de alma racional y por lo
tanto de entendimiento. La forma de
instrucción que deben recibir las
mujeres no es muy clara y ésta queda
supeditada al conocimiento del uso
de sus facultades espirituales las
cuales les permitirían buscar otras
formas de entretenimiento y les
dotaría de recursos para luchar
contra la pasión amorosa.
En otras palabras, la pasión amorosa
es una característica fundamental de
las mujeres contra la cual tienen
que luchar, y la instrucción puede
ser un buen aliado.
A partir de los elementos señalados,
resulta inevitable, aunque parezca
forzado, el símil respecto a la
situación política de la Nueva
España:
Asediada por innumerables amantes
que solo buscan saciar sus mas bajos
instintos, la Nueva España se ha
desarrollado a través de una
educación religiosa deficiente, sus
principales villas y ciudades se han
visto inundadas por “novelas y
cantares profanos” y, como
corolario, existen aquellos que
quieren mantenerla en la ignorancia
privándola de la instrucción.
La Nueva España y sus mujeres
necesitaban instruirse para poder
defenderse de las “intrigas
amorosas” y de “la peste del amor”;
es muy difícil pensar que el símil
se usara de manera conciente en la
primera mitad del siglo XIX, pero
ahora su evocación resulta
indispensable. La instrucción, a
diferencia de los “quehaceres
domésticos” no se presenta como una
forma para mantener ocupada a la
mujer sino como un elemento de
reflexión sobre su naturaleza, capaz
de despertarle el “entendimiento” y
la capacidad de discernir:
“Es verdad que los quehaceres
domésticos ocupan a algunas pero
como estos no piden mucha atención
del entendimiento, muy bien pueden
estar trabajando, por ejemplo en su
costura y meditando profundamente en
sus intrigas amorosas, o en los
objetos que mas las seducen. En este
caso, sus mismas ocupaciones las
ponen en una aptitud mas propia para
apurar todo el veneno que las han
dejado en la imaginación aquellas
insinuaciones, aquellos discursos y
aquellos movimientos en que pintada
la pasión mas viva no se les
presentan a la memoria sin contagiar
su alma de la peste del amor”.
Por inclinación natural, la mujer
solo piensa en las pasiones amorosas
y su cerebro (entendimiento) no
cuenta con las herramientas que solo
la instrucción puede darle y que le
sirvan para alejar a “su alma de la
peste del amor”. Al dotarla de
discernimiento, la instrucción le
sirve a la mujer no solamente para
alejarla de sus actitudes amorosas
que la acercan al quietismo ya
condenado por la iglesia en 1687,
sino que le ayuda a elegir para no
“entregarse en manos de quien bajo
las hermosas apariencias de amante
es un tirano, y que si hoy se
humilla, es para ser mañana mas
soberbio, y que si ahora ruega, es
para mandar luego despóticamente”.
El lenguaje de la época propone otra
vez el símil que conduce a un
paralelismo entre el espacio de lo
político y el espacio de la cultura
en la primera mitad del siglo XIX.
El temor de los ilustrados
novohispanos a ser seducidos por
alguna potencia extranjera que los
arrancara de la tutela de la “madre
patria”, los lleva a advertir sobre
aquellas ideas que, como el amante,
se presentan bajo “hermosas
apariencias” para convertirse
después en un tirano dispuesto a
gobernar despóticamente.
Queda por investigar si la
importancia que tenía el tema de las
prácticas culturales de la mujer en
la primera mitad del siglo XIX era
un asunto que preocupaba y compartía
toda la sociedad novohispana o era
un tema de reflexión de algunas
elites influenciadas por las
lecturas hechas de diarios
franceses, ingleses o españoles en
los cuales se comenzaba a sentir el
influjo de las ideas de la
modernidad, las cuales, sin duda, se
preocupaban por el papel que en la
futura sociedad iba a ocupar la
mujer.
Este artículo fue publicado en:
Mujeres que escriben en América
Latina. Lima, CEMHAL, 2007.