Sara Beatriz Guardia
CEMHAL - Perú
Introducción
La igualdad de derechos ciudadanos de las mujeres
peruanas se logró el 5 de setiembre de 1955, mediante Ley Nº 12391, durante el gobierno
del general Odría, que no era precisamente un
demócrata. Su gobierno se caracterizó por una total
ausencia de libertades políticas y una sistemática
represión a sus opositores. Su objetivo no fue otro
que reelegirse, para lo
cual necesitaba el voto proveniente de sectores
populares donde su esposa, María Delgado de
Odría, había realizado un intenso trabajo con las
mujeres.
El derecho al sufragio femenino se
empezó a discutir en el Perú desde el debate de la
Constitución de 1931, pero encontró una tenaz
oposición de los sectores políticos conservadores.
Nada extraño si tenemos en cuenta que la
primera Constitución Política de la República
Peruana de 1826, no menciona en ningún artículo a
las mujeres. Simplemente no existen. Las
Constituciones de 1828, 1834 y 1839, son aún mucho
más explícitas al establecer en el Artículo 4°: “Son
ciudadanos peruanos todos los hombres libres nacidos
en el territorio de la República”. El registro
histórico tampoco las tomó en cuenta, salvo a
aquellas que sobresalieron o se negaron a aceptar
las reglas de la sociedad tradicional como
Flora Tristán y Francisca Zubiaga. Flora Tristán
llegó al Perú en 1832, cuatro años después de
aprobada la Constitución que otorgaba derechos
políticos a los hombres alfabetizados excluyendo así
a la gran mayoría de la población de indígenas
analfabetos. En su libro: Peregrinaciones de una
paria, describe la sociedad feudal, colonial y
oligárquica peruana, y con aguda percepción retrata
las condiciones de las mujeres de la elite criolla,
atacando fuertemente al clero, por lo que su libro
fue quemado en la Plaza de Armas de Arequipa.
Mientras que
Francisca Zubiaga de Gamarra, apodada la Mariscala,
suscitó un intenso odio por el liderazgo político
que ejerció durante los tres años de gobierno de su
esposo, el presidente Agustín Gamarra, entre
1829 y 1832. Ambas mujeres se conocieron en el
barco "William
Rousthon", en julio de 1834, cuando Flora Tristán
venía de Arequipa desilusionada por no haber
obtenido la herencia paterna largo tiempo esperada,
y Francisca Zubiaga estaba incomunicada en ese barco
que la conduciría al exilio. "Todo en ella, dice
Flora, anuncia una mujer excepcional. Posee un don
de persuasión que se soporta y no se discute".
Atacada y criticada con severidad, La Mariscala fue
perseguida mucho más que su esposo, quien incluso
volvió a ser presidente poco después de que ella
muriera deportada en Chile.
Posteriormente, en la década de 1870, surgió una
singular presencia femenina en la literatura, en
revistas dirigidas y escritas por mujeres, y en la
apertura de las Veladas Literarias. En el discurso
de la época dominado por los hombres, combatieron al
clero que simbolizaba la defensa del status de las
mujeres, y una educación orientada a su rol de madre
y esposa. Las revistas contenían artículos de
literatura, teatro, arte, belleza y cocina. En 1876,
Juana Manuela Gorriti, inauguró un salón literario
en su casa donde los intelectuales de la época se
reunían para intercambiar opiniones sobre cultura,
política y acontecimientos locales. Este fue uno de
los espacios donde las mujeres fueron construyendo
un lenguaje público, y preparando el terreno para la
conquista de sus derechos políticos.
No fueron pocos los obstáculos que debieron vencer
para transitar por oficios "naturalmente masculinos"
como la literatura y el periodismo, en el que
destacaron:
Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909) y Clorinda
Matto de Turner (1854-1909). Mercedes Cabello
de Carbonera, publicó en 1879, un ensayo titulado:
"Perfeccionamiento de la educación de la mujer",
donde afirmó que "la instrucción y la moralidad de
las mujeres han sido en todo tiempo el termómetro
que ha marcado los progresos y el grado de
civilización de las naciones".
Opositora tenaz del rol que la educación tradicional
le asignaba a la mujer, combatió en todos sus
escritos la pasividad e inacción a la que estaba
condenada: "¡Triste destino el que le deparan a la
mujer nuestras sociedades! ¡Convertirla en un
instrumento, en un objeto indispensable para la
diversión, y la alegría de los demás! ¡Educación
bárbara!
Pero no consideró necesaria la conquista de sus
derechos políticos, puesto que no le asignaba a la
política una consideración ética y anteponía a la
"fuerza bruta del poder de las armas", "la fuerza
moral y las leyes de la justicia y la humanidad".
Sólo entonces, planteaba, la mujer no tendrá "la
vastísima necesidad de conquistar esos derechos".
Clorinda Matto de Turner, colaboró en diarios de la
época como: "El Heraldo", "El Mercurio", "El
Ferrocarril" y "El Eco de los Andes". En 1884,
desempeñó el cargo de jefe de redacción del diario
"La Bolsa", y su primer artículo estuvo orientado a
la "Literatura según el Reglamento de Instrucción
Pública. Para uso del Bello Sexo". Cinco años
después dirigió "El Perú Ilustrado", y abrió su casa
a las Veladas Literarias. Combatió el celibato de
los sacerdotes y se enfrentó a la Iglesia, pues
consideraba que si éstos pudiesen casarse cesarían
los abusos sexuales contra las mujeres indígenas.
Este es el tema central de su novela: Aves sin
nido. Posteriormente, publicó Índole en
1890, y Herencia en 1895. Ambas escritoras
fueron duramente criticadas por una sociedad que no
les perdonó su anticlericalismo y valentía.
Mercedes Cabello de Carbonera murió sola, recluida
en un sanatorio para enfermos mentales, y Clorinda
Matto de Turner, exilada en Argentina. Ambas habían
enviudado muy jóvenes.
Antecedentes históricos:
La lucha por la igualdad
El
reconocimiento de la igualdad de derechos entre
personas de distinto sexo, recién fue posible
durante el siglo XX. Hasta entonces, las mujeres no
pudieron ejercer su derecho al sufragio ni
participar en la política, vista como una actividad
de exclusiva competencia masculina, lo que implicó
que se las marginara como ciudadanas de la toma de
decisiones en asuntos de interés colectivo, y que no
estuvieran figuraran en ningún órgano de
representación política.
La lucha de las mujeres por conquistar sus derechos
políticos ha acompañado la lucha por la democracia,
y los cambios de la sociedad, conceptos y
principios. En el siglo XVIII, el concepto de
ciudadanía
varió de la noción clásica que representó el
principio universal de igualdad, fraternidad y
libertad. También cambio la identificación de
valores y normas a partir de la democracia como
protección a los ciudadanos del abuso del poder y de
la codicia de los gobiernos,
a la par que el sistema político debía crear
gobiernos que defendieran una sociedad de libre
mercado. La resolución de este doble problema
guardaba directa relación en quienes tenían derecho
al voto y en el mecanismo de las elecciones. Un
sufragio que excluía a los pobres, los analfabetos,
las mujeres y las personas dependientes, fue
defendido por el filósofo como el inglés, Jeremy
Bentham (1748-1832),
quien a pesar de que creía que para compensar sus
problemas naturales las mujeres debían tener derecho
incluso a más votos que los hombres, sostuvo que era
imposible sugerirlo por los enfrentamientos y la
confusión que la propuesta causaría en la sociedad.
Mientras que, James Mill (1773-1836), planteó
la necesidad de excluir a personas cuyos intereses
estaban comprendidos en los de otras personas, como
el de las mujeres incluidos en el de sus padres y
maridos.
Incluso, la propuesta de Rousseau de una sociedad de
productores independientes donde la propiedad
privada fuera considerada como un derecho
individual, y tal como señala en El contrato
social, existiera “la igualdad de todos los
ciudadanos en el sentido de que todos deben
disfrutar de los mismos derechos”,
excluyó a las mujeres puesto que como no podían
poseer propiedades productivas no eran miembros de
pleno derecho. Es mas, Rousseau pensaba que era
necesario mantenerlas en situación de dependencia,
porque sus juicios y opiniones estaban mermados por
“pasiones inmoderadas”, por lo que necesitaban de la
protección y guía masculina para enfrentarse al reto
de la política.
Lógica nada extraña en esa época. Según Macpherson,
“un demócrata del siglo XVIII podía concebir una
sociedad de una sola clase y excluir a la mujer;
igual que un antiguo demócrata ateniense podía
concebir una sociedad de una sola clase y excluir a
los esclavos”.
Corresponde a este período un notable ensayo
titulado: Vindicaciones de los derechos de las
mujeres, de Mary Wollstonecraft (1759-1797),
quien se opuso al pensamiento político tradicional
que negaba a la mujer los derechos políticos, y
sostuvo que esta exclusión obedecía a preceptos
humanos e históricos.
Contra la imagen recurrente de la mujer como un ser
débil, superficial y pasivo, Wollstonecraft sostuvo
que era capaz de asumir el reto político y también
el liderazgo, pero que la carencia de educación y el
aislamiento doméstico habían frenado su desarrollo
como ciudadanas de pleno derecho. La Revolución
Francesa (1789), cuyo objetivo central fue la
consecución de la igualdad jurídica y los derechos
políticos de los seres humanos, puso en evidencia la
exclusión de las mujeres. “¿No han violado el
principio de igualdad de derechos al privar con
tanta irreflexión a la mitad del género humano; es
decir, excluyendo a las mujeres del derecho de la
ciudadanía?”,
se preguntaba entonces Condorcet. En respuesta, las
mujeres realizaron asambleas, editaron periódicos y
tomaron las calles para proclamar su derecho a la
educación y a la participación política, encontrando
una tenaz oposición. Después, el código civil
napoleónico se encargó de plasmar legalmente dicha
‘ley natural’.
Nació así el
movimiento feminista y sufragista, "una de las
manifestaciones históricas más significativas de la
lucha emprendida por las mujeres para conseguir sus
derechos",
que congregó a las mujeres sin distinción de clases
sociales, ideologías y credos, pero coincidentes en
reclamar los derechos que les negaban. La mayoría de
estas organizaciones oscilaron entre la tendencia
moderada y radical: Millicent Garret Fawcet
(1847-1929), fundó en Inglaterra la Unión Nacional
de Sociedades de Sufragio Femenino, de tendencia
moderada, que impulsó movilizaciones de persuasión.
Garret Fawcet, sostenía que era posible lograr el
sufragio femenino sin tener que recurrir a “las
cosas estúpidas que los hombres han hecho cuando han
querido alterar las leyes”.
En cambio, Emmeline Pankhurst, al frente de la
radical Unión Social y Política de las Mujeres,
recurrió a acciones de violencia: “Nos tiene sin
cuidado vuestras leyes, caballeros, nosotras
situamos la libertad y la dignidad de la mujer por
encima de toda esas consideraciones, y vamos a
continuar esta guerra como lo hicimos en el pasado”.
Influyó notablemente en el movimiento feminista, el
socialismo utópico
que surgió como respuesta a la difícil situación de
los trabajadores explotados. Fourier (1772-1837),
vinculó la opresión económica a la opresión sexual,
y sostuvo que el status de la mujer permitía medir
el nivel de progreso social de una determinada
sociedad.
En ese período, Flora Tristán propugnó la
reivindicación de las mujeres desde una perspectiva
feminista,
política, y social en su condición de obrera,
con lo cual "se adelantó a Marx".
Según la tesis marxista, que significó un aporte
sustancial, la emancipación de las mujeres sólo era
posible con la transformación de las estructuras
socio-económicas. La liberación femenina pasaba a
formar parte así, de la teoría y práctica de la
lucha por la liberación de la sociedad en su
conjunto. La primera interpretación marxista de la
subordinación de la mujer y que mayor influencia
tuvo, fue El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, de Federico Engels (1844).
Para Engels, el desarrollo de la agricultura y la
propiedad privada ocasionaron la derrota histórica
del sexo femenino.
El debate intelectual y las acciones emprendidas por
las mujeres, permitieron que a finales del siglo XIX
el ámbito público no fuera más propiedad masculina;
también que las reivindicaciones políticas, sociales
y económicas de las mujeres cobraran un mayor
impulso. La primera petición formal en favor del
sufragio femenino fue presentada por John Stuart
Mill en la Cámara de los Comunes en 1866. En su
libro, Sobre la esclavitud de las Mujeres
(1869), comparó el sometimiento de las mujeres en el
ámbito doméstico con una suerte de esclavos legales.
Discurso que afianzó el cambio que produjo la
llamada Segunda Revolución Industrial a partir de
la década de 1870, y que se refleja en el libro de
August Bebel,
La mujer y el socialismo
(1879). Bebel
destaca
tres factores para lograr la emancipación femenina:
Incorporación al trabajo productivo; activa
participación social, política en la dirección y
orientación de la sociedad socialista; y
socialización de las tareas domésticas.
Coincidente con este discurso, Clara Zetkin sostuvo
al inaugurar el Congreso de Constitución de la II
Internacional en París, en 1889, que así “como el
capitalista sojuzga al obrero, así sojuzga el hombre
a la mujer, y ella quedará sojuzgada mientras no sea
económicamente independiente".
Zetkin dirigió en 1890 el periódico "La Igualdad”,
y el 8 de marzo de 1911, convocó al Segundo Congreso
de Mujeres Socialistas en homenaje a las
trabajadoras textiles norteamericanas reprimidas por
la policía el 8 de marzo de 1897, fecha que fue
designada como Día Internacional de las Mujeres.
Tres años después,
estalló la Primera Guerra Mundial, y las mujeres
tuvieron que incorporarse al trabajo en tareas que
hasta ese momento habían sido consideradas
masculinas. Entonces fue posible que sus demandas
fueran más comprendidas y asumidas por la sociedad.
Prueba de ello es que varios países les otorgaron el
derecho al sufragio.
Derechos políticos: una
visión de género en el Perú
En la primera y segunda década del siglo XX, los
primeros núcleos de mujeres que lucharon por sus
derechos surgieron en el movimiento
anarcosindicalista. Aunque ya existían grupos
femeninos impulsados por la corriente mutualista que
desarrollaban actividades educativas y de apoyo a
las familias tales como: la Sociedad Labor Femenina,
Sociedad de Empleados del Comercio Bien del Hogar,
Sociedad Progreso Femenino, Sección Femenina del
Comité Obrero de Lima, y la Sección Femenina del
Centro de Confraternidad y Defensa Obrera. Las
mismas que cobraron mayor importancia bajo la
influencia del anarquismo, al incluir entre sus
objetivos la presencia de las mujeres en la
estructura sindical. La apertura de un espacio de
participación de las mujeres
posibilitó la publicación de "La Crítica", periódico dirigido por
Miguelina Acosta Cárdenas y Dora Mayer, hecho que
influyó en la huelga de los sindicatos
textiles de Vitarte entre 1914 y 1915, en el que
hubo una mayor presencia de las mujeres en tareas de
abastecimiento y sostenimiento de la huelga. Pero es
en setiembre de 1916, en la huelga general de
jornaleros de Huara y Sayán, que las mujeres pasaron
a la acción muriendo en el enfrentamiento con la
policía: Inés Salvador y Manuela Chaflajo,
mártires de la
jornada de las ocho horas.
En 1914, María Jesús
Alvarado, fundó “Evolución Femenina”, la primera
organización feminista orientada a lograr la
igualdad jurídica y el acceso de las mujeres a
cargos públicos. Mediante una persistente y tenaz
lucha lograron que la Cámara de Diputados aprobara
su incorporación al trabajo en las Sociedades de
Beneficencia Pública; pero la conquista de los
derechos políticos no tuvo ninguna repercusión en
una sociedad regida por un Código Civil promulgado
en 1851, influenciado por la tradicional hegemonía
masculina que establecía que las mujeres dependían
de sus maridos, y que estaban impedidas de celebrar
contratos de ley al igual que los menores de edad,
los hijos no declarados y los locos.
No eran tiempos fáciles para el desarrollo de estas
ideas. Las primeras feministas fueron tildadas de
locas, y María Jesús Alvarado vivió once años
deportada en Argentina. Incluso, hombres de la talla
de José Carlos Mariátegui no eran entonces
permeables a las nuevas corrientes femeninas. Varios
artículos firmados con el nombre de Juan Croniqueur,
reflejan la imagen que se tenia de las mujeres, y el
grado de exaltación de los valores burgueses,
tradicionales y feudales de la sociedad limeña.
Para un "espíritu cultivado y sentimental", dice
Mariátegui en 1914, el ideal de mujer está más
acorde con la "sugestiva figura de una "midinette
parisina" que con la de una sufragista "desgreñada,
rabiosa, de aquellas que se lanzan a la conquista
del voto femenino por los medios más inverosímiles y
violentos".
Y se felicita que "aquellas teorías del sufragismo y
del feminismo" sean en Lima "cosas exóticas",
incapaces de entusiasmar a las mujeres. No era
distinta la situación en los demás países de América
Latina. Un feminismo anticlerical y combativo está
representado por la española, Belén de Sárraga,
radicada en Chile, directora de “La presencia
libre”, y autora del libro: “El clericalismo en
América”, quien visitó varios países dictando
conferencias. Signo de una época en la que se
advertía una mayor influencia proveniente del
exterior.
En este contexto, la Revolución Rusa en 1917, abrió
nuevas perspectivas históricas para las mujeres, y
tuvo una notable influencia en el pensamiento
filosófico. La Constitución Soviética de 1918,
estableció la igualdad de todos los ciudadanos
independientemente de su sexo, raza y nacionalidad,
y en el artículo 64, se consignó la igualdad de los
derechos de la mujer y el hombre. Mientras que
ideólogos como Lenin afirmaban el principio que la
emancipación femenina sólo era posible en la
sociedad socialista. En el Perú, el impacto de la
Revolución rusa, el indigenismo como movimiento que
intentó incorporar elementos de la tradición andina
en el arte y la cultura, y la cuestión nacional como
consecuencia de la influencia norteamericana,
impulsaron en la década del veinte, nuevas
corrientes políticas, literarias y artísticas. Mayor
independencia y autonomía política, y una cultura
popular abierta a las nuevas corrientes. Sin
embargo, esto no se reflejó en
la Constitución de 1920, que siguió negándoles a las
mujeres su condición de ciudadanas con derechos.
Pero lo tiempos habían cambiado.
Las mujeres irrumpieron en el campo literario,
proclamaron su derecho a ser escuchadas y desafiaron
a la sociedad: cambiaron el suave vals por el
charlestón, se cortaron los cabellos y se despojaron
de sus largos trajes.
A su retorno de Italia, José Carlos Mariátegui
perfiló un proyecto que incluía en su propuesta la
socialización del poder político, la participación
de los ciudadanos, y “la transformación del mundo de
las relaciones intersubjetivas en el sentido de la
afirmación de la solidaridad".
En varios escritos se pronunció a favor de la
emancipación femenina, y en
"La mujer y la
política" (1924), celebró que la mujer adquiera los
mismos derechos políticos que el hombre, y destacó
este hecho como "uno de los acontecimientos
sustantivos del siglo veinte". La Revista
Amauta, que fundara en 1926, representó un
movimiento ideológico, político y cultural en el que
estuvieron incorporados los problemas fundamentales
del país, cuando “había terminado una época signada por el predominio de una
democracia señorial; (y) crecían los movimientos
reivindicativos de los trabajadores”.
Congregó a los intelectuales más importantes de la
época, y a un destacado grupo de mujeres que
escribieron y desarrollaron una intensa actividad
política. No hay un solo número de la revista en que
no aparezcan artículos, poemas, cuentos y
comentarios de libros escritos por Dora Mayer de
Zulen, Carmen Saco, Julia Codesido, María Wiesse,
Blanca del Prado, Ángela Ramos y Alicia del Prado.
Además de la presencia de poetisas de la talla de
Magda Portal, Gabriela Mistral, Ada Negri, Alfonsina
Storni, Juana de Ibarbourou y Blanca Luz Brum.
Mujeres que expresaron un mundo interior pleno de
intensidad lírica sin temor ni vergüenza de ser
mujeres, de sentirse artistas, "de sentirse
superiores a la época, a la vulgaridad, al medio", y
no dependientes "como las demás de su tiempo, de su
sociedad y de su educación".
La presencia política de los
partidos comunista y aprista, marcó los años treinta
regido por gobiernos militares. El comandante Luis
Sánchez Cerro depuso al Presidente Leguía en 1930, y
tres años después fue asesinado; lo sustituyó el
general Oscar R. Benavides, como Presidente de la
República, hasta 1939. ¿Cómo podía articularse un
movimiento en favor de los derechos políticos para
las mujeres en ese contexto? “Feminismo Peruano”,
fundado por Zoila Aurora Cáceres en 1924, realizó
una serie de acciones para conquistar el sufragio y
la igualdad de salarios durante catorce años sin
ningún éxito, pues la Constitución Política de 1933,
en su
Artículo 86°, le otorgó a las mujeres alfabetizadas
mayores de edad el voto en elecciones municipales,
que no pudieron ejercer
hasta 1963 debido a las permanentes interrupciones
del proceso democrático.
Fue en la acción política que las
mujeres ganaron terreno en la militancia partidaria
y en la organización de comités de lucha y grupos de
apoyo. Varias fueron apresadas como Alicia del
Prado, que al salir en libertad en 1936, fundó
“Acción Femenina”, organización del Partido
Comunista orientada a la formación y educación
política de las mujeres en los años previos a la
Segunda Guerra Mundial. En ese entonces, las mujeres
en Europa se agruparon en el Comité Internacional de
Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, mientras que
en el Perú, “Acción Femenina”, amplió sus fronteras
de trabajo convirtiéndose en un frente amplio en el
que confluyeron mujeres de distinta filiación
política, lo que a su vez hizo posible la
constitución del Comité de Ayuda a las Víctimas de
la Segunda Guerra Mundial Alas Blancas, que al
finalizar la guerra se disolvió, pero “Acción
Femenina” prosiguió su labor hasta 1952, año en que
la dictadura de Odría cerró su local y les prohibió
reunirse.
La derrota del fascismo
produjo la polarización entre el sistema capitalista
y socialista, y la debacle de las potencias
coloniales hostigadas por la ola nacionalista que
recorrió el continente africano y asiático. También
trajo abajo la vieja teoría de la ineficiencia de
las mujeres en trabajos técnicos o científicos, y
obligó a las empresas a pagar un salario más justo a
las mujeres que realizaban el mismo trabajo que los
hombres y con igual eficacia. En 1945, del Congreso
Femenino de París, nació la Federación Democrática
de Mujeres, después la Federación Mundial de la
Mujer; mientras que en América Latina, entre 1946 y
1949, se conformaron organizaciones y federaciones
de mujeres en Argentina, Chile, Cuba, México, Brasil
y República Dominicana; en la década del 50 en Costa
Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Colombia,
Uruguay, Ecuador y Paraguay; y posteriormente en
Haití, Honduras, Perú y Panamá.
La posición conservadora
de la sociedad peruana frente a los derechos de las
mujeres, no solo fue defendida por partidos de la
derecha, sino por aquellos con un discurso
progresista como el Apra. En 1948, Magda Portal
renunció al Partido Aprista porque las conclusiones
del Segundo Congreso contenían el siguiente
enunciado: Las mujeres no son miembros activos del
Partido Aprista porque no son ciudadanas en
ejercicio. “Me levanté y pedí la palabra - recuerda
Magda Portal - Haya dio un golpe en la mesa y dijo:
No hay nada en cuestión. Insistí con energía que
quería hablar y él volvió a repetir lo mismo. Ante
esto, me levanté con un grupo de mujeres y dije en
voz alta: ¡Esto es fascismo! Después me eligieron
Segunda Secretaria General de Partido, pero me
quitaron la dirección del Comando de Mujeres. No
volví nunca más al Partido".
Sin embargo, en la década del 50, existía un clima
más propicio para el reconocimiento de los derechos
de las mujeres, a partir del principio de la
igualdad de derechos humanos de la Carta de las
Naciones Unidas. En la Convención Interamericana de
Mujeres, realizada en Bogotá el 30 de marzo de 1948,
los gobiernos americanos representados en la Novena
Conferencia Internacional Americana, señalaron que
era aspiración de la comunidad americana equilibrar
a hombres y mujeres en el goce y ejercicio de los
derechos políticos, y acordaron “que el derecho al
voto y a ser elegido para un cargo nacional no
deberá negarse o restringirse por razones de sexo”.
Es en este período que la mayoría de gobiernos
latinoamericanos otorgaron a las mujeres el derecho
al sufragio.
En el Perú, la década del 50 también representó
profundos cambios signados por una migración masiva
del campo a la ciudad y el incremento de zonas
marginales. Data de aquellos años, la publicación de
El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1949),
libro que influyó notablemente en el pensamiento de
la época. "Todo lo que se ha escrito después en el
campo de la teoría feminista ha tenido que contar
con esta obra, bien para continuarla en sus
planteamientos y seguir desarrollándolos, bien para
criticar oponiéndose a ellos”.
De esta manera, el discurso de las mujeres en la
década del setenta logró una mayor influencia, y su
participación política no estuvo ya circunscrita a
un reducido grupo de vanguardia. El impulso del
feminismo en Europa y Estados Unidos marcó este
proceso en el contexto de una América Latina signada
por un clima de agitación social, dictaduras
militares, y una fuerte presencia del pensamiento de
izquierda y marxista. Posteriormente, en los años
ochenta los
procesos de transición y consolidación democrática
en el Perú y América Latina, posibilitaron el
desarrollo de nuevos movimientos políticos y
plantearon nuevos escenarios y retos. La
incorporación de las mujeres
al mercado del trabajo transformó un ámbito
predominantemente masculino: De 1961 a 1981, la tasa
de crecimiento de la Población Económicamente Activa
Femenina alcanzó el 70%, superando
significativamente la tasa de crecimiento masculina.
Sin embargo, se trataba de un trabajo mal remunerado
y de escasa calificación.
En esos años surgieron organizaciones de mujeres de
los sectores urbano-populares, que no se definieron
como feministas, aunque en la práctica cuestionaron
el orden establecido al convertirse en soporte
económico de sus hogares, y movilizarse en pro de
conquistas sociales ante la carencia de una política
de Estado favorable a las mujeres, la ausencia de
reivindicaciones en los partidos, y en la
institucionalidad política. Estas organizaciones se
empezaron a desarrollar a partir de 1978, con la
creación de las ‘cocinas familiares’, que
posteriormente en 1985 se llamaron ‘comedores del
pueblo’. En ambos casos fueron promovidos desde el
Estado como mecanismos compensatorios a la crisis
económica; pero después se organizaron por
iniciativa de las mujeres incluyendo
reivindicaciones de género, educación y promoción.
De 500 comedores populares que había en Lima en
1984, actualmente ascienden a 5,000 en todo el país.
Mientras que los Comités del Vaso de Leche fueron
creados a iniciativa del gobierno municipal de
Izquierda Unida entre 1984 y 1986.
Pero el hecho de enfrentar la sobrevivencia de
manera colectiva en la distribución y preparación de
alimentos, significa algo más que un esfuerzo común
en espacios cotidianos. El hecho de concurrir a
asambleas, pertenecer a comisiones, y recibir
capacitación, dio lugar a la aparición de lideresas
mujeres al frente de estos movimientos, cuya fuerza
política ha querido ser manipulada por más de un
gobierno. Las organizaciones populares de mujeres
constituyen hoy “un espacio privilegiado a partir
del cual se pueden plantear y analizar los problemas
más gravitantes del país: la crisis económica y su
impacto en la alimentación popular; el desarrollo de
organizaciones de base alrededor de estrategias de
subsistencia, así como la participación protagónica
y organizada de las mujeres en dichas estrategias”.
Sin embargo, persisten las limitaciones para
articularse como movimiento en relación con otras
organizaciones comunales. Expresan, además, la
ausencia de las mujeres en las esferas de decisión
política, comunal o municipal, la opresión de una
sociedad sexista y patriarcal, y un sistema
económico que las excluye.
La valentía de estas mujeres quedó demostrada
durante los años del terrorismo de Sendero Luminoso,
que en su demencial análisis consideró que las
organizaciones populares apoyaban de manera
indirecta la viabilidad del gobierno, y por lo tanto
eran “enemigas del pueblo”. Intentaron controlarlas
y, al no poder hacerlo, asesinaron a varias de sus
dirigentas. En 1991, asesinaron a Doraliza Díaz, del
Vaso de Leche; y el 20 de diciembre del mismo año,
intentaron asesinar a Enma Hilario, dirigenta de la
Comisión Nacional de Comedores Populares. “En
febrero de 1992, mataron a María Elena Moyano, y
siguieron haciendo lo mismo durante los meses
siguientes en otros lugares del país”.
Sendero Luminoso debilitó las organizaciones
populares de mujeres, hasta que en 1993 se inició
una lenta recuperación en aras de canalizar sus
demandas y lograr una mayor presencia en la escena
pública.
Legitimación de derechos
políticos y sociales
La incorporación a la vida política y a cargos de
representación política de las mujeres ha sido
progresiva, pero lenta desde que obtuviéramos hace
casi cincuenta años el derecho al sufragio. En 1956
fueron elegidas 7
mujeres al Congreso; luego de varios gobiernos
militares para el período presidencial de 1980-1985:
15 mujeres representaron el 6.3% de participación.
Entre 1985-1990: 13 mujeres (5.4%); 1990-1992: 16
mujeres (6.7%); entre 1993-1995: 7 mujeres (8.8%);
1995-2000: 13 mujeres (10.8%), período en el que
por primera vez
una mujer presidió el Congreso, y también fueron
mujeres las integrantes de la mesa directiva. En el
gobierno de transición 2000-2001, se produjo un
significativo aumento al elegirse 26 mujeres al
Congreso (25%). En la actualidad, para el período
del 2001-2006, han sido electas 20 mujeres (24%). En
estas elecciones se presentó por primera vez una
mujer como candidata a la Presidencia de la
República, y recientemente ha sido elegida una mujer
Presidenta del Consejo de Ministros.
Logros conseguidos gracias a una permanente presión
de las organizaciones feministas y de los
movimientos de mujeres: En 1991, se formó un Grupo
Parlamentario de Mujeres con el fin de impulsar tres
propuestas: Coeducación, Prevención de la violencia
contra la mujer, y una Ley de Comisarías para las
Mujeres. El Congreso Constituyente de 1993, aprobó
una Ley Contra la Violencia Familiar, y la creación
del Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social. En
1994, se creo la Comisión de la Mujer en el
Congreso; y en 1998, la Ley General de Elecciones
estableció que los partidos políticos incluyeran en
sus listas candidatas mujeres en un porcentaje
mínimo del 30%, tanto para las elecciones internas
de los partidos como para los procesos de elecciones
generales, municipales y regionales.
Esto no quiere decir que las candidaturas de mujeres
tengan la posibilidad de traducirse en forma
proporcional. Ni
en los partidos ni en las organizaciones
independientes la elaboración de listas
parlamentarias es democrática, y su designación
obedece a cuestiones determinadas por la cúpula
partidaria; incluso, como se ha visto en las
recientes elecciones, por el aporte económico que
los candidatos ofrecen. Además, se
puede cumplir la norma colocando a las mujeres al
final de las listas de candidatos, o donde tienen
reducidas posibilidades de ocupar el cargo. Esto
explica por qué en los países donde existen cuotas
los niveles de representación de las mujeres en sus
respectivos órganos legislativos alcanzan un
promedio general menor al 18.1%. Mientras que en
países donde las listas de candidatos para ocupar
escaños parlamentarios son abiertas, como en el
Perú, Ecuador, Panamá y Brasil, la elección de las
mujeres depende de los electores que generalmente
favorecen a los candidatos hombres. Por ello, la
efectiva aplicación de las cuotas depende de que las
mujeres logren presencia en las estructuras
partidarias, pero no en la base como siempre ocurre
sino en niveles de mando superior, y que su
presencia en la toma de decisiones sea permanente y
significativa.
Actualmente, si bien es cierto que las mujeres han
logrado la igualdad política formal, y que la
sociedad percibe como necesaria su participación en
cargos de gobierno, así como en otras
responsabilidades sociales y políticas, no existen
mecanismos que reconozcan la diferencia y la
desigualdad de género. Por ello, las mujeres no
estamos representadas en el Estado ni en las
políticas sociales y públicas; tampoco existe una
legislación laboral que atienda las necesidades
específicas de las mujeres como trabajadoras. Ni
tiene representación la transformación de los
espacios institucionales en relación a la mujer y el
tránsito del ámbito doméstico al mundo laboral, que
implica la elaboración de una nueva concepción de lo
femenino al igual que nuevos deberes y derechos.
La obtención de los derechos políticos de las
mujeres, además, no puede verse como un hecho
aislado de las luchas que la precedieron, de sus
antecedentes, y de un sistema del que fueron
excluidas. La misma sociedad se mueve signada por
elementos de cambio en contraposición con la
continuidad de viejas herencias, saturada de
contradicciones, y donde la cuestión femenina se
mantiene en un nivel de permanente confrontación.
Por ello, es necesario que la
práctica democrática abarque más que la
existencia de los partidos, su lógica competencia y
elecciones periódicas. Una democracia que asegure la
participación directa de la sociedad civil, y que
apunte a la transformación de su estructura
organizativa donde el principio de autonomía, que
significa la capacidad de todos los seres humanos,
hombres y mujeres a participar en la vida pública y
forjarse como seres libres, posibilite la
transformación interdependiente tanto del Estado
como de la sociedad. Lo cual implica asumir las
relaciones de género desde una perspectiva que
afirme la presencia de las mujeres en las
estructuras formales, en la toma de decisiones, y en
la formulación de políticas públicas. Porque no
basta con ser reconocido como sujeto de derecho, se
requiere la legitimación de los derechos civiles,
políticos y sociales.
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