Edgar Montiel
Jefe de la Sección de Políticas Culturales de la
UNESCO, París.
Introducción
¿Cómo abordar los procesos de independencia no
solamente como hitos del pasado sino como
movimientos físicos de producción y de ideas que
configuraron una visión de la historia y ritman
hasta hoy la cambiante geopolítica mundial? Solo
así podríamos comprender esa compleja interacción
entre componentes económicos, sociales, culturales,
territoriales y políticos que han actuado en este
novedoso proceso –nunca antes ocurrido en la
historia de la humanidad- que se desarrolló de 1776
a 1824 y que comprendió la Independencia de las
nuevas naciones surgidas en América, la Revolución
Francesa y las luchas de independencia en Europa
Central. Y un siglo después fue la referencia
conceptual inevitable para el nuevo ciclo de
Independencias que llevaron adelante África y Asia a
nombre de la soberanía nacional y la
autodeterminación de los pueblos. Gracias a la caída
de las monarquías absolutistas y las potencias
coloniales se creó el
nuevo orden mundial
fundado sobre la base de los emergentes Estados
Nacionales independientes.
¿Es posible una lectura de
la Independencia desde una visión contemporánea?
Toda lectura tiene la impronta de su época, de su
circunstancia, y ésta no es la excepción. No para
‘rectificar’ el pasado sino para entender que son
procesos “abiertos” en el tiempo. En este marco, la
lectura implica la observancia de los actores,
especialmente aquellos que por motivos diversos no
han sido visibilizados y valorados a lo largo de la
historia; uno de éstos son las mujeres, quienes
estuvieron presentes en distintas facetas de los
procesos independentistas y desempeñaron roles que
van desde la ocupación de altos grados militares,
consejería intelectual, estrategia política,
estrategia militar, hasta los más tradicionales y de
logística, como la mensajería, la enfermería o la
cocina; inclusive -aunque cuestionado- se conoce el
rol de seductoras y conspiradoras (Del Palacio,
2010: 151). Algunos nombres que destacan son:
Juana Azurduy que combatió con el grado de Teniente
Coronel; Gregoria Apaza, Bartolina Sisa, Micaela
Bastidas quienes se destacaron por su habilidad
estratégica; Manuela Beltrán quien lideró el primer
motín contra los impuestos mercantiles; Altagracia
Mercado conocida Heroína de Huichapan, México,
Manuela Sáenz y muchas otras.
En latín conmemorar significa aprender.
Conmemorar la Independencia significaría
repasar lo aprendido en estos 200 años,
sopesar lo avanzado, asumir las promesas incumplidas
y las metas truncadas. No se obtiene ninguna
enseñanza si se piensa que éstos son asuntos de un
pasado clausurado que no guardan relación alguna con
el presente. Un buen ejercicio conmemorativo
requiere de una visión de conjunto que vaya más allá
de una narrativa fragmentada y lineal. Se trata de
una incursión a las estructuras del pasado para
repensarlo con ojos epistémicos abiertos (y no
jerárquicos), ver su entramado complejo, las
“conexiones” entre el Norte, el Sur de las Américas
y Europa, pues en esa lectura cruzada se
encontrarán las líneas de continuidad y
de ruptura de estos procesos y de las
comparaciones surgirán los déficits
interpretativos, amén de localizar los cuentos,
mitos y silencios prefabricados, como las
ambigüedades interesadas que se han vuelto lugares
comunes de la historiografía predominante de estos
200 años.
1. Creación, recreación y experimentación en la historia de
las Américas
Toda la historia de las Américas hasta antes de la
conquista europea ha estado pautada por una vida
material y espiritual endógena, generada por la
manera cómo estas poblaciones se relacionaban con su
propio medio geográfico, logrando 5 mil años antes
de la era cristiana entrar en una edad cultural que
les permitió formas originarias de organización
social, agricultura, saberes medicinales,
cosmogonías, técnicas de recolección y una visión de
complementariedad entre mujeres y hombres. Esta
intensa vida hecha de experimentación, de saber
empírico, los llevó a construir 3000 años antes de
la cristiandad Ciudades Sagradas bien trazadas como
Caral, contemporáneas de las ciudades mesopotámicas,
China y Egipto. Con esos saberes y técnicas que se
fueron acumulando los reinos Mayas construyeron dos
mil años después de Caral sus sofisticados palacios
y en el área andina se edificó esa esmerada red de
caminos, que sumaron 7 mil kilómetros, conocidas hoy
como los Caminos del Inca (Qapac Nam).
Con los procesos de Conquista, estos saberes
colectivos se confrontaron con los que aportaron los
europeos, en todos los campos: técnicas de
agricultura, construcción de casas, tratamientos de
salud, creación de instituciones, formas de culto
religioso, técnicas musicales, recetas
gastronómicas, subordinación de las mujeres; de modo
que se instauró una dialéctica donde coexistieron
tanto prácticas de sincretismo, como de
resistencia, de creación, de
re-creación (sumando los aportes). A pesar de
los intentos de imponer sus modelos y sus normas, la
dominación colonial se encontró con la oposición de
estructuras sociales y tecnologías endógenas.
Estas dinámicas han marcado la vida material y
espiritual de los pueblos americanos, una manera de
acercarse a la realidad, cercana a la
experimentación, que ha dejado su impronta en el
campo político cuando se trató de luchar por la
Libertad individual y la Independencia de las
naciones y cuando se comenzaron a construir la nueva
institucionalidad republicana.
Por eso, la primera idea
que desearía desarrollar es la de
experimentalismo americano, que nos permitiría
comprender el proceso de construcción de los
Estados-Nación tras la Independencia.
Para poder percibir
su importancia en la estructuración de las
realidades sociales que surgieron y surgen en
nuestro continente, es necesario tomar en cuenta
este concepto.
La noción de experimento –como sabemos- está
relacionada con el surgimiento de la ciencia
moderna. La observación, la manipulación de los
fenómenos, la utilización de instrumentos o incluso
el recurso de experimentos sociales forman parte de
la experimentación en Occidente. Un rasgo
característico en este proceso de creación
científica fue la preeminencia de la teoría sobre la
experimentación. El uso de la experimentación en los
procedimientos científicos tenía legitimidad –al
menos para una gran parte de la comunidad de
científicos- en tanto que ella confirmaba la validez
o no de una teoría. La teoría guiaba en algunos
casos los procesos de experimentación como es el
caso de los experimentos mentales, en otros casos
eran los procesos experimentales que servían de
hitos para rectificar o incluso dejar de lado una
determinada teoría como ocurre con las ciencias
físicas experimentales. En suma, toda teoría se
presenta como una descripción formal de las
estructuras de la realidad, mientras que el
experimento era contemplado como un procedimiento
para dar un contenido empírico, verificable, a una
determinada construcción teórica. Las ciencias
sociales no han sido ajenas a esta visión de la
ciencia. Esta idea está presente incluso en la base
misma de los trabajos de los padres de la sociología
occidental, Emile Durkheim y Max Weber.
A diferencia de los preceptos europeos en torno de
lo político y lo social, el experimentalismo
americano surge de lo concreto, nace de la vida, la
naturaleza y la historia, siendo muchas veces una
práctica social sin discurso. No es una prédica
nacida de alguna escuela, sino una manera de sentir
el mundo, una manera de organizar las instituciones
políticas y sociales que se arraiga en la realidad.
No es la teoría la que dirige la práctica. ¿Es
obligatorio epistemológicamente que toda práctica se
inscriba en una teoría? Por esto es que con
frecuencia a los observadores de otras partes del
mundo les resulta difícil clasificar, según sus
propias categorías, las experiencias políticas o
sociales latinoamericanas.
Quizás la primera confrontación entre el
experimentalismo y el teoricismo se produjo en el
célebre debate de Valladolid que opuso dos formas de
humanismo: el humanismo renacentista representado
por Juan Ginés de Sepúlveda y el humanismo nuevo del
dominico Bartolomé de las Casas. Frente a un
humanismo que centra su mayor interés en la cultura
y el saber como fuentes de transformación del Hombre
(mediante el estudio de los textos y las lenguas
clásicas), se puede decir que el humanismo americano
avala lo esencial de esta actitud. Pero el humanismo
lascasiano es un humanismo encarnado en la realidad,
se fundamenta en buena parte en el conocimiento de
las prácticas sociales y culturales, las formas de
vida concreta del hombre americano. Durante el
debate acerca de la humanidad o no de los indios
(1550), Las Casas enfrentará al famoso humanista
Ginés de Sepúlveda, el cual se apoyaba en la
autoridad de Aristóteles para afirmar la desigualdad
de los indígenas. Mientras que Sepúlveda aplicaba la
tesis aristotélica de que el ordenamiento social
reflejaba lo que es prescrito por la naturaleza,
ordenamiento que justificaba la existencia de seres
por naturaleza serviles, los hombres americanos, Las
Casas presentaba como argumento el alto nivel
alcanzado por el hombre americano en aspectos de
cultura y de civilización (alcanzando estándares
comparables a los de las altas civilizaciones), lo
que demostraba fuera de todo apriorismo su condición
humana y por tanto su condición de hombre libre.
Es importante notar que la visión holística y
pragmática de Las Casas, orientada más a rescatar lo
esencial del humanismo que a la creación de un
discurso de prestigio (Montiel 2000), le permitirá
fundar un verdadero universalismo, una experiencia
de lo humano que siendo americana puede ser
extensible a otras regiones del mundo. Por esta
razón, no detiene su defensa de la dignidad humana
en el hombre americano sino también realiza una
vigorosa lucha por el reconocimiento de la humanidad
del africano, del Hombre en su condición histórica,
lo que constituye un legado plenamente vigente en la
hora de los movimientos por la Libertad y la
Independencia. Estos ideales de antigua data en la
historia de la humanidad fueron asumidos en América
como una demanda muy práctica: libertad para los
vasallos de la Corona y los esclavos, e
independencia para las naciones colonizadas.
2.
El Movimiento por la Independencia y la Libertad en
las Américas y Europa (1776-1824)
La visión fragmentada que predomina sobre este
período revolucionario tanto del lado europeo como
del americano, llevado al extremo por las historias
nacionales, condujo a opacar y hacer casi
imperceptible el alcance mundial, geopolítico, de
este poderoso movimiento. Dos fueron las ambiciones
que motivaron la rebeldía en ambos lados del
Atlántico: Libertad e Independencia.
Libertad para los individuos, a fin de que
dejaran de ser vasallos de un Señor, el monarca o
sus representantes. La Independencia en cambio
poseía un carácter colectivo, pues son los
pueblos que se liberan para construirse como
naciones soberanas. No obstante, el vínculo entre
Libertad e Independencia fue indisociable en los
procesos revolucionarios americanos, pues en un
mismo movimiento se buscada satisfacer tanto
demandas individuales como colectivas. Así lo
reconoce claramente la Declaración de Independencia
de las 13 colonias unidas de América: “That these
United Colonies are, and of right ought to be Free
and Independent” (1776).
En términos semejantes se habían manifestado ya
otros movimientos y líderes intelectuales tanto en
América del norte como en el Sur, y en Europa fue la
levadura de la Revolución Francesa. En el caso de
Suramérica, en ese año de 1776 Tupac Amaru y su
compañera Micaela Bastidas –quien era su principal
consejera y estratega- se niegan a enviar la “cuota
de mitayos” de su cacicazgo destinados a trabajar
con salarios de muerte en las minas de Potosí, lo
que fue considerado un grave acto de rebeldía. Con
esta decisión inicia los preparativos de su
rebelión, que estalla en 1780, adoptando como una de
sus primeras medidas la abolición de las mitas (es
decir el trabajo no remunerado) y la libertad de los
esclavos.
La estrategia discursiva de los independentistas
americanos incluía promesas de una liberación de la
fuerza de trabajo servil en aras de un estatuto
ciudadano que diera la igualdad a blancos ricos y
pobres, indígenas y negros. Estos ideales tuvieron
una gran resonancia en Europa donde la lucha se
planteaba en términos de un cambio de régimen: la
caída de la monarquía liberaba al Hombre de su
condición de súbdito y le permitía acceder, gracias
a su trabajo y sus méritos, a la igualdad de
oportunidades. La ecuación buscada era libertad con
igualdad. Era la agenda de la revolución que se
gestaba en Francia.
La difusión de estos ideales en Europa, sea en la
literatura de savants como en la praxis,
avanzó por los caminos de la prudencia. En
l’Encyclopedie de Diderot, de tanta influencia
entonces, el término Independencia no tiene
una significación propiamente política. Existen
varías referencias vinculadas a la noción de
dependencia de un infante de sus padres, o a la
falta de autonomía de una persona minusválida, o a
la clásica dependencia de un súbdito frente a su
Señor. Sin embargo, se podría decir que la noción de
dependencia/independencia política y social estaba
ya en el espíritu de la época. Una de las primeras
críticas directas a la administración monárquica, la
encontramos por ejemplo en la edición de 1781 de la
Historia filosófica y moral de las dos Indias,
del Abate Raynal, cuya revisión y ampliación se
beneficio de la prosa rebelde de Diderot. Allí los
filósofos se valieron de una estratagema para
criticar de manera abierta a administración
absolutista, que se resume en: “la administración es
corrompida y cruel pero el Rey es impecable”. Esta
edición le valió a Raynal un discreto exilio en
Holanda y a Diderot pasar a la clandestinidad.
En “El viento de América, 1778 - 1782”, 2do. volumen
de la documentada serie Les hommes de la liberté,
compuesta de 5 tomos y especializada en siglo XVIII,
el historiador Claude Manceron resume el panorama
entre Europa y las Américas de este modo: “el gran
affaire es la guerra en América. Francia fracasa
en su intento de invadir Inglaterra, pero sus
grandes navíos van a ayudar a la victoria de
Washington, de La Fayette y de Rochambeau. La fuerza
del viento de América levantan una tormenta sobre
las rígidas estructuras de Francia, donde Necker es
renunciado y Raynal exilado por el hombre que sube
al poder, Vergennes. ¿Qué importa? Maria Antonieta,
comienza a ‘inclinarse’ hacia el conde de Fersen
(oficial en América), y da a luz el Delfín del
reino, pero los parisinos parecen estar más
interesados en la canasta de Mesmer. Pero las
terribles maldiciones de Diderot se hacen eco de la
debelación sangrienta de la gran revuelta en el Perú
conducido por Tupac Amaru” (Robert Laffon edit,
París, 1974).
Donde la ecuación Libertad e Independencia fue casi
perfecta fue en Haití. Desde 1790 se luchó tanto por
la abolición de la trata como por la independencia
del país. Era la colonia francesa más rica, pero La
Convención no pudo concederles la libertad y la
igualdad, que sí otorgo a los hombres de la
metrópoli. Sólo en 1804, luego de una cruenta lucha,
obtuvieron la libertad y la independencia. Dos años
después Napoleón envió una numerosa expedición de
reconquista.
La influencia de la América independiente en la
Revolución Francesa es muy conocida. La idea misma
de “Independencia” de un país frente a una potencia
europea, despertó mucho interés, y la capacidad de
creación y experimentación de los americanos en
materia social y económica sorprendió a muchos. ¿Si
las colonias se independizan por qué no lo súbditos
europeos? Versalles contribuyó con la Independencia
Americana, enviando una expedición de 4 mil hombres.
El Rey mantuvo por eso una relación privilegiada con
los embajadores norteamericanos (Franklin,
Jefferson, Morris etc.), quienes no solo aconsejaban
a la Corona en algunos asuntos de estado, negociaban
el canje de deudas (pagar la deuda con trigo), sino
que mantenían también una relación cercana con
muchos de los emergentes líderes revolucionarios,
como Condorcet, Laffayette, Brissot, fervientes
seguidores de la revolución americana. Esta
complicidad se enfrió en el período del Terror,
cuando reinó la guillotina, y se volvió francamente
antagónica cuando Napoleón instauró un Imperio.
Queda claro que el poderoso movimiento social por la
Libertad y la Independencia constituyó un proceso en
extremo complejo, sólo explicable si se toma
debidamente en cuenta tres componentes, que a veces
son dejados de lado en las lecturas clásicas:
a.
El despegue de las fuerzas productivas en ese
momento, especialmente en la región nor-este de
Norteamérica, y de actores sociales emergentes, como
eran las burguesías de la metrópoli y las colonias,
que exigían sin ambigüedad: “libertad de los mares,
libertad de comercio”,
b.
Los factores de poder Estatal que tuvieron un gran
peso en el juego de las decisiones y estrategias:
los Casas Reales de España, Francia e Inglaterra,
c.
La participación activa, social y productiva, de
fuerzas sociales resistentes a la dominación
colonial, como eran los esclavos negros, los pueblos
indígenas, las poblaciones mestizas y las mujeres
trabajadoras.
El encuentro excepcional, en términos históricos, de
estos tres componentes configuraron el ciclo de
la Independencia y la Libertad, que encuentra
su punto culminante entre 1776, con la
Declaración de Independencia de los Estados Unidos,
y 1824, con la Batalla de Ayacucho que con la
derrota de España libera a Suramérica. Este período
se articula con otros grandes acontecimientos, muy
interrelacionados entre si, como la Revolución
francesa (1789), la Revolución abolicionista e
independentista haitiana (1804), la abolición
definitiva de la trata negrera en Inglaterra (1806),
la ocupación napoleónica de España (1808) que dará
lugar a las Cortes de Cádiz y legitima poderes
autónomos en Buenos Aires, Santiago de Chile,
México, Quito (1810), la Independencia de Venezuela
(1812), y la Independencia del Perú (1821). En cada
una de estas independencias, como se indicó en el
inciso c, hubo una participación activa de fuerzas y
actores sociales, sin adentrarnos en detalles, es
preciso hacer mención de Manuela Sáenz podemos
hablar de la audaz pro independentista de los
primeros tiempos, de la amada desafiante y leal
compañera de Bolívar, de la política sagaz e
intransigente, de la mujer perseguida y exilada más
allá de la vida y de la muerte, de la combatiente
ganadora de inusuales grados militares y de la mujer
libre, autónoma, ilustrada y librepensadora
(Londoño, 2008: 67)
A semejanza del Nuevo Humanismo representado por Las
Casas, con las gestas independentistas se da otra
revolución de orden no sólo político-social, sino
epistemológico: ¿qué representó sino para la Ciencia
Política, para el Derecho Internacional, para la
Historia de las naciones el proceso de Independencia
de los americanos? Este era un concepto tan de
vanguardia que los enciclopedistas no lo incluyeron
en las entradas de sus célebres volúmenes. Si
revisamos la acepción correspondiente, podemos
encontrar tres o cuatro nociones de independencia:
la independencia del hijo frente su padre, del
esclavo frente al amo, pero ninguna se refiere a la
dimensión política y colectiva. La formación de
estos conceptos se inserta en la singular realidad
histórica americana, son procesos socio-históricos.
En el camino se forjaron otros conceptos vecinos
como separatismo, disolución de
obligaciones, absolución de cargas,
después emancipación. Y hasta que se
plebiscito el término independencia. Gracias
a este concepto, se generó una revolución el orden
colonial instaurado por las potencias europeas, de
la que se sirvieron luego otros continentes como
África, Asia y Europa central.
En las Cortes de Cádiz se preguntaban, ¿cómo
organizar de modo institucional los 25 millones de
kilómetros cuadrados con que contaba la América
hispana?, ¿Cómo estructurar los nuevos Estados?
¿Cómo elegir las autoridades? La gente de Miranda
decía: "no, para la América del Sur es necesario un
Inca". No es que buscaran un Inca del Cuzco, sino
que se crearía la institución de mando supremo
llamado Inca, encarnado en dos representantes, uno
para la Capital y otro para que recorra el
Continente. Todo esto fue un proceso de creación,
experimentación y propuestas. Se discutió también si
la división administrativa de las unidades
territoriales serían las municipalidades, los
condados (siguiendo la tradición inglesa) o las
prefecturas (siguiendo la división francesa). Era
–claro está- un desafío enorme organizar política y
socialmente tan inmenso territorio. Para el sur de
Suramérica surgió la propuesta de creación de una
Confederación de Provincias del Sur, luego
configurada como República de Argentina. Visto
desde un período largo, el experimentalismo,
el hacer su propia experiencia, es una tradición de
este Continente. Así como se acuñó en su momento el
concepto de independencia, una hermana de
ésta fue después la autodeterminación de los
pueblos, y en el siglo XX la Doctrina Estrada
que postula la no injerencia en los asuntos internos
de las naciones y de los Estados. Una contribución
al mundo en el plano jurídico-político que hay que
valorar debidamente.
Esta tradición de experimentación política se
manifiesta plenamente hasta el presente, desde la
Revolución Mexicana –la primera revolución del siglo
XX-, el gobierno popular de Jacobo Arbenz en
Guatemala, la Revolución Cubana, el Socialismo
Democrático de Allende, la Revolución de los
militares nacionalistas en Perú, Ecuador y Panamá,
hasta la Revolución Sandinista, todos ellos han sido
proyectos políticos nacionales que han perfilando
sus propios modelos mas allá de las ortodoxias, con
lo que mostraban una notable plasticidad para
acomodarse con sus realidades.
3.
Un difícil tango a cinco: América anglosajona,
América hispana, Inglaterra, España y Francia
Muchas historias nacionales se han esforzado por
narrar el proceso de Independencia enfatizando los
parámetros locales de la acción y disminuyendo la
importancia de los poderes fácticos exteriores, sean
de la región (expediciones Libertadoras), el
continente (influencia de los Estados Unidos) o
internacionales (España, Francia, Inglaterra). Es
relevante tener claro el escenario de poder real
donde se movieron las fuerzas sociales por la
Libertad y la Independencia. Las grandes potencias
de la época disponían de ejércitos, poder económico,
influencia cultural, hacían alianzas diplomáticas en
unos casos y en otros se declaraban la guerra. Sus
políticas coloniales eran fuente de poderío,
prestigio y dominación. Los períodos de máxima
influencia de estas potencias serían grosso modo los
siguientes:
i.
España alcanzó su mayor poderío entre 1500 y
1650, cuando dominaba América, Flandes, Holanda y
Nápoles.
ii.
El siglo francés fue de 1650 a 1750 cuando
prosperaba en Córcega, Haití, Senegal, La Martinica,
La Reunión y el Canadá.
iii.
El poderío inglés duró siglo y medio, de 1750
a 1920, cuando además de sus colonias en América y
la India dominaba en casi todos lo mares y su
comercio se expandía raudamente.
En relación a los procesos de liberación de las
colonias americanas, el juego estratégico entre
estos actores se presenta del siguiente modo:
·
Para perjudicar a Inglaterra, Francia apoya la
guerra de independencia de la América anglosajona
con préstamos financieros y un ejército de 4 mil
hombres.
·
España, que tiene conflictos con Inglaterra por la
posesión de Gibraltar y La Florida, apoya la
Independencia de la América inglesa, especialmente
en la guerra de 1781. En Pensacola, siendo capitán
del ejército español, Miranda luchó con las tropas
independentistas norteamericanas. Tres mil caribeños
reclutados por Saavedra, emisario de los imperios de
España y Francia, luchan por la independencia de las
13 colonias de Norteamérica.
·
Francia se interesa por la independencia de la
América hispana durante primera etapa de la
Revolución Francesa (1789-1878). Existe la corriente
de los “brissotins”, partidarios de Jacques-Pierre
Brissot, amigo de los americanos. Con la
instauración del Imperio napoleónico el interés no
sólo desaparece sino que se hostiliza a los
activistas hispanoamericanos.
·
A nombre de la “libertad de comercio” y la “libertad
de los mares”, Inglaterra apoya la independencia de
la América Hispana a comienzos del siglo XIX. Tienen
tratos con Miranda y Juan Pablo Viscardo y Guzmán.
·
Estados Unidos reconoce la Independencia de Haití
(1804), establece un comercio sostenido con esta
próspera isla, y manifiesta su apoyo a la
independencia de la América hispana. Es cuando
ayudan en secreto a la expedición de Miranda (1806),
que termina, tras el fracaso de la expedición, con
la ejecución por horca de diez oficiales
norteamericanos.
·
Ante la invasión napoleónica a España (1808),
Inglaterra apoya militarmente a España y reduce
notoriamente su apoyo a la causa independentista en
América.
·
Con el descenso gradual del poderío español en
América por la ocupación de la península, Estados
Unidos e Inglaterra acentúan su comercio con los
países hispanoamericanos.
·
Cuando en Buenos Aires, Santiago, Lima se producen
sus respectivas declaraciones de Independencia, en
sus puertos están acodados navíos mercantes
norteamericanos y buques de la Armada inglesa
(Hall).
La incorporación de una visión geopolítica,
con frecuencia ausente en la historiografía
tradicional, permitiría superar las visiones
fragmentarias que se tienen de las conexiones que
existieron entre procesos tan interdependientes,
como fueron la Independencia Americana, la
Revolución Francesa y nuestros propios procesos, y
el papel de las potencias europeas. Entre los cinco
hubo muchos cálculos estratégico y lógicas
económicas distintas. El establecimiento de alianzas
y antagonismos eran muy volátiles.
Puesto el escenario, veamos a los protagonistas. La
Declaración de Independencia de Estados Unidos,
elaborado por un escritor e intelectual como
Jefferson, fue una novedad mundial, pues hasta
entonces “declararse independiente” no era una
categoría jurídica reconocida: ¿qué significa que
una colonia se declare independiente? El panorama
histórico por tanto es éste: estamos en 1780 en el
momento en que Washington libra una guerra decisiva
contra Inglaterra para hacer efectiva su
independencia, mientras que Tupac Amaru y Micaela
Bastidas están levantados en el Sur, todo el
Continente está movilizado. Es necesario profundizar
el estudio de los vínculos entre el proceso de
Independencia de los Estados Unidos, el de la
América Hispana, y el del Caribe francés (Smith
421-444). Cada vez se conocen más archivos sobre
este período, como los de Rufus King y del
Gobernador Morris, embajadores de Estados Unidos en
Londres y París.
Cada uno luchaba contra su propia Metrópoli. Hay
pistas valiosas, como la seguida por la historiadora
Carmen Bohórquez para el estudio de la “ideología
criolla” de Francisco de Miranda. El combatió en
Pensacola como oficial del ejército español, en
apoyo a la causa norteamericana. Luego mantuvo con
ellos una relación privilegiada, pues vivió en
Filadelfia entre 1783 y 1784, después de abandonar
el ejército español. En ese período fragoroso,
cuando se gestaban los primeros movimientos de
emancipación, las primeras acciones, hay
participación y acuerdos para que criollos
caribeños y sudamericanos luchen en Estados Unidos.
Hay que tener presente esa parte de nuestra historia
con los Estados Unidos.
Otro tanto sucedió con la Revolución Francesa. La
Revolución Francesa está estrechamente vinculada la
Revolución Americana. Diría influenciada por la
Revolución Americana, porque siempre se cuenta
la historia al revés. Se olvida de modo interesado
el cambio de paradigma que significó para los
líderes de la Revolución francesa el surgimiento del
concepto de “Independencia”, “libertad individual”,
“Constitución ciudadana”, “libertad de prensa”.
“congreso de representantes” puestos en boga en las
Américas. Condorcet escribe un libro sobre el
modus operandi de la revolución americana y
explica a sus ávidos lectores qué es la libertad de
imprenta. Hay que tener presente que algunos
connotados líderes franceses habían sido oficiales
en la expedición que guerreó por la Independencia
norteamericana. Los Diarios de Franklin, quien fue
el primer Embajador de los Estados Unidos en
Versalles, muestran la difusión de las nuevas ideas
libertarias (montó una imprenta en su propia casa).
Jefferson, Embajador en la víspera de la Revolución,
fue un eficaz agitador de ideas en los Salones de
París. En esa misma época desplegaban su activismo
Francisco de Miranda, Viscardo y Guzmán, Pablo de
Olavide, quienes mantenían relaciones cercanas con
los representantes norteamericanos en París y
Londres.
Trece años transcurren desde el inicio de la
Revolución Americana (1776) hasta el inicio de la
Revolución Francesa (1789), y tres años más para el
cambio de régimen (1792): la abolición de la
monarquía. Al decir Revolución Americana, se
entiende un proceso en curso todo el continente:
los agentes comerciales, las cancillerías, los
ejércitos, las armadas, los hombres ilustrados
sabían de los movimientos revolucionarios que se
producían en el sur, en particular el de Tupac
Amaru. Pero también había agitación en México, en el
Río de la Plata, en el Caribe. Los historiadores
ingleses, por ejemplo, han estimado que no había día
en que no se produjera un conato de resistencia en
el Caribe. No había en toda América un esclavismo
resignado como tampoco hubo una pasividad ante la
opresión de los pueblos indígenas. Había más bien un
estado de efervescencia. Y en los archivos
diplomáticos como en los archivos de las antiguas
prefecturas de Londres, París, Roma o Cádiz habría
que investigar la actividad de las logias y de los
comités de conspiradores “españoles-americanos” que
actuaban es estos países.
El Acta de París, concebida y suscrita en
aquella ciudad en diciembre de 1797, patrocinada
por el General Miranda, contó además con el aval de
los comités de activistas e ideólogos de la
independencia que estaban en París, Londres, y el
resto de Europa. Entre ellos, se cuentan Juan Pablo
Vizcardo y Guzmán, Manuel de Solar, Sucre, Pedro
José Caro, Pablo de Olavide, y probablemente Antonio
Nariño, el precursor neogranadino. Referente a los
apoyos externos propone:
“Una alianza defensiva formada por Inglaterra,
los Estados Unidos de América y América meridional,
se desprende fácilmente de la naturaleza de las
cosas, de la situación geográfica de cada uno de los
tres países…y del carácter de las tres naciones, por
lo que es imposible que esta alianza no sea de larga
duración, sobre todo si tenemos cuidado de
consolidarla en su forma mediante la analogía
política de los tres gobiernos, es decir, por el
disfrute de libertad civil sabiamente entendida”
(Bohórquez: 2006, p. 233)
Esta Acta fue enviada a los gobiernos de Inglaterra
y Estados Unidos, a través de sus embajadores en
París, que mantenían una relación fluida con los
principales portavoces de los independentistas
hispano-americanos.
Nótese que en esta alianza no se incluye a Francia.
A fines de 1792 los revolucionarios franceses le
proponen al General Miranda ir a derrocar una
insurrección negra, germen de la Revolución
Haitiana. El se opone, argumentando: "no voy a ser
un agente de la expansión revolucionaria de
Francia"(Dorigny & Rossingnol: 2006, p. 102) Era
claro, se había declarado la República, pero no la
liberación de las colonias que mantenían. Ellos eran
republicanos pero no antiesclavistas o
anticolonialistas. Así comenzaba el expansionismo
del proceso revolucionario que acabó instalando el
Imperio Napoleónico y una ofensiva militarista,
esclavista y de conquista. Tanto Inglaterra como
Francia estaban muy interesadas en los procesos
americanos por intereses económicos y estratégicos.
4.
Los
excluidos de la Independencia y la Libertad: los
pobres, indígenas, negros y mujeres
Los primeros beneficiaros de este proceso de
liberación (parcial) fueron los sectores emergentes
de las burguesías locales y metropolitanas. En el
caso de Estados Unidos es de extremo interés ver
que el desarrollo de las fuerzas productivas fue
encarnado, sin ánimo metafórico, por hombres como
George Washington, Thomas Jefferson, John Adams,
Madison Hamilton, es decir por los hombres más
prósperos del país, acaudalados, propietarios de
grandes extensiones de tierras, de esclavos, e
interesados por la mecanización de la producción.
Los agricultores reclamaban que sus granos se
vendieran a muchos países y no sólo a Inglaterra,
que tenía capacidad comprar solo una parte. Era
claro que la institucionalidad inglesa, con un
monopolio comercial estricto, era una traba para el
robusto crecimiento de la economía de las colonias
americanas.
Era natural entonces que al frente de la
Independencia se pusieran entonces las cabezas
económicas del país. De esta realidad, se desprende
una estrategia política en todo el proceso de
independencia: asociar la Independencia de las
colonias a la Libertad de los individuos. Había que
romper los sistemas de trabajo serviles propios a
las monarquías para crear una fuerza laboral
numerosa en las ciudades, especialmente en las zonas
industriales del noreste norteamericano: Filadelfia,
Nueva York, Boston, donde había un crecimiento
sostenido. Era necesario pues integrar, con
promesas, a los esclavos y a los negros libertos a
un proyecto político libertario que implicaba una
lucha. En el caso de los pueblos indígenas
norteamericanos, que estaban haciendo sus propias
sublevaciones para liberarse precisamente de los
colonos americanos que se apropiaban de sus
tierras, no solamente no fueron incluidas en los
planes de Independencia y Libertad sino que la
propia Declaración se refiere negativamente a ellos
llamándoles “indios salvajes”, acusándoles de estar
manipulados por Inglaterra.
El historiador Charles Beard en su libro An
Economic Interpretation of the Constitution
estudió el trasfondo económico de las propuestas
políticas de los 55 delegados que se reunieron en
Filadelfia en 1787 para redactar la Constitución,
vigente hasta hoy en día. La mayoría de ellos eran
abogados, ricos en cuanto a tierras, esclavos,
fábricas y comercio marítimo. La mitad habían
prestado dinero a cambio de intereses, y que
cuarenta de los 55 tenían bonos del gobierno. Este
estudio muestra que la “mayoría de los redactores de
la Constitución tenían interés económico directo
para el establecimiento de un gobierno federal
pujante.”
La Revolución Americana necesitaba miles de hombres
y mujeres a su servicio, los cuales se consiguieron
mediante la leva general de blancos pobres,
inmigrantes irlandeses, de negros libertos y pardos.
Se reclutaron también cocineras, enfermeras y
costureras para los cuarteles. Muchísimos jóvenes
murieron en estas luchas, que se prolongaron hasta
mediados del siglo XIX con la conquista del Oeste y
las guerras para “trasladar” a los pueblos indios de
sus lugares originales hacia el interior del país.
El costo en vidas humanas fue enorme, sobre todo en
las poblaciones que eran víctimas de mayor
discriminación. En las ciudades floreció un numeroso
proletariado industrial, compuesto por hombres y
mujeres que trabajan 12 horas al día. La
Independencia política se instaló rápidamente, la
Libertad individual se incorporó a las leyes pero
las oportunidades de progreso no eran equitativas
para todos.
Las promesas de abolición de la trata no se
cumplieron, a pesar de ser una ley aprobada por
Jefferson en 1804. La razón de las contradicciones
entre las promesas de libertad y la realidad
económica puede ser resumida de la siguiente manera:
“el apoyo a la esclavitud estaba basado en un hecho
práctico incontestable: en 1790 el Sur producía mil
toneladas anuales de algodón; en 1860, la cifra
había subido ya a un millón de toneladas. En ese
mismo período se paso de 500 mil esclavos a 4
millones” (Zinn: 2005, p. 160). Con la política de
los “traslados forzados", la población indígena fue
diezmada, expoliada, alcoholizada, y una masiva
ocupación de sus tierras dio lugar a nuevas fortunas
del personal político.
Si bien es cierto que la Independencia de los
Estados soberanos tanto en el norte como en el sur
se consolidó, en materia de libertad integral y de
igualdad no se puede asegurar lo mismo. Procesos
semejantes ocurrieron con los nuevos Estados de la
América Hispana. Los indígenas de la Pampa
argentina, de la Patagonia chilena, de los andes
peruanos, del Chaco paraguayo, de la sierra
mexicana, de la Amazonía brasileña, de la selva
venezolana, fueron blancos escogidos de persecución,
expoliación, y desagregación de sus comunidades,
instalándose un proceso de colonización interna que
no ha concluido en nuestros días.
Para muchas mujeres, las luchas e
ideales independentistas representaron el campo
propicio para desplegar las habilidades y destrezas
que eran negadas por la estructura social existente.
Además se despertó en muchas de ellas los primeros
sentimientos por una igualdad entre los géneros. A
diferencia del Norte, donde tuvieron una
participación anónima, en el sur es conocido el rol
protagónico que tuvieron. Este sector ignorado y
casi anulado en la historia, fue clave en diversas
posiciones, por ejemplo: negociadoras políticas,
comandantes y dirigentes de batallas, combatientes
(por lo general disfrazadas de hombres), consejeras
intelectuales y estrategas, espías, mensajeras y
también lo roles tradicionales pero muy ediles como,
cocineras y enfermeras.
En ese
primer movimiento emancipador latinoamericano de
José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru. En primera
línea, la esposa del líder de la rebelión, Micaela
Bastidas. Ella exhortó a Tupac Amaru en una carta
reveladora de su aguda visión estratégica, la toma
del Cuzco, lo que hubiera representado un gran golpe
contra el ejército español. Seguirán otras heroínas
como Tomasa Tito, cacica de Arcos y Acomayo; Micaela
Castro, la jefa de batallones indígenas y esposa de
Julián Tupac Catari; Bartolina Sisa, Gregoria Apaza,
“la Virreina”, entre otras. Todas ellas tuvieron
una cruel muerte por parte del ejército español.
Otras, como la
legendaria Manuelita Sáenz Aizpuru,
sufrieron la incomprensión de la sociedad de
entonces por encarnar todo lo que la sociedad negaba
a las mujeres de su época: independencia frente al
dominio masculino, destreza política, inteligencia
vivaz. Promovió las causas independentistas no
solo con sus propios recursos personales sino
participó en las acciones de la independencia
activamente, contribuyendo financieramente y
participando en los campos de batalla como el de
Ayacucho, acción por la cual recibió el grado de
Coronela del Ejército libertador.
En Norteamérica, la Independencia
representó para muchas de ellas el despertar de la
igualdad en los géneros. La situación de las mujeres
era de dependencia casi total de su entorno
masculino inmediato, además no les estaba permitido
tener propiedades, establecer contrato alguno o
recibir la misma educación que el hombre, Esto se
refleja en una carta de Abigail Adams, dirigida a su
esposo John Adams, quien fue Presidente de la
República:
“No
es posible decir que yo crea que tú eres muy
generoso con las mujeres, pues mientras proclamas la
paz y buena fortuna para los hombres, al liberar
todas las naciones, sigues insistiendo en que los
hombres mantengan un poder absoluto sobre sus
esposas” (7 de mayo de 1776) (Citado por Zinn:
2005, p. 309)
Estas últimas líneas revelan la
flagrante contradicción de los protagonistas de la
Independencia: lucharon para liberar a sus naciones
de un poder foráneo pero no lo hicieron de igual
modo para liberar a sus mujeres, sus esclavos, sus
sirvientes y sus asalariados.
5. ¿Con qué legado afrontar los desafíos actuales?
La revolución por la Independencia y la Libertad
constituye un momento estelar en la mundialización
del capitalismo librecambista. Cabría preguntarse
ahora cuáles son los desafíos de la globalización
del mercado hoy en día, es decir, cuáles son los
retos que tendrán que enfrentar nuestras naciones en
estos tiempos del Bicentenarios. La primera novedad
es el surgimiento de nuevos actores de la
política mundial, un nuevo orden global que incluye
a la China, la India, Rusia, Corea del Sur, Brasil.
Un estudio prospectivo del Banco Mundial estima que
en el 2020 estos cinco países integrarán el nuevo
Grupo de los Diez. En este nuevo esquema, no hay
que perder de vista que el crecimiento sostenido
de la China, de la India o de Rusia, podrían
resultar de interés para la región -nótese el
condicional-. ¿Qué políticas adoptaremos con
nuestros recursos naturales, especialmente el
petróleo, el gas y el agua?, ¿cómo vamos a
manejarlos para favorecer a nuestras naciones dentro
del ámbito del mercado global? Juntos los países de
nuestra región, resolviendo
juntos los problemas que tienen pendientes entre
ellos, pueden alcanzar una autosuficiencia
energética regional, que les permita vender sus
excedentes a precios competitivos en el mercado
global.
En el escenario de que China cumpla un rol relevante
en el orden mundial, ¿cómo serían nuestras
relaciones con la China y con los Estados Unidos? Si
así fuera, ¿tendríamos entonces un acercamiento
distinto con los Estados Unidos? Veamos. Al
respecto es ilustrativo el libro "Who are we?
de Samuel Huntington. Un capítulo está dedicado a
los “latinos”. Es la percepción de un agudo
estudioso de la geopolítica sobre la primera
minoría en los Estados Unidos (donde hay en este
momento 35 millones de hispanos). Se produce así una
mezcla entre culturas, que incluye un gran número de
matrimonios mixtos, que da origen a un fenómeno de
mutuas influencias. Y estos 35 millones mueven 10
mil millones de dólares semanales entre viajes,
comidas, discos, ropa, estilo de vida, etc. Es por
esto que Samuel Huntington, antiguo Consejero del
Departamento de Estado, considera que Estados Unidos
es hoy no solamente angloamericana, sino
también hispanoamericana y bilingüe.
¿Eso nos autoriza a pensar que Nuestra América ya
forma parte de los Estados Unidos o que los Estados
Unidos ya forma parte de Nuestra América? .¿El
Panamericanismo no fue un ideal de los Padres de la
Independencia del Sur y del Norte?
Otro desafío crucial es la reducción de la pobreza.
En un continente marcado por una brecha de
desigualdad, la conflictividad social es muy grande.
Efecto de ello es una institucionalidad deficiente y
volátil. En varios países, el 40% de la población
sobrevive en la franja de la “pobreza extrema”. Así
no es seguro que lleguemos al 2030, en razón de las
conmociones sociales y de violencia que se
producirían. En este siglo ha habido ya 4 crisis que
han derrocado gobiernos legales. No apostar por el
cambio y la innovación sería una negación al mensaje
de libertad, equidad y equidad que nos dejaron
pendientes, como metas a alcanzar, las gestas
inconclusas de la Independencia. Tenemos que
efectuar cambios estructurales, crecimiento con
equidad, redistribución, fomento de la participación
social a través de la vida asociativa, movilizar las
fuerzas innovadoras y creativas de la sociedad.
Habría que rediseñar el modelo de desarrollo
económico, social y cultural:
Un reto de extrema importancia es también la
preservación de la biodiversidad y el uso adecuado
de los recursos acuíferos. Se ha comprobado que no
hay suficiente agua en el mundo y que los complejos
ecosistemas de nuestro planeta están al borde del
colapso. Las guerras futuras van a ser guerras por
el agua, y por la apropiación de la biodiversidad.
Nuestra región tiene el 40% de la biodiversidad
planetaria: están en el Chaco, la Amazonía, en los
pisos ecológicos de los países andinos, en los
bosques de Costa Rica, de México. Nuestra región
forma parte del exclusivo Grupo de los Doce,
que son los doce países con la mayor biodiversidad
planetaria. A pesar de esto, en la región
existen graves carencias en la gobernabilidad del
medio ambiente, en el manejo adecuado de los
recursos hídricos y el desarrollo sostenible. Es
necesario, que el Estado asuma un papel más activo
en la resolución de conflictos entre los intereses
privados y los bienes que por su naturaleza
pertenecen al conjunto de la nación.
Problemas como estos y el recalentamiento de la
tierra ciertamente que no estaban en la agenda de la
Independencia, pero los indígenas del norte tenían
mucha razón cuando luchaban por el respeto y la
preservación de la naturaleza: el agua, el viento,
la tierra.
Una asignatura pendiente está relacionada a las
mujeres, quienes han desempeñado funciones
importantes para la sociedad a través de la
historia, es momento que no solo se reconozcan los
diversos aportes y que se profundicen los estudios
sino que, en este nuevo orden mundial sean ellas
sujetos de derecho y que adquieran espacios
importantes de participación en todas las facetas de
la sociedad.
Quisiera terminar señalando la importancia del
diálogo entre nuestros pueblos, el poder de la
interculturalidad. La globalización ha generado una
reacción afirmativa de los pueblos en
términos culturales, que estimula una lectura
cultural –que ha estado ausente muchas veces- de la
historia y la política. Hay un reconocimiento a la
identidad plural, abierta a la diversidad y a la
afinidad. Una lectura intercultural de la
Independencia se hace necesaria. Interculturalidad
que estuvo encarnada en algunos de nuestros
próceres.
El historiador Hugo Chumbita realiza una lectura de
este tipo a propósito de la identidad étnico-social
real de algunos líderes de la independencia.
Su investigación muestra, documentos en mano, que
José de San Martín era hijo de una joven guaraní de
Yapeyú; Bernardo O’Higgings tenía por madre una
distinguida joven de origen tehuelche (la familia
Riquelme) y Simón Bolívar, Bernardo Monteagudo,
Micaela Bastidas tenían orígenes afro-americanos.
Esto ayudaría a explicar determinadas decisiones de
estas personalidades relacionado a los pueblos
sometidos de América (Chumbita: 2001). Una expresión
de esta lucha por una interculturalidad democrática
se encarna hoy en la figura de un Jefe de Estado de
origen aymara.
Hay otras señales interculturales alentadoras. La
lengua española será hablada por 700 millones hacia
el 2020. Brasil se ha propuesto para ese año ser un
país bilingüe: hablar español y portugués, y para
eso preparan a más de 25.000 profesores. Hay pues
cambios geopolíticos en la región, con una nueva
generación de líderes políticos, llevando adelante
procesos innovadores, tratando de consolidar la
estabilidad institucional. Se trata de encaminar, en
lo posible, una gestión política visionaria y de
largo plazo. Gobernar es saber. Gobernar es prever
(Montiel 2005).
Ahora que se rompen muchos paradigmas de la
Modernidad, que nuevas propuestas epistemológicas se
ofrecen en el mercado del conocimiento, que
tradiciones ancladas en viejos hegemonismos compiten
con saberes y técnicas venidas de otras tradiciones
civilizatorias, nuevas visiones surgen en este
terreno abonado para el cambio y la innovación. Se
rescatan saberes como la sabiduría estratégica
china, la sagesse africana, el Arthasastra
Hindú,
que se suman a teorías contemporáneas de la
complejidad (Edgar Morin) y el caos (Ilya Prigogine),
la moral en la economía (Amyrtia Sen), entre muchos
otros, que nos pueden brindan una ocasión de cotejar
nuestras propias tradiciones intelectuales,
experimentales y creativas en aras de repensar
nuestro papel en el mundo global y revisar nuestros
propios procesos regionales y nacionales. Hoy mismo
ante nosotros se llevan adelante en diversos países
proyectos que tienen dimensiones estratégicas, que
son proyectos nacionales singulares que difícilmente
entran en las categorías sociológicas convencionales
y que forman parte de nuestra tradición
experimental. De que en Chile y Argentina una
mujer asuma la Presidencia y en Bolivia un aymara,
es también una significativa apertura en tiempos
interculturales.
¿Qué aprendizaje hemos hecho de dos siglos? Ya
sabemos que en este proceso inconcluso quedan
pendientes demandas a satisfacer en los campos
sociales, políticos, etno-culturales y de género, y
que la equidad y la justicia social siguen siendo
reclamos mayores de los movimientos populares.
También la historia registra que la primera colonia
en independizarse ha logrado, en menos de 150 años,
convertirse en la primera potencia mundial, lo que
es una novedad en la historia de la humanidad. Y
recordar siempre que en la geopolítica de los
poderes, la Independencia y la Autodeterminación de
los pueblos nunca se logran de una vez y para
siempre, sino que es una tarea permanente. Pero no
hay que olvidar que en la región estamos hoy en un
proceso de cambios, de autodeterminación y de
construcción creativa.
En nuestra América late siempre una alteridad
política, económica y cultural, un campo abonado
para la innovación y la experimentación basada en su
propia realidad[i],
tradición plenamente vigente hoy en día si se
observan con atención los diversos procesos
políticos que afloran en la región cada uno con su
particularidad: Bolivia, Brasil, Argentina,
Nicaragua, Chile, Venezuela, Ecuador, Uruguay y
Paraguay donde en medio de tensiones entre fuerzas
políticas innovantes y fuerzas proclives a la
repetición surgen vías alternativas,
propuestas societales, lógicas económicas
endógenas, estrategias asimétricas, democracias
abiertas a la diversidad étnica y de género que
buscan escapar a modelos hegemónicos y recorrer
caminos propios para alcanzar la justicia social, la
equidad económica y poder darle a la democracia un
contenido real.
BIAGINI,
Hugo E. y Arturo A. Roig. Pensamiento Alternativo en
Argentina y América Latina. Vol. 1-3 Buenos Aires:
Editorial Biblos, 2004.
MONDOLFI,
Edgardo. Testigos Norteamericanos de la expedición
de Miranda. Caracas: Monte Avila Editores, 1992.
MONTIEL,
Edgar. Gobernar es Saber. Lima: FCE, 2005.
______ El Humanismo Americano. Lima: FCE, 2000.
SMITH,
Robert Freeman. “The American Revolution and Latin
America.
An Essay in Imagery, Perception and Ideological
Influence.” Journal of Interamerican Studies and
World Affairs. Vol. 20, 4: 421-444, 1978.
ZINN,
Howard. La Otra Historia de los Estados Unidos.
Ediciones. España: Las Otras Voces, 2005.
Publicado en: Sara
Beatriz Guardia (Edición). Las mujeres en la
Independencia de América Latina. Lima:
UNESCO, USMP, CEMHAL, 2011.
Economista y filósofo,
ensayista, autor del Humanismo americano.
Filosofía de una comunidad de naciones.
FCE 2001. Funcionario internacional,
Jefe de la Sección de Políticas Culturales
de la UNESCO, París, (e.montiel@unesco.org
).
La riqueza y variedad de los
planteos y movimientos alternativos lo han
recogido Hugo E. Biagini y Arturo A. Roig en
tres volúmenes dedicados al Pensamiento
Alternativo en Argentina y América Latina,
publicado en Buenos Aires (editorial Biblos
2004).
© CEMHAL. Prohibida su reproducción total o parcial
sin previa autorización